Créditos: Marina García

Escribe
Iñigo Maneiro Labayen

Un reo mira sin ver su último cielo cubierto de nubes mientras un sacerdote le corta suavemente el cuello con un tumi. Su sangre se vierte en una copa.  Es tiempo de inmolación y sacrificio en el valle de Moche. En la parte baja de uno de los extremos de la pirámide hay un cúmulo de cuerpos lanzados desde la plataforma superior. Desnudos, decapitados, desmembrados o con las extremidades flácidas, forman contorsiones antinaturales que espantan. Alrededor, varias decenas de ceramios eróticos, con escenas sexuales entre plantas, animales y personas. Otros individuos de la élite moche o sicán llevan máscaras y vestimentas que representan búhos, águilas, iguanas, jaguares, arañas, lisas, zorros, olas antropomórficas, soles y lunas. Para el mundo precolombino —como ocurre en muchos pueblos amazónicos y andinos del presente— la naturaleza es humana y se integra en el conjunto de creencias. La nueva víctima no calma la ira y el apetito de las divinidades. Estas, insaciables, imponen su castigo en forma de lluvias fenomenales y huaicos que ahogan todo lo que está vivo. La sociedad que espera expectante a los pies de la pirámide siente cómo su mundo se disuelve en agua, y cómo sus dirigentes ya no cumplen la función que les correspondía: cuidar a su poblacióne interceder ante los dioses para que frenen lo que los marineros piuranos defines del siglo XIX llamarán después El Niño.

Desde hace unos 40.000 años, este fenómeno climatológico de naturaleza ambivalente eleva la temperatura del mar, cambia las corrientes y los vientos, y provoca lluvias torrenciales en los valles costeros. Su potencial se ve reflejado en el valle de Chavimochic que, junto con el de Ica, concentra la producción agroindustrial del Perú. Está formado por los ríos Chao, Virú, Moche y Chicama. Si incluimos Jequetepeque, La Leche, Olmos y Piura, podemos decir que nos encontramos en el corazón agrícola peruano, con las regiones (La Libertad, Lambayeque y Piura) con los mayores porcentajes de tierra cultivada sobre su tamaño total. La buena calidad de sus suelos, el excelente y generoso clima, su cercanía al ecuador geográfico y con un acuífero medianamente rico en aguas de buena calidad explican esa generosidad productiva. Esos ríos forman lenguas verdes y agrícolas que rompen el desierto entre Áncash y Tumbes, pero esa riqueza también proviene de El Niño.

El clima y el agua son próvidos para la vida y ávidos para la muerte, extremos que han definido la historia cultural de estas regiones del país desde hace 10.000 años, según los restos humanos más antiguos que se han encontrado. La agricultura y la variedad de cultivos que producen los valles, además de la biodiversidad y la riqueza del océano, aseguran siglos de bonanza y desarrollo cultural. Un mar que tiene en Piura, frente a las playas El Ñuro y Cabo Blanco, el encuentro de dos corrientes oceánicas —la de El Niño y la del Humboldt­— que lo llenan de vida y recursos. Esta naturaleza favoreció el nacimiento de las culturas más fascinantes del Perú: sociedades que destacaron por sus orfebres y joyeros, navegantes, tejedores, ceramistas, agricultores, guerreros, arquitectos e ingenieros. Y también navegantes y viajeros, debido a que, desde las épocas más remotas, intercambiaron sus productos con la Amazonía y la costa centroamericana, así como con la sierra de territorios hoy chilenos y argentinos. Fueron sociedades que se dedicaron más al intercambio que a la guerra y al imperialismo. Aprovecharon sus bosques y desarrollaron toda la ingeniería necesaria para disponer de agua. Sin embargo, también sucumbieron a la parte más destructora de El Niño.

La imagen del inicio describe una ceremonia que ha sido posible si nos atenemos a los grabados e iconografías que aparecen en muros, huacos, vasos de plata o tejidos. Los arqueólogos norteños —como Carlos Wester, Luis Jaime Castillo, Alfredo Narváez o Walter Alva— han desvelado sus significados: los personajes que participaban, los ritos que realizaban, las divinidades de su universo religioso, los animales asociados a ellas y los sacrificios que practicaban. No es casualidad que la mayor cantidad de esqueletos inmolados encontrados cerca a la huaca de la Luna, en el valle trujillano de Moche, correspondan a fechas cercanas a los fenómenos de El Niño. Los sacrificios masivos responderían a súplicas inextremis a sus dioses para poner freno a un fenómeno que azotó con lluvias y huaicos.

En la historia del norte, El Niño siempre ha condicionado a las sociedades para reinventarse y renacer de sus escombros. Han sido mejores orfebres o arquitectos o agricultores que antes. Las crisis naturales significan cambios culturales, y viceversa, el ser humano se adapta y transforma esa naturaleza con nuevas tecnologías. Estas culturas de La Libertad, Lambayeque y Piura conocían de manera precisa su entorno. Una naturaleza definida por un tipo de bosque que recuerda la sabana africana: el bosque seco ecuatorial, que solo está presente en el sur de Ecuador y en el norte del Perú. Sabían que, si no respondían cabalmente a la cuestión del agua —por escasez debido al desierto o por exceso como consecuencia de El Niño–, no habría futuros posibles.

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