¿Cómo puede el Perú dejar de ser una promesa? Francisco Sagasti, ingeniero industrial con estudios de posgrado en Estados Unidos, se ha hecho esa pregunta durante gran parte de su vida profesional, en la que ha trabajado e investigado sobre planeamiento estratégico y desarrollo. Sus más de 150 artículos y 25 libros publicados (en inglés y en español) engloban todo un expertise intelectual, que le ha permitido pensar el Perú a profundidad. Sus reflexiones, sin embargo, tienen un componente adicional: la obligatoriedad de conectar la capacidad imaginativa con la práctica. No haber podido aunar ambos, sostiene, nos ha llevado a más de una decepción en diversos periodos de nuestra historia. “El Perú es una enciclopedia de errores”, asegura.

Tras desempeñarse por cinco años (1987-1992) como director de la División de Planeamiento Estratégico del Banco Mundial, dirigió el programa Agenda: PERÚ junto a Max Hernández entre 1993 y el 2001. Esta experiencia le permitió indagar sobre temas de desarrollo social y derechos humanos en el Perú y en otros países de América Latina. Con el tiempo, impulsado por su propia prédica, decidió incursionar en la política partidaria y postuló al Congreso con Todos por el Perú, el partido que intentó, en el 2016, llevar a la presidencia a Julio Guzmán.

Hace cincuenta años que sueño con un Perú en el que la innovación sea el motor del desarrollo”, dice Sagasti, que es un convencido de que las políticas de innovación en ciencia y tecnología son el camino para salir del marasmo en el que estamos. Sus viajes alrededor del mundo y sus conocimientos sobre los avances de la tecnología y el impacto que ha tenido en el individuo lo han llevado a una clara conclusión: el Perú posee, gracias a su diversidad de recursos, las herramientas necesarias para hacer frente a los desafíos actuales del mundo. ¿De qué depende que nuestro país pueda aprovechar a su favor esta revolución cognitiva? Sagasti no lo duda: formar una nueva élite política con una perspectiva orientada hacia el bien común y que sepa entender las lecciones del pasado. Afortunadamente, señala, existe en el Perú un “fermento renovador”: un grupo de ciudadanos inconformes con lo que sucede en el país, que están generando nuevos enfoques de desarrollo.

¿Cuál es tu mirada del Perú en este momento?

Un país totalmente desconcertado. En el plano económico seguimos en piloto automático, porque, al igual que hace muchísimos años, continuamos dependiendo del precio de las materias primas, aunque ahora hay algunos destellos de innovación en ciertos sectores, como el agroindustrial. No obstante, lo grave es que, desde el punto de vista institucional, político y de participación ciudadana, estamos bastante mal. No recuerdo un Congreso tan malo, cuyos miembros, con honrosas excepciones, tengan un comportamiento tan alejado del estadista. Lo que se discute en la política peruana son chismes y medidas promovidas simplemente para proteger un espacio político particular. Y, al mismo tiempo, se ponen barreras increíbles para la entrada de nuevos actores en el escenario político. Estoy absolutamente seguro de que, si cualquiera de los partidos políticos que tenemos ahora tuviera que cumplir con las exigencias para las nuevas agrupaciones, de los veintidós o veintitrés partidos solo quedarían tres o cuatro.

Hay una mayoría en el Congreso que pelea con el Ejecutivo. Se ha expuesto también un enfrentamiento entre la Fiscalía y el Poder Judicial. Eso, sumado al mayor problema: la corrupción. ¿Nos falta madurez política?

Hay una ausencia de verdaderos líderes. Tenemos tecnócratas que se han metido a ser políticos, algunos empresarios protegiendo y buscando intereses, y una masa de advenedizos sin mucho conocimiento de la política, del país, de la historia, del contexto y del futuro. Básicamente se dedican al menudeo político. Es lo que alguna vez Jorge Basadre llamó “un fracaso de las élites”. Pero en este caso no es un fracaso, porque ni siquiera hemos creado una nueva élite.

¿Lo sientes como un problema reciente o como una herencia ya histórica?

