Después de meses de nombrar la caída, el colapso, el caos, la tensión, el quiebre, el estallido, la agonía, el límite, la insostenible situación de los dos países más trastornados políticamente hoy en la región, los editores y periodistas de América Latina volvimos a mencionar en mayo el punto de no retorno de Brasil, el derrumbe inminente de Venezuela. Volvimos a escribir, una vez más, que los dos Gobiernos habían tocado fondo. 

El último colapso de Venezuela antes del próximo colapso de Venezuela empezó el 3 de mayo: Nicolás Maduro convocó a una Asamblea Constituyente, la gente salió a protestar porque entendió que era un golpe definitivo a la democracia, el Gobierno reprimió a los manifestantes y sumó nuevos muertos a la cuenta de muertos del interminable colapso de Venezuela. Ese miércoles comenzaron a circular rumores que decían que el líder opositor Leopoldo López, preso desde el 2014, había sido trasladado al hospital militar en estado crítico. Cuando la esposa de López anunció que se dirigía allí, le escribí a un colega venezolano.

—No creo que haya pasado nada —me respondió—. Lo deben tener guardado y lo van a mostrar después, como hacen siempre, para que ella quede como una loca. 

Al final del día, el Gobierno compartió un video en el que Leopoldo López decía desde su celda que estaba bien, y un par de días después apareció otro video donde Maduro hablaba con dos vacas y les preguntaba si lo apoyaban para la constituyente.“¿O ustedes quieren muerte?”. Era una pregunta retórica, a juzgar por su tono.

El último escándalo en Brasil antes del próximo escándalo en Brasil empezó dos semanas más tarde, el 17 de mayo: se reveló una grabación en la que el empresario Joesley Batista —dueño del frigorífico más grande del mundo— le contaba al presidente Michel Temer que todos los meses pagaba un soborno al ex diputado Eduardo Cunha, principal operador de la destitución de Dilma Rousseff y ahora preso por corrupción, para que no contara lo que sabía. El escándalo fue que Temer parecía avalar esa práctica, pero esto eclipsó otra grabación mucho más elocuente: Aécio Neves, senador y presidente del Partido de la Social Democracia Brasileña, había sido registrado mientras le pedía dos millones de reales al mismo empresario, Batista. En ese audio, cuenta la periodista brasileña Carol Pires, el senador Neves le solicita al empresario que la persona elegida para buscar el dinero sea alguien “que podamos matar antes de que delate”. No era un pedido retórico, a juzgar por el contexto.

Decretar una y otra vez el derrumbe de dos Gobiernos que siguen en pie no ha respondido tanto a una búsqueda de dramatismo como a una necesidad de sentido: se supone que las noticias deben contar aquello que rompe la “normalidad”, y se supone que hay hechos que no tienen retorno. Que después de traspasar ciertos límites, hay aspectos —la democracia, la idea de un país, la tolerancia, algunas ficciones institucionales— que se rompen del todo.

Durante años hemos usado la metáfora de la rana y el agua hirviendo para explicarnos por qué no se rompen más rápido —más seguido— las sociedades latinoamericanas. Ya saben: si arrojamos una rana en agua hirviendo es probable que salte, pero si subimos la temperatura gradualmente no se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde. “Nos metieron en el agua tibia y nos la fueron calentando poco a poco y, con el tiempo, nos acostumbramos a vivir en un país que hierve”, escribió hace poco Martín Caparrós en un artículo sobre cómo su generación reventó a la Argentina. La rana quizá sirva para entender que los procesos no se viven de la misma forma desde adentro que desde afuera, a cierta distancia en kilómetros o en años. Pero no nos ayuda a pensar hasta dónde puede estirarse la “normalidad”. ¿Cuánto tiempo es demasiado tiempo en agua hirviendo?

Tal vez el género más útil para pensar nuestras realidades sea hoy lo que seguimos llamando ciencia ficción: somos capaces de imaginar como especie los peores destinos, los futuros más sombríos y asfixiantes, y cumplir con nuestras proyecciones. Su utilidad no radica tanto en aquello que los autores puedan imaginar como posibilidades de dominio o manipulación de las nuevas tecnologías, sino en lo que llegan a imaginar sobre nuestra capacidad de adaptación a los peores escenarios. La realidad política, lo hemos visto, puede ser más absurda e increíble que cualquier fantasía. La diferencia es que quienes imaginan los peores futuros tienen la obligación —como el periodismo— de construir y ofrecer algún tipo de sentido a los acontecimientos. La realidad no la tiene.

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