A 25 años de la captura de Abimael Guzmán y de la derrota de Sendero Luminoso, el país volvió sus ojos sobre los años del terror. Una coincidencia amplificó aún más el recuerdo: la liberación de Maritza Garrido Lecca, una actriz secundaria en la guerra que el líder senderista le declaro al Estado peruano en 1980, pero a través de la cual los medios de comunicación han construido un personaje emblemático. La persecución a lo largo de la Panamericana Norte de parte de los medios de prensa fue una buena metáfora de una sociedad que sigue corriendo tras un pasado como queriendo congelarlo.

Esa persecución poco exitosa del pasado también se puede encontrar en algunos de los recientes libros publicados por periodistas: Abimael: El sendero del terror, de Umberto Jara, y La hora final, de Carlos Paredes. Libros muy distintos en calidad y contenido, en los que tenemos, de un lado, la construcción de un demonio llamado Abimael Guzmán y su corte del mal; y de otro, a un grupo de superhéroes encabezados por el mayor Benedicto Jiménez. En ambos casos es demasiado evidente la voluntad de los autores por ajustar cuentas con algunos de los actores de aquel periodo: Fernando Belaunde y Alan García en el caso de Jara, y Ketín Vidal en el caso de Paredes. Y fijar sus opiniones como la única verdad.

Otro tipo de aproximación menos vendedora, aunque más rigurosa, es la que presentan La guerra senderista. Hablan los actores, de Antonio Zapata, y En nombre del gobierno, de Ponciano del Pino. Ambos historiadores construyen relatos muy distintos de la guerra, pero en los cuales los superhéroes no existen. En cuanto a Zapata, los actores de la guerra son humanizados a partir de sus propias voces, mientras que con Del Pino los campesinos de Uchuraccay se convierten en los agentes de su propio —y trágico— destino, y dejan de ser esos personajes ahistóricos y casi míticos que nos describió el informe de la comisión que encabezó Mario Vargas Llosa.

Ambas aproximaciones, la periodística y la histórica, nos muestran la dificultad de hablar de un proceso tan complejo. A pesar de haber pasado 37 años del inicio de la guerra senderista, esta sigue estando fresca en nuestra memoria, ya sea porque la vivimos directamente, porque las palabras terrorista y terruco continúan siendo usadas para estigmatizar a un rival político, porque hay juicios pendiente, fosas comunes aún sin abrir, y, sobre todo, porque muchos actores de la guerra siguen vivos, ya sea libres o en prisión.

Los cuatro autores experimentaron de manera distinta la guerra. Jara vivió parte de su niñez y adolescencia en Huamanga, la ciudad donde nació el senderismo, y a fines del gobierno de Fujimori condujo el programa Hora 20, un espacio en el que se difamaba a los opositores. Zapata fue militante y dirigente político trotskista y del PUM. Del Pino, como ayacuchano egresado de la estigmatizada Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. Paredes —biográficamente quizá el más lejano de la guerra— comenzó su carrera a mitad de los noventa y puede que por ello su relato esté centrado en la historia del GEIN y sea el más políticamente correcto del conjunto.

Abimael: el sendero del terror es un libro que supuestamente aporta un conjunto de datos biográficos desconocidos, que provienen de un manuscrito inédito escrito por el propio Abimael Guzmán. Sin embargo, la fuente en realidad se trata de Memorias de Némesis, el libro que publicó Guzmán en el año 2014 en coautoría con Elena Iparraguirre, al que se puede acceder fácilmente por internet. Un error lamentable pero que puede ser corregido en la segunda edición que seguramente tendrá la publicación.

Umberto Jara opta por construir la biografía de Guzmán y su esposa Augusta La Torre como las dos caras de una moneda que representa el mal. Aquí Guzmán es un aciago demiurgo que moldea a su voluntad la vida de sus seguidores y traza desde su demoniaca mediocridad el destino de miles de peruanos que terminan siendo víctimas de sus delirios de grandeza, delirios que ni siquiera eran propios, sino calco y copia de su ídolo máximo: el presidente Mao. Luego de leer las páginas que Jara le dedica al “Gran Timonel” de la Revolución china, Guzmán es un limitado e insignificante imitador de un déspota de gran escala. Frente a la mediocridad de Abimael, Jara construye a Augusta La Torre como una amazona que combinaba la belleza con una capacidad inagotable para la acción armada. Así, Guzmán construye la revolución en su mente y La Torre la construye en los hechos. Mientras Gonzalo destruye el país con sus ideas, Norah destruye vidas con sus propias manos. La guerra termina siendo entonces el producto de una idea poderosa en manos de una pareja de aventureros. Cualquier parecido con otras parejas de la política peruana asumimos que debe ser mera coincidencia. O quizá no. En todo caso, la obra publicada será lamentablemente una fuente inagotable para el insólito trabajo de revisión de los contenidos sobre la guerra senderista en los textos escolares que harán de manera conjunta el Ministerio de Educación y el Congreso de la República. O tal vez hasta se convierta en libro de texto para la escuela.

