Escribe Verónica Goyzueta

Para llegar a la casa de la urbanista brasileña Raquel Rolnik es necesario subir setenta escalones en una pendiente muy pronunciada. Si no fuera una vivienda proyectada por una de las catedráticas más importantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de São Paulo, de seguro estaríamos en una construcción de riesgo.

Después de un carrera ascendente en São Paulo, la ciudad con mayor población de América Latina (fue directora de planeamiento de la ciudad, coordinadora de urbanismo del Instituto Pólis y secretaria nacional de Programas Urbanos del Ministerio de las Ciudades), y de ocupar por seis años el cargo de relatora especial del Consejo de Derechos Humanos de la ONU para el Derecho a la Vivienda Adecuada, hoy Rolnik es una referencia internacional en las discusiones sobre las políticas de vivienda y en el diseño de las ciudades.

“No alteré el diseño de la montaña. Implanté la casa sobre ella sin cortarla, sin someterla a un proceso que traería un enorme riesgo no solo para la casa, sino para la propia montaña y las nacientes —explica sobre el lugar donde vive en el barrio bohemio de Vila Madalena—. Que sea una pendiente no quiere decir que no se pueda ocupar; la discusión es de qué forma y a qué costo”.

De qué forma y a qué costo se debe ocupar una ciudad es lo que Rolnik se ha dedicado a estudiar desde la década de 1970 (sobre lo que reflexiona en su último libro La guerra de los lugares, que saldrá en español en unos meses por la editora chilena Lom), y es también la pregunta en torno al plan de la Reconstrucción con Cambios que en el Perú se busca llevar a cabo tras los desastres del fenómeno de El Niño. 


¿Qué tanto hemos integrado a la gestión de nuestras ciudades el principio del riesgo ante desastres?

Los desastres, aparentemente “naturales” y cada vez más frecuentes por el cambio climático, ocurren en territorios conformados en un tejido socioeconómico territorial preexistente. La experiencia de las ciudades de los países del norte y del subglobal [centros urbanos que enlazan la economía mundial con regiones de sus países o de varios países] no está marcada tanto por la capacidad de los municipios de prevenir o tratar con el riesgo, sino por la de entender la naturaleza de ese territorio. El riesgo es social y culturalmente construido. En las ciudades latinoamericanas o sub globales en general tenemos poblaciones que jamás fueron recibidas en el urbanismo y que históricamente terminaron en áreas con menos interés para el mercado inmobiliario formal: áreas de pendiente, distantes del centro de empleo, en el límite de espacios rurales, zonas que permanecieron vacías, vedadas por la legislación ambiental o por códigos urbanísticos. O en zonas en las que no se podía entrar, como las sujetas a inundación. Ahora tenemos en esas ciudades áreas de posibles deslizamientos que han sido ocupadas de la forma más precaria posible. Se trata de una ocupación que es favorecida por un mercado que opera bajo una lógica de poco dinero. Ninguna área es de riesgo en sí, la cuestión está en las formas en que es ocupada. 

¿Esa clase de riesgo puede prevenirse?

El concepto de riesgo es absolutamente relativo. El urbanismo de la ciudad sub global no suele establecer ningún puente con las formas tradicionales de ocupación del territorio, que tienen una enorme sabiduría con relación al lugar, la naturaleza, los ciclos de cambios climáticos. El fenómeno de El Niño, por ejemplo, es parte de la historia milenaria de la región. Sin tierra adecuada y bien ubicada para esas poblaciones, se construye una bomba para esos espacios que tienen una situación de extrema vulnerabilidad a los desastres y que justamente ocupan los que poseen menos condiciones económicas y técnicas para enfrentar tal situación.

¿Se piensa mucho en la infraestructura y poco en los afectados?

Lo que vi en procesos de reconstrucción como el de Chile o el de Tailandia fue una estrategia masiva de despojo de áreas frente al mar llevada a cabo por la llegada de resorts y proyectos turísticos vinculados al circuito de inversión del complejo financiero inmobiliario global. Terminaban siendo operaciones de desposesión de los territorios donde vivían los más pobres. ¿Vivían en precariedad física? ¡Sí! ¡Pero vivían allí! La máquina de reconstrucción, financiada por la cooperación internacional, no está inmune a la máquina de los circuitos financieros de grandes inversiones globales, que tiene entre sus principales intereses la producción de infraestructura: edificios, torres, hoteles, etcétera. Es algo absolutamente vinculado a las inversiones rentables para los mercados financieros globalizados. Con un excedente financiero enorme, buscan dónde invertir para recuperar su dinero mediante las tasas de interés. Eso abarca desde fondos soberanos de los países, compañías de seguros, fondos de pensión de trabajadores e incluso ahorros de las familias. Pese a tener una cara humanitaria, con organizaciones y personas genuinamente humanitarias que quieren, piensan y se preocupan por los afectados, la operación de reconstrucción es dirigida y conducida por esa máquina. La pregunta fundamental suele ser cuántos metros cúbicos de concreto usaremos en esa reconstrucción y no cuál será el destino de las personas, cómo mejorarán su vida, su hábitat, o el derecho a la vivienda, que es algo progresivo. La reconstrucción después de un desastre debería tener como objetivo terminar mejor que antes, especialmente para los afectados de menor renta.

Usted ha visto de cerca estos procesos. ¿Qué es lo más difícil de trabajar en esas estructuras?

La primera cuestión absolutamente sorprendente que descubrí trabajando con las organizaciones humanitarias es que toda la lógica de la reconstrucción de viviendas presupone una propiedad individual registrada en nombre del afectado. ¿Y cuál es la relación de propiedad y posesión de la mayor parte de la población urbana afectada? En el caso de Haití, por ejemplo, es la informalidad, la extra legalidad, lo que llamo de transitoriedad permanente. Las formas de posesión y relación con el territorio existen hace décadas, si no siglos, pero no son reconocidas en el orden jurídico urbanístico como permanentes, legales, registradas. Eso las hace totalmente vulnerables a la remoción, a la desposesión, al traslado. Y eso es justamente lo que ocurre. Frente a un desastre como el de Haití, las agencias humanitarias querían reconstruir, tenían el dinero para hacerlo, pero no podían, estaban completamente paralizadas porque el terreno no era de las personas, no estaba registrado. Tratamos de superar ese bloqueo y promover la idea de que era posible reconstruir sin necesidad de que el terreno sea propiedad individual registrada. Eso sigue siendo una lucha enorme dentro de las agencias internacionales. Vas descubriendo que la misma máquina no excluye solo a los pobres. Hay discriminación étnica, hacia los no blancos, los negros, las mujeres, la comunidad LGBT, incluso hay discriminación religiosa. Existen muchas formas de discriminación que impiden que las personas tengan acceso a una tierra bien ubicada.

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