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Santiago Rosero

París. Noche del 20 de abril del 2017. Los 11 candidatos a la presidencia de Francia participaban en el programa 15 minutos para convencer, transmitido en vivo por radio y televisión. A solo dos días de la primera vuelta, debían persuadir al 30% del electorado que permanecía indeciso. De pronto, uno de los conductores interrumpió el programa: “Aparentemente, un ataque se produjo en los Campos Elíseos en contra de policías. Ciertas fuentes citadas por la Agence France-Presse indican que podría tratarse de un atentado terrorista”. Un policía murió, otros dos quedaron heridos y el agresor fue abatido. El grupo Estado Islámico se apresuró a reivindicar el atentado. Las más álgidas tensiones de la geopolítica internacional parecían condensarse en ese instante.

Lo ocurrido esa fría noche de abril reactivó un debate bicéfalo: ¿el radicalismo islamista se engendra dentro de los países europeos o es un mal esencialmente importado al que hay que cerrarle la puerta de acceso?¿Se debe privilegiar la prevención redoblando los esfuerzos para enfrentarlo desde adentro, como proponía Emmanuel Macron, o concentrarse en la represión y expulsar sin miramientos a los extranjeros vinculados con el fundamentalismo islamista, como planteaba Marine Le Pen? Con estas preguntas se ponían en perspectiva la posibilidad de dos futuros.

La UE ha entrado en una fase crítica. Ese es el diagnóstico que le atribuye cierta clase política y un porcentaje de la población. Pero sumarse a las sentencias resulta más sencillo que intentar comprender el verdadero estado de las cosas, más aún si se trata del bloque de 28 naciones que surgió hace seis décadas como mecanismo para alcanzar la paz y el desarrollo económico en la región.

“Podría decirse que la Unión Europea atraviesa una crisis institucional si las leyes comunitarias se incumplieran de manera sistemática, pero ese no es el caso”, asegura una tarde soleada en París el politólogo Dídac Gutiérrez-Peris, director de Estudios Europeos en el Instituto de Opinión Viavoice. “En Europa existe un aparato institucional y jurídico que está vigente y en marcha. Todos los Estados siguen cumpliendo las leyes y pagando el presupuesto comunitario. Incluso el Reino Unido, mientras negocia su salida”.

La crisis puede no afectar los cimientos de la arquitectura institucional, pero sí atacar el campo de las percepciones. Banksy lo hizo gráfico. El artista inglés reveló su más reciente obra el 7 de mayo, el día de la segunda ronda electoral en Francia. La pared de un edificio en Dover amaneció con un mural en el que se ve a un obrero que, a punta de cincel, retira una de las estrellas de la bandera europea. Podría pensarse en una referencia a la salida del Reino Unido, o en la eventual suerte de cualquier otra nación. “Internamente, los diferentes países siguen teniendo la percepción de que todavía puede haber una vuelta atrás en la configuración de la Unión—señala Gutiérrez-Peris—. Desde afuera existe la idea de que se trata casi de los ‘Estados Unidos de Europa’, un bloque completamente sólido, pero eso no tiene nada que ver con la psicología de aquí. Es una unión muy frágil, con psicologías muy volátiles que todavía no han aceptado el paso supranacional. Por eso siempre existe el riesgo de que un país decida dejar el proyecto. El brexites un recordatorio de eso”.

De manera aparentemente contradictoria, a la vez que no se asume un sentimiento conjunto de pertenencia, la opinión pública europea se dice mayoritariamente favorable al reforzamiento del bloque. Según el último Eurobarómetro (encuestas llevadas a cabo de forma periódica por la Comisión Europea desde 1973), realizado en marzo de este año, el 57% de los europeos considera positiva la adhesión de sus países a la UE y el 73% prefiere respuestas en conjunto a los acontecimientos geopolíticos más desafiantes de la actualidad, como las crisis en los países de Oriente Medio y el terrorismo, la elección de Donald Trump o la creciente influencia de Rusia y China. No obstante, el 60% cree que las acciones realizadas contra el fraude fiscal han sido inadecuadas; el 41% está en contra de las políticas económicas (el 39% está a favor); el 47% no está satisfecho con la forma en que funciona la democracia en el bloque (el 43% se dice satisfecho) y, como para delinear el horizonte, el 50% cree que las “cosas están yendo en la dirección equivocada”.

En Europa, explica Gutiérrez-Peris, “la crisis de la opinión pública puede percibirse como una crisis institucional”. Y es en ese terreno en que ha podido sembrarse el euroescepticismo y han tomado fuerza movimientos populistas de diversos pelajes. Si bien Marine Le Pen no logró su objetivo en Francia, Geert Wilders no pudo convertirse en el primer ministro de Holanda con su proyecto xenófobo y el ultraderechista Norbert Hofer no alcanzó la presidencia en Austria, el triunfo del brexit consta ya como una rúbrica de lo posible.

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