Créditos: Augusto Escribens

Escribe: Teresa Cabrera

Fotografías: Augusto Escribens

En lo que va del siglo XXI peruano, un puñado de imágenes busca su lugar en nuestra historia social. La tragedia de Ilave (2004) es un sórdido clip de video que prueba el linchamiento que sufrió un inocente en manos de su propio pueblo. El clímax del baguazo (2009) es el registro del tiroteo y bombardeo de gases en una carretera amazónica. El desalojo del mercado La Parada (2012), la fotografía de una turba que violenta el cuerpo de un uniformado. El disparador de “Ni Una Menos” (2016), la cámarade video vigilancia que desde un hostal ayacuchano mostró cómo opera la furia machista, desnuda y sin límites. El quiosco periodiquero, la TV, la pantalla del ordenador, la pantallita del móvil son dispositivos que alimentan la memoria y la imaginación de los dramas, conflictos y taras que, nos guste o no, nos dan la sensación de formar parte de una comunidad nacional. En el 2017 peruano, desborde, inundación, torrente y huaico son palabras que expresan el ingreso de la naturaleza a la escena social, pero que también pueden ser usadas para la metáfora del alcance, la profundidad, la fuerza y el ritmo del flujo de imágenes con las que representamos el desastre al paso del llamado Niño costero.

No hay punto de comparación entre el archivo visual de los más recientes encontronazos del peruano con su territorio —El Niño de 1983, su sucesor de 1997-1998, el terremoto de Chincha-Pisco-Ica en el 2007— y el que se produjo en marzo del 2017. No solo por el volumen de las imágenes que se produjeron, sino por las relaciones que generaron. Las imágenes de los eventos del FEN, su captura y transmisión, por un lado, produjeron una nutrida y extensa red de conversaciones reales y virtuales, y por otro, acentuaron una de las más marcadas tendencias de la comunicación actual: el trasvase de contenidos entre viejas y nuevas pantallas. Viejas pantallas: transmisión en vivo, enlace microondas, estudios. Nuevas pantallas: subir, etiquetar, compartir, timeline, muro.

Considerando el volumen de su producción, el ritmo de su trasmisión, el grado de dispersión en las millones de pantallas de los teléfonos móviles —el dispositivo individual por excelencia—, ¿qué capacidad tienen las imágenes de hoy (fotografías, videos, capturas de video) de fijar en nuestra mente una noción colectiva del desastre?, ¿hasta qué punto los soportes empleados, la posición de los sujetos que producen imágenes o el temperamento de sus receptores son ubicables en las tradiciones y en los lenguajes visuales que conocemos y compartimos? Las imágenes captadas por el satélite, por un vuelo de reconocimiento, por la elevación de un drone, son el viejo ojo de Dios sobre una vastedad en la que los seres humanos y sus edificaciones se muestran como interrupción de la fuerza de la naturaleza, cuando no como desacato o imprudencia. En tierra, la foto, la selfie, el streamingson una mejor forma de relacionarse con el poder natural, reivindicando el protagonismo de lo humano. El resultado: imágenes fragmentadas, miradas parciales. Pero también dramas particulares, más próximos.


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“En el 98 hubo un gran desborde. Quedé impactado por todo lo que vi”, me cuenta Pablo Colonia, fotógrafo y miembro del colectivo Piquete Fotográfico. A mediados de marzo se desbordó el Huaycoloro, uno de los afluentes del Rímac bien conocido en Zárate, el barrio de Pablo. “Salí a buscar imágenes que narrenlo que yo había visto de adolescente. La gente estaba preocupada por armar barricadas, barriendo veredas o desesperada por llegar a casa… Y de pronto está el patita, con un bividí blanquísimo y una camarita pocket con un color llamativo. La policía había restringido el paso pero él logró burlar el cerco para tomarse su selfie. Yo tenía que tomarle la foto”, recuerda. Parte de ese registro lo cargó en el fanpage de Piquete, colectivo que hace unos años ayudó a fundar con el propósito de hacer coberturas foto periodísticas de los hechos que la prensa local toma en cuenta tarde, mal o nunca. Juzgó que la foto de la selfie era más anecdótica que informativa y decidió ponerla en su página personal. Desde allí se disparó.

Refiriéndose a la foto que sacó Colonia, la psicoterapeuta y curadora Florencia Portocarrero rescata su ubicación en la tradición del fotoperiodismo, “que más que testimonial es un ojo crítico”. Pero esa potencia crítica podría no realizarse, o aún peor, ser anulada por otras fuerzas. “De otro lado, según el contexto de su circulación, ninguna imagen se libra de la posibilidad de afirmar prejuicios”, advierte. En todo este ciclo, continúa, “lo que vemos es cómo un hecho natural se convierte en un agente social. Las crisis sociales y los conflictos que atraviesan a la sociedad peruana se hacen más evidentes”.

