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Todos tenemos un amigo que no puede dejar de mover los pies bajo una mesa. Alguien quese la pasa pateando el aire o los pies de otro, o levantándose de una silla para andar por andar. El síndrome del pie inquieto.

Julio Bocca, el bailarín de ballet más celebrado luego de Nuréyev y Barýshnikov, va a cumplir diez años sin bailar y no ha cesado de elevar sus pies.

No sufre un síndrome: es un hombre impaciente por conmover al mundo desde el ballet.

Hace siete años, José Mujica, uno de los presidentes más pop del mundo, le pidió al bailarín argentino dirigir el Ballet Nacional de Uruguay.

Julio Bocca aceptó el reto de conducir una parsimoniosa compañía estatal con una condición: maniobrar la a velocidad de gestión privada.

Durante veinte años, mientras fue el primer bailarín del American Ballet Theatre, Bocca trabajó de diez a doce horas diarias ensayando una disciplina rodeada de espejos.

En el 2010, cuando llegó a la compañía, sus bailarines trabajaban tres horas diarias. Él los convenció para que lo hagan siete horas y media al día. Y trabaja para que ensayen diez.

En siete años, medio millón de personas han ido en Uruguay a ver sus espectáculos. Una sexta parte de la población del país ha descubierto que el ballet le conmueve.

Hace siete años, antes de que él llegara, hubo funciones para no más cincuenta personas. Hace un año, en Montevideo, como consecuencia del fenómeno Bocca, unos 25.000 espectadores pagaron su entrada para ver El lago de los cisnes en un país donde hay más vacas que seres humanos.

Hace dos meses, en Nueva York, unas 2.500 personas compraron un boleto para ver Julio Bocca, a Tribute to a Dance Legend, una gala de homenaje por su cumpleaños número cincuenta.

Hace una quincena, María Noel Riccetto, la primera bailarina del Ballet Nacional de Uruguay, ganó el Prix Benois de la Danse, el Óscar de la danza, en el teatro Bolshói de Moscú.

Hoy Uruguay empieza a ser más que vacas, fútbol y Pepe Mujica.

Bocca ha elevado su compañía de ballet a una discusión sobre la disciplina y la excelencia en un país del que Mujica dijo que sus habitantes eran un poco haraganes.

El maestro aspira a que su compañía sea una de las diez mejores del mundo.

Hoy dirige una de sesenta y nueve bailarines de doce países y tres continentes. Dos de ellos, coreanos. Uno de ellos no sabe ni inglés ni español.

El bailarín retirado mueve sus pies a otra altura: buscó a Tabaré Vázquez, un oncólogo de izquierda que por segunda vez es presidente de Uruguay, para proponerle crear una escuela de artistas a tiempo completo. Una escuela que desde niños, además de ciencias y humanidades, les enseñe danza, canto y teatro. El presidente se comprometió con Bocca a producir esa escuela durante su Gobierno.

El bailarín es un convencido de que, incluso si tras esa escuela un niño no quisiera ennoviarse con el arte, habrá incorporado sensibilidad, disciplina y responsabilidad con la gente.

Bocca tiene alma de administrador: sabe que en América Latina el talento no es suficiente. Que se necesita una organización y una apuesta del Gobierno, las empresas, la prensa y el público. Lo dice desde la autoridad de quien lo ha conseguido.

Hay que cambiar la mentalidad —declaró antes de que su primera bailarina ganara el Óscar de la danza en Moscú—. Necesitamos disciplina para poder estar al mismo nivel que las mejores compañías. Ellas trabajan ocho o diez horas al día y tienen doscientas funciones al año”.

En el 2017, Bocca y su compañía llegarán recién a las cien funciones. Él ya quiere ciento cincuenta. Sería un malentendido creer que es un adicto al trabajo: duerme muy bien y no tiene Facebook ni Twitter ni Instagram.

Bocca no es el exbailarín de los pies inquietos. Es un artista del pie justo: cuando llegó al Ballet Nacional de Uruguay, su primer acto estético fue ir a una ferretería a comprar una tapa que le faltaba al baño de bailarines.

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