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Enrique Mendizabal

La península balcánica no solo brinda la oportunidad de apreciar una parte de Europa que es poco recorrida. Las fronteras que actualmente delimitan a los13 países que conforman esta zona son una síntesis de las recientes guerras europeas más cruentas y, hoy, son también la oportunidad para reflexionar y evitar que pasados tan oscuros se repitan.

Enmarcada por Austria, Hungría, Ucrania, Turquía, el mar Negro y el mar Mediterráneo, los Balcanes son un mapa lleno de reflexiones históricas y rutas de lujo: solo el viaje de Belgrado (Serbia) a Dubrovnik (Croacia) ofrece uno de los mejores road trips.

De Belgrado a Drvengrad

Belgrado, a orillas del Danubio, es una ciudad entre todos los mundos. Ha heredado la cultura europea reflexiva de Grecia, Italia y Turquía, y de los teutones y eslavos del norte una leve frialdad.

Un paseo por Belgrado ofrece cuantiosos ejemplos de su posición estratégica en la historia de la civilización occidental. Fue el centro regional para Roma, el Imperio bizantino, el Imperio otomano y el Imperio austrohúngaro. También dio origen a la resistencia que desencadenó la Primera Guerra Mundial. De ahí que entre las construcciones y los monumentos al pasado glorioso se yergan otros a la memoria reciente, como los edificios destruidos por las bombas de la OTAN durante la guerra de los Balcanes, un recuerdo que hoy por hoy sirve tanto para quienes quieren evitar un nuevo conflicto como para quienes aún mantienen distancia de Occidente y el proyecto europeo.

A tres horas de Belgrado está Drvengrad —conocido como el pueblo de madera—, concebido y construido por el famoso director de cine Emir Kusturica. Este es una celebración uber-kitsch del ideal serbio entreverado con los héroes de Kusturica (como el Che y Diego Armando Maradona) y excentricidades como un cementerio para malas películas. El contraste es exagerado, como lo son las películas de Kusturica, pero ofrece una buena introducción a la realidad de esta región heterogénea.

De Drvengrad a Sarajevo vía Višegrad

El camino a Sarajevo desde Drvengrad ofrece la oportunidad de sumar sellos exóticos al pasaporte. Višegrad está oficialmente en la Republika Srpska, una de las provincias constitucionales de Bosnia y Herzegovina. La fama de esta ciudad recae en el puente Mehmed Paša Sokolović, construido en 1577 por el ingeniero turco Mimar Sinan, el principal arquitecto del Imperio otomano. Él es un ejemplo de la fluidez identitaria de esta zona, que se caracteriza por una multiculturalidad que ha resistido los conflictos étnicos. Sinan nació en territorio europeo, posiblemente en una familia cristiana, pero desarrolló su carrera, convertido al islam, en el medio de la maquinaria otomana. El puente de Višegrad es el recuerdo de las constantes invasiones y de cómo los habitantes se adaptaron a los imperios dominantes, asumiendo sus creencias y tradiciones. Esto le ha dado a Sarajevo un nivel de diversidad único.

Sarajevo es el centro de los Balcanes. Ubicada en lo más bajo de un valle profundo formado por el río Miljacka, es la ciudad perfecta para un sitio, como el que llevaron a cabo la República Srpska y el Ejército Popular Yugoslavo entre 1992 y 1996, considerado el más prolongado de la historia moderna. Rodeada por montañas y solo con dos posibles rutas de escape para la población, la ciudad permaneció asediada durante el largo de la guerra y se convirtió en un símbolo de sufrimiento.

Nada reemplaza la experiencia de Sarajevo desde la perspectiva del ciudadano de a pie. A cada paso hay recuerdos de esos años. No es difícil encontrar las llamadas rosas de Sarajevo, como se conoce a los huecos en los edificios y en las aceras, que parecen cicatrices que marcan los lugares donde cayeron bombas. Los cementerios que rodean la ciudad son testimonio de la escala de la masacre. Es más, el bulevar conocido como Sniper Alley, que conecta la ciudad con el aeropuerto, se convirtió, durante el sitio a la ciudad, en un campo de tiro al blanco.

Si bien Sarajevo es uno de los ejemplos más recientes de una guerra étnica, es también uno de los pocos lugares donde es imposible distinguir entre religiones, culturas o legados étnicos. Siglos de invasiones han creado una de las sociedades más diversas del mundo. “Nosotros, en Sarajevo, nunca vimos las diferencias. Las diferencias fueron impuestas por la guerra”, te puede explicar algún guía, como Amir, quien perdió a sus padres y a un hermano durante el conflicto.

En Sarajevo y en Belgrado la guerra no se esconde. La reconstrucción no ha pretendido dejar atrás el pasado. Por el contrario, resulta un esfuerzo por evitar que se repita.

De Sarajevo a Dubrovnik vía Mostar

A la salida de Sarajevo conviene parar y ver los túneles que usaba la resistencia para contrabandear alimentos y armamento para los habitantes de la ciudad. Puede resultar una imagen muy básica, pero es una de las representaciones más vívidas de la realidad que se experimentó durante el conflicto. Pero el camino de Sarajevo hacia la costa cruza también paisajes espectaculares: algo así como una concentración de cerros y acantilados andinos de 200 kilómetros. 

Camino a Dubrovnik se encuentra Mostar, una ciudad famosa por el puente medieval de piedra Stari Most (Puente Viejo), destruido en 1993 por las fuerzas croatas durante la guerra entre Croacia y Bosnia. Ahora reconstruido, se le considera una de las obras más emblemáticas del país.

Entre Mostar y Dubrovnik la carretera nos ilustra la balcanización de la región: con Croacia dividida en dos, en diez kilómetros uno entra y sale de Bosnia y Croacia hasta dos veces y en cada uno de esos pasos debe hacer sellar su pasaporte.

Pero Dubrovnik vale la pena de cualquier papeleo. Es una ciudad imaginada para series como Game of Thrones. Uno puede deambular en ella durante días y nunca encontrarse en el mismo lugar. Es un sitio marcado por el cristianismo, como el resto de Croacia. Después de la destrucción que sufrió durante la guerra, fue una de las primeras ciudades en emerger como destino turístico en la región, lo que ha hecho a la vez que queden pocos residentes originales.

Dubrovnik es el final del camino. Y para hacer hincapié, no hay mejor lugar donde tomar un trago o un café que en los bares y cafés construidos al exterior de la muralla mirando en dirección a Bari, al otro lado del Adriático.

En el camino hemos cruzado las fronteras de tres países y cuatro naciones. Hemos visto iglesias ortodoxas, mezquitas, iglesias cristianas y sinagogas; escuchado diversos idiomas y dialectos; cruzado ríos y puentes que han definido fronteras durante siglos y sido testigos del legado de algunos de los imperios más imponentes del mundo.

Después de las dos décadas que han pasado desde la última guerra en la región, las mismas fuerzas que ocasionaron el conflicto amenazan a la sociedad. Las divisiones entre los antiguos miembros de la ex-Yugoslavia se han acentuado y los Gobiernos de la región han caído presas de tendencias autoritarias y nacionalistas.

La reconstrucción física es palpable. Pero, pese a ello, las debilidades políticas, económicas y sociales que desencadenaron la guerra no han sido del todo atendidas.

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