Y es algo de lo que da fe el autor de la foto, que vio cómo esta adquirió otro tono cuando empezó a compartirse y comentarse. De criticar la frivolidad o la imprudencia de la selfie o de ser usada para trolear al alcalde de la ciudad equiparándolo con el hombre del bividí, la imagen empezó a ser utilizada para expresar posturas racistas y clasistas. “De pronto fue la imagen perfecta para respaldar insultos, el aderezo de comentarios como ‘ojalá el río se lleve a esa gente’, ‘que se lleve al [barrio] El Agustino y a los cholos’, y otros por el estilo” —se lamenta Pablo—. Me molestó muchísimo, escribí mensajes, denuncié la imagen, le pedí a amigos cercanos que apoyaran, activé alertas de Facebook sobre autoría. No me molestaba no tener el crédito, sino el uso que se le daba. Al final perdí el rastro. Supuse que era poco lo que se podía hacer. Era comerme una batalla perdida”, cuenta.

Las fotos (la de Pablo y la selfie) son del 15 de marzo. No sabemos si en la selfie se nota, pero en el encuadre de Pablo sí: decenas de curiosos se agolpan para ver el furioso paso del río desde el puente Talavera, 24 horas antes de su estruendoso colapso.

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De un reportaje dominical de la pantalla convencional, teledirigida, a las pequeñas nuevas pantallas, interactivas, una secuencia de video se volvió una muestra perfecta de cómo reacciona usualmente el poder ante la interpelación ciudadana. A la pregunta de un periodista sobre las razones por las que cayó el puente Talavera, el funcionario municipal a cargo respondió apelando a un juego de palabras que va más o menos así: no se ha caído, se ha desplomado y usted no lo va a entender porque es periodista, no ingeniero. El poder niega lo que el ojo ve y la cámara registra: el puente yace sobre el río. Es inevitable encontrar un parentesco entre la respuesta del funcionario municipal y los videos de policías y jueces que, sorprendidos en falta por una cámara, intentan tragarse los billetes que prueban el soborno. Es la negación de lo evidente.

También es una representación del tipo de ejercicio de poder que es imposible no relacionar con la producción de vulnerabilidades que deriva en desastre: el fracaso de las obras como comprobante único de buena gestión pública, un aparente dominio de lo técnico que se reduce al amañamiento de las palabras, la presentación de hechos duros como materia de interpretación. Es el fracaso del lenguaje para establecer una relación digna entre autoridades y vecinos. “¿Se han dado cuenta de que donde abundan los abusivos también abundan los corruptos? —pregunta Guillermo Nugent, historiador y actual director del Lugar de la Memoria—. Por eso, la cortesía tiene importancia pública”. Le muestro la imagen del funcionario municipal a Johann Velit, curador y artista audiovisual. “Nos obliga a preguntarnos entre nosotros a quién le estamos dando poder. La actitud del personaje es parte del desastre y es parte de lo que la reconstrucción debería resolver”, me dice.


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Refiriéndose a la viralización del rescate vecinal que emprendió un joven con ayuda de su tabla paddle atada a un colorido flotante modelo Unicornio, una de las “preferidas en las redes como representativas de la esperanza”, a Florencia Portocarrero le llama la atención la falta de un agente: el Estado. Su viralización la encuentra ambivalente. Como muchas de las imágenes que se mueven en redes sociales, por un lado tienen gran potencial político, al establecer circulaciones independientes de los medios de prensa que juegan con sus propias agendas y determinaciones. Pero por otro lado, advierte, hay una despolitización cuando la imagen “se comparte hasta la saturación y pierde completamente su capacidad de representar la realidad”.

“Las imágenes que se vuelven icónicas son las que representan un deseo colectivo. Esta imagen representa al ciudadano aislado que con sus propios recursos sale adelante de la situación, en una fuga defantasía”, plantea Portocarrero.

Si bien fue la postal de color, la nota esperanzadora que se necesitaba en medio del desastre, quizá el toque de fantasía desdibujó lo que inicialmente informaba la fotografía: un barrio que amaneció inundado y ninguna capacidad del Estado para llegar a la gente u organizar un rescate. En Quinta Ana María, una urbanización de clase media alborde del río Piura, el Estado ha sido sobrepasado y un buen vecino lo suple.Las cámaras de los móviles están activas y lo registran. Esa misma mañana continuaban las evacuaciones y se iban agotando las recargas telefónicas que mediante donaciones remotas se enviaban a los caseríos del Bajo Piura. Allí, la sensación de urgencia restringe las conexiones virtuales a su funcionalidad primaria: mantenerse comunicados.