La guerra senderista. Hablan los actores de Antonio Zapata tiene un aspecto parecido al de Jara: darles voz a los actores de la guerra. Pero en este caso se trata de una suerte de collage, de esfuerzo —dispar aún— de construir un relato coral de los años de la violencia con una voz solista, para lo cual apela a una serie de conversaciones con Elena Iparraguirre, la segunda esposa de Guzmán y número tres de Sendero hasta la muerte de Augusta La Torre. Pero además se apoya en manuscritos —inéditos de verdad— de los sobrevivientes de la matanza del Frontón y del líder del MRTA, Víctor Polay. También en las memorias de Benedicto Jiménez, la versión oficiosa de la Armada escrita por un marino en situación de retiro y En honor a la verdad, la respuesta del Ejército al Informe de la CVR. A todo ello se suma —de manera tangencial— la propia experiencia política de Zapata, quien, así, logra con éxito desmarcarse de la perspectiva de la CVR —una historia del conflicto desde la víctima— y construir una mirada más política de una sociedad rural que había vivido radicales procesos de cambio, como la masificación de la escuela —a través de la cual llegó Sendero— y las movilizaciones campesinas que ocurrieron antes y durante la reforma agraria, incluso en plena guerra.

Repolitizar el conflicto permite descubrir, más allá de las explicaciones estructurales del “país de las grandes brechas” o de “los hondos y mortales desencuentros” de Carlos Iván de los que hablaba Degregori, la racionalidad de los actores políticos y militares que durante más de una década tomaron decisiones que costaron la vida a miles de peruanos. Así los demonios de ambos bandos dejan de ser demonios. Y se vuelven seres humanos, una vía que desde el diario personal ya nos la habían ofrecido José Carlos Agüero en Los rendidos y Lurgio Gavilán en Memorias de un soldado desconocido, ambos grandes éxitos editoriales del Instituto de Estudios Peruanos. La apuesta de Zapata es audaz, porque una cosa es sentir empatía con el niño senderista y el joven soldado que fue Gavilán, o con el hijo que repudia el senderismo de sus padres que es Agüero, pero es más complejo aceptar que detrás de la número dos de Sendero Luminoso puede haber algo de humanidad.

La hora final, de Carlos Paredes, es el más fácil de leer de estos títulos. La prosa ligera de su autor contrasta con la pesada de Jara y con las complejidades del “coro” de Zapata. Se trata de la crónica de la captura de Guzmán desde la creación del GEIN, con todas las vicisitudes y precariedades de los detectives. Audacia y azar, valor y paciencia, son los cuatro elementos claves que resumen la historia de los principales héroes de una guerra en que las fuerzas del orden cometieron graves crímenes. Y todo ello sin gastar una bala.

El libro, como todo best-seller que se precie, se anuncia como “la verdad sobre la captura de Abimael Guzmán”, lo cual nos habla de una verdad en disputa, y tiene como objetivo convencernos que el hoy general retirado de la PNP Antonio Ketín Vidal fue un infiltrado de Montesinos que no tuvo responsabilidad alguna en la captura de Abimael Guzmán ni en los éxitos del GEIN, y que solo se aprovechó de los méritos ajenos. El problema es que repetir una verdad como mantra no la hace más verdad, y las excesivas referencias a Ketín distraen al lector. Pero Paredes nos ofrece uno de los mejores relatos escritos sobre los años de la violencia, y un gran homenaje a un grupo de servidores públicos que, en medio del derrumbe del Estado peruano y la peor crisis de nuestra historia, cumplieron con creces su misión.

A diferencia de los libros anteriores, En nombre del gobierno nace de un largo trabajo de investigación histórica tanto de campo como de archivos que realizó Ponciano del Pino para su tesis doctoral. Y, aunque tiene su origen en ella, el libro es un producto distinto, pensado en un público más amplio. Es sin dudas uno de las mejores publicaciones de historia de los últimos años en nuestro país, en la que se habla de la comunidad campesina de Uchuraccay, aquella que se hizo famosa ante el país y el mundo por el asesinato de ocho periodistas en 1983.

Del Pino reconstruye con lujo de detalles y con gran rigor histórico la forma como la presencia de Sendero Luminoso en las alturas de Huanta devino en una verdadera guerra civil entre comunidades vecinas y miembros de una misma comunidad. Confirma, además, la versión del informe de la comisión Vargas Llosa, que señalaba que los comuneros fueron los autores materiales del crimen, aunque desmonta las razones antropológicas e históricas. Así pone en evidencia cómo el Estado peruano no acusó recibo de que esta comunidad, como otras, había decidido actuar “en nombre del gobierno” del presidente Belaunde y declararle la guerra a Sendero Luminoso, lo que derivó en el asesinato de los periodistas, que fueron confundidos con terroristas, y, posteriormente, en la destrucción y el abandono de la comunidad.

Pero Del Pino no se limita a la crónica de la guerra: viaja al pasado y nos demuestra cómo estos campesinos, a los que ni la izquierda ni la derecha les reconocieron la capacidad de actuar de modo autónomo, en realidad habían aplicado una reforma agraria propia a inicios del primer gobierno de Belaunde desplazando a los hacendados o comprándoles sus tierras. El autor, además, muestra cómo la reforma agraria velasquista generó una serie de conflictos a partir de los cuales Sendero encontró un espacio para penetrar la comunidad. De ahí cuenta la épica historia del retorno y la reconstrucción de un nuevo Uchuraccay, del que él es testigo y acompañante.

Sin duda, la guerra senderista sigue siendo un periodo lleno de claroscuros, de verdades que aún no terminan de asentarse, de disputas políticas que tienen más de treinta años, de silencios y olvidos que siguen queriendo emerger y que quizá nunca lo hagan. Ese proceso lleno de complejidades recién comienza a ser mejor entendido gracias a algunos de los libros que hemos comentado y a tantos otros que nos muestran distintas dimensiones y versiones de nuestra guerra civil. Asumir que no son la verdad, sino una parte de la verdad, permitirá a cada uno de sus lectores ir construyendo su propia versión de un pasado aún demasiado presente.

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