Es recurrente. Tenemos oleadas. Sin embargo, todavía no hemos tenido el tipo de liderazgo político que esté a la altura de las posibilidades de un país tan extraordinario como el nuestro. Hay un buen número de personas aisladas que hacen un buen trabajo, pero que no llegan a cuajar en ninguna opción política con estructura y liderazgo. Ha habido intentos a lo largo del tiempo. El partido Acción Popular, con el presidente Fernando Belaunde, fue un ejemplo de esa idea. El Partido Aprista, en sus orígenes, al tratar de plantear cambios significativos en la vida peruana, también lo fue. No obstante, luego de ello no hemos tenido una élite política con una concepción ideológica clara, con visión de país. Lo que hemos tenido han sido individuos con propuestas muy valiosas.

En Agenda: PERÚ hay una frase llamativa: “Mirando los futuros del pasado”. Tomando en cuenta ello, si habláramos de los años sesenta y setenta, ¿cuáles son esas visiones de país que marcaron la historia?

Vayamos más atrás. Recordemos que nuestro país nació con un plan. Lorenzo de Vidaurre escribió el Plan del Perú y se lo entregó a Simón Bolívar en 1824. Cuando uno lee en detalle ese documento, dentro de su contexto, entiende que era un plan visionario. Planteaba qué hacer con los clérigos, con las haciendas, entre otros temas. Aquella era una visión interesante.

Cada quince o veinte años, el país ha generado proyectos. Desde las utopías de José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre hasta las del propio Belaunde y las de Juan Velasco. Mostramos una serie de visiones de futuro que desgraciadamente no han estado lo suficientemente ancladas en la realidad. O teníamos soñadores o ejecutores, pero sin ningún vínculo entre ambos. Esa ha sido la historia de nuestro país. El desafío, entonces, es encontrar la forma de juntar a aquellos que tienen la capacidad de imaginar un Perú mejor con aquellos que saben gestionar, es decir, llevar a la práctica un proyecto.

Miremos nuestra historia. Ha habido grandes pensadores; por consiguiente, grandes utopías. Sin embargo, tenemos un divorcio con la realidad. Por ejemplo, durante el gobierno de Velasco se convocó a los mejores educadores de la época para imaginar el futuro de la educación en el Perú, e hicieron un libro maravilloso sobre la reforma educativa, que fue alabado por la propia Unesco. El economista Jorge Bravo Bresani se preguntó cuál era el costo de esa revolución educativa, algo que nadie se había planteado. Entonces, convocaron a tres jóvenes profesionales: Eduardo Toledo, Gerardo Figueroa y quien te habla. La conclusión fue que se necesitaba todo el presupuesto de la república en los cinco años siguientes. ¿Qué pasó? Nos acusaron de contrarrevolucionarios por demostrar la imposibilidad material del plan. En otras palabras, ese divorcio entre la imaginación y la práctica ha sido característico en nuestro país y es un rasgo que desde Agenda: PERÚ estamos buscando de cambiar.

Ahora bien, entre los años cincuenta y sesenta también se planteó la necesidad de crear una nación peruana, de consolidar un país desintegrado desde un punto de vista cultural, social y económico. ¿En qué momento se frustra? ¿Tú suscribiste ese sueño en algún momento?

Sí lo suscribí, pero permíteme aclarar un punto sobre la sustitución de importaciones. Todo el mundo ataca esta política sin entender lo que se propuso. En varios artículos y libros he explicado cuál era el pensamiento y por qué fracasó. No fracasó porque las ideas eran malas. Lo que pasó fue que, a la hora de ejecutarlo, diferentes grupos de interés se aglutinaron y se aprovecharon de los beneficios, y crearon así una élite predatoria. La sustitución de importaciones, de acuerdo con lo planteado por Prébisch y la Cepal, era un planteamiento temporal que tenía que reducirse y complementarse con fomento de exportaciones. En el Perú, sin embargo, se impuso como idea poner barreras a las exportaciones. Lo que sucedió fue que las empresas locales, y las extranjeras que ponían subsidiarias, ganaron rentas enormes. Una vez que lo lograron, coparon el poder político. ¿Quién les iba a quitar esas rentas y sus beneficios a estos señores? Además, eso estuvo acompañado por una serie de beneficios indirectos, mal habidos. No hay que decir entonces que falló la sustitución de importaciones. Lo que falló fue el grupo político que no supo poner esto en práctica adecuadamente.

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