Y es que en una esfera pública tan fragmentada, si bien el uso y el acceso a la tecnología posibilitan autorrepresentarse y exponer la propia narrativa del desastre, la cantidad de imágenes y relatos siempre se cruzará con factores estructurales. Si pusiéramos en un mapa la producción local de imágenes de los dos fenómenos cíclicos en nuestro territorio —el FEN en la costa norte y Lima y las heladas y friajes en la sierra sur—, tendríamos evidentes saturaciones y puntos ciegos.


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“Esta foto es información. Si esto es una mesa y estas son sillas —dice Mayu Mohanna, fotógrafa, curadora y docente, señalando las superficies que sobresalen—, sabes que el nivel del agua llegó hasta ahí. Es la foto como información”. Se trata de una fotografía de la inundación del Centro Comercial Open Plaza de Piura, ocurrida el 27 de marzo. Esa mañana, las redes piuranas se sobrecargaron: puentes que eran alcanzados por la corriente, familias en los techos de sus viviendas, la desaparición de las calles del centro de la ciudad bajo las aguas del Piura. Los portales web y los productores de los canales de 24 horas encendieron la aspiradora para absorber todo lo que se posteaba o tuiteaba. Se relajó la búsqueda de la fuente para acreditar la foto y en el mejor de los casos se apeló a la fórmula “la foto fue compartida por numerosos usuarios de las redes sociales”. Por ese camino, una misma foto fue atribuida apersonas diferentes, perdiéndose el origen de la mayoría, entre ellas, la del patio de comidas sumergido. Lo único cierto es que antes de aparecer en Twitter y en Facebook, para las nueve de la mañana cualquiera con WhatsApp en Piura la había recibido de un contacto directo o la había visto compartida en un grupo de chat.

“Es una foto de lo que no estábamos viendo. No nos estaban mostrando solo un centro comercial afectado por las inundaciones. Es el patio de comidas, el lugar que debe estar repleto de gente y no ves a nadie —explica Mohanna—. Esa desolación es lo que hace interesante esta foto. Su quietud”. Lo que hace que la miremos es esa información que en un primer momento no procesamos. No hay acción. Visto desde arriba, el patio de comidas parece un juego de dominó. Con la inundación, el sentido del espacio social, en sí mismo precario por su condición de consumo, queda roto.


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“Todos somos fuente —me dice Velit—. Esa condición ha transformado el tipo de imagen que consumimos como noticia. El en vivo amateur nos está acostumbrando al movimiento inesperado, a la falta de encuadre, al zoombrusco”, explica. Es cierto: el testigo puro salta de una cosa a otra, trata de captar la mayor cantidad de información y movimiento posible. “Le da un dinamismo que te hace parte de la situación —prosigue Velit—, porque el encuadre no importa tanto ante la fuerza de los acontecimientos”. Acabábamos de ver en YouTube el video Mujer sale del huaico en Punta Hermosa.

“No hay nada en nuestra historia que preceda a esta imagen —afirma Mohanna—. Una mujer que supera a la naturaleza, a la muerte, y que surge casi intacta del lodo, por su propia fuerza. Es una imagen sin antecedente en nuestra memoria visual”. El impacto de esta, asegura, solo se compara al efecto de los perros colgados en postes en el año 81. “Nunca antes habíamos visto algo así: perros colgados. Eso es algo que marca”. Para ella, ese nivel icónico tiene la imagen de Evangelina Chamorro, la joven madre de familia del asentamiento ilegal Villa Nueva Navarra que durante unos ocho minutos formó parte del huaico que cayó en Punta Hermosa, un balneario donde los tablistas limeños pasan sus fines de semana de verano.

“Las capturas de video, impresas, no tienen buena resolución. Respecto a las fotografías estándar que logramos con los equipos disponibles ahora, la relación es de 10 a 2. Pero en este caso la resolución no cuenta, el testimonio es el que gana”, me dice Francisco Medina, editor gráfico de El Comercio y artífice de la plana completa con la que el diario representó la tragedia de Evangelina como alerta del desastre nacional. “De toda la secuencia que envió el autor del video —relata Medina—, elegimos la captura del momento en que puede verse que ella logra mantenerse sobre sus dos piernas y recupera su estabilidad. Se ve el impulso hacia arriba, la separación de ella de toda la masa de barro. En el video lo ves, pero en la acción continua puedes no distinguirlo, puede pasar inadvertido. Con la foto lo fijas y es el momento cumbre”, sentencia.

Cuando la cámara ha descubierto el cuerpo y deja de distraerse, toda la imagen adquiere un mismo color. “El monocromo le da a la aparición de Evangelina un tono de irrealidad”, ensaya Velit. De no ser por la cámara que nos hace testigos del momento en que salva la vida, lo que le ocurrió a Evangelina sería una leyenda popular. Y una definición de leyenda podría ser esta: aquel acontecimiento excepcional que no logramos registrar con la cámara de nuestro móvil.

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