Entrevista

Rolando Toledo

“Tenemos todo para hacerle el contrapeso a Lima”, ha asegurado en esta edición la gobernadora regional de Arequipa, Yamila Osorio. Además de ser la más joven y la única mujer entre todos los gobernadores regionales de la actualidad, encabezó en el 2015 el último intento integracionista del sur, al que se sumaron también Apurímac, Cusco, Madre de Dios, Moquegua, Puno y Tacna. En medio de la huelga de maestros, una de las crisis políticas más contundentes del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, repasamos con ella los avances y los pendientes, las lecciones y las interrogantes, de la agenda política del país y las posibles sinergias y las inevitables trabas que existen entre las siete regiones del sur.

Tú arrancaste en el año 2015 y convocaste la conformación de la Mancomunidad del Sur. ¿Qué ha pasado desde entonces?

Todavía es un proceso. Nació con un gran entusiasmo porque había el gaseoducto sur-peruano que articulaba a toda la región. Había que trabajar una agenda común, porque, más allá del gaseoducto, que era el proyecto emblemático, tenías temas turísticos, alpaqueros, corredores viales productivos como la integración con Bolivia y Brasil, que son otras rutas para convertirnos en una ventana de conexión hacia el Asia. Pero, en el camino, en este sur complicado, donde hay chauvinismos muy marcados, también aparecieron conflictos por límites territoriales, por cuencas compartidas, etc. Esto finalmente hizo que algunas regiones se desincentiven.

¿Qué puentes se tienen que cruzar para poder generar un proyecto como el que todos quieren en el sur?

Hay que crear un cimiento sólido desde abajo, con bases populares y gremiales. Tenemos que asumir que somos más competitivos juntos. Lo que ha debilitado esto fue ver temas muy puntuales y no el bosque en su totalidad. La voluntad política la hemos tenido, pero, sin bases sólidas, es fácil perder fuerza.

Pero el eje fundamental termina siendo el agua y el canon.

Sí, porque somos regiones netamente mineras. Solo en el sur, hay una cartera de proyectos mineros de 40.000 millones de dólares de inversión. Tenemos Matarani, el puerto más especializado de embarque y desembarque de minerales, que recibe lo extraído de Las Bambas, Antapaccay, Cerro Verde.

Para la gestión del agua es claro que son necesarios el represamiento y la implementación de los consejos regionales de cuenca. Ahorita estamos camino a la creación y a la formalización del Consejo Regional de Cuenca Puno-Moquegua-Arequipa, que parte precisamente de un trabajo que no ha sido solo entre gobernadores y alcaldes, sino que también ha contado con organizaciones de usuarios agrarios y no agrarios, entre otros.

¿Y esos proyectos ya han pasado toda la burocracia estatal?

Justamente, se trata de la guerra del agua y el canon: dónde está, quién tiene más agua, quién logra habilitar más tierras, quién percibe más ingresos. Por estos motivos, Puno ha demandado a Moquegua, por un territorio que dicen que es de ellos. Por ello, el proyecto de la represa de Paltuture se ha trabado. No podemos perder más tiempo y por eso hemos elaborado estudios para otra represa, pero en territorio arequipeño. Hay cosas que no deberían pasar en el siglo xxi, cuando la integración es primordial para asegurar el crecimiento.

También hay procesos de migración muy fuertes. ¿Cómo ves el crisol de mestizaje en Arequipa?

Por la gran cantidad de migrantes que hay, se dice que Tacna es Puno chico y que Arequipa es Puno grande. Es un proceso complejo, porque en Arequipa vas a encontrar todavía familias muy tradicionales que reniegan de esta migración. Pero creo que es parte de. No tiene cabida en el siglo xxi negar la llegada de puneños, moqueguanos o apurimeños. El desarrollo de Arequipa se debe también a la gran fuerza laboral migrante que ha venido de las regiones vecinas. Arequipa es una ciudad generosa y hay para todos. Lo que sí se debe hacer es arequipeñizar a todos los que lleguen. Es decir, que amen la tierra.

Lo que existe también un temor al centralismo dentro del sur. Arequipa es un potencial económico, generador de oportunidades de empleo y desarrollo, y, por tanto, es atractivo a la migración. Pero eso ha rebasado las demandas de mucha gente que ha ido a vivir allá. De ahí el temor a que esta región sea siempre la que concentre toda la actividad y el poderío en el sur. Eso es lo que pasó cuando se hizo el referéndum para la integración y la conformación de las macorregiones.

¿Un recelo entre el Cusco y Arequipa?

Sí. Ellos siempre han manifestado que son la capital imperial, que tienen más arraigo e historia. Pero, en términos de progreso y de competitividad, los arequipeños siempre hemos salido al frente. Ese recelo ha quedado muy evidenciado en el momento de impulsar grandes proyectos, como Majes-Siguas II, que se paró varios años por un proceso judicial. Por la riqueza, últimamente también se da entre Puno y Moquegua: Moquegua es rica, tiene poca población, posee grandes reservas mineras y quiere expandir su territorio, y Puno vive en la pobreza todavía.

Un amigo arequipeño me decía que el Cusco es la capital prehispánica, Lima es la capital virreinal y Arequipa simboliza la República. ¿Qué dices tú?

Lo de “ciudad blanca” no es solamente por el sillar, sino porque, en un momento, había más blancos españoles que peruanos. Y sí, todavía hay una clase media que se mantiene fuerte, que reconoce el crecimiento económico, y esto se tradujo en el último proceso electoral. Arequipa, por ejemplo, fue la única región que votó de manera distinta al resto del sur. Teníamos una tradición de elecciones homogéneas entre todas las regiones del sur, ya sea por Humala o por Toledo. En este caso no fue así. El apoyo a PPK tuvo mucho que ver con esa clase media que todavía es muy influyente en Arequipa y que aún rechaza al migrante.

Tú eres una camaneja.

Yo soy de provincia, soy migrante también. Para mí ha sido particularmente difícil ganar una elección en Arequipa, porque también hay desconfianza con el que procede de una provincia del interior, y yo soy de una provincia de la costa.

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