Camino al bicentenario, nuestras preguntas sobre el país que queremos al 2021 han girado en torno a la convivencia social. Términos como inclusión, interculturalidad y diversidad dan cuenta de las tensiones que atraviesan esta convivencia, y también de cierto ánimo de resolverlas o al menos de ponerlas sobre la mesa. Un evento traumático como El Niño costero y sus consecuencias materiales, económicas y sociales nos ha alertado sobre la relegada relación que tenemos con nuestro entorno.

El fracaso de nuestra convivencia con la naturaleza nos obliga a mirar más allá de los asuntos de hoy: corrupción, poca institucionalidad, informalidad y desconfianza. Un país como el Perú, que se encuentra en el cinturón de fuego del Pacífico, está obligado a prepararse ante un terremoto. Con su diversidad y variabilidad climática, no podemos ignorar qué hacer cuando ocurren huaicos, lluvias o heladas. Sin embargo, nos hemos dado el lujo de no estar listos. Dejamos que la naturaleza, una de nuestras fuentes principales de identidad y riqueza, sea apenas el catalizador de nuestros conflictos, y en demasiadas ocasiones la consideramos un freno de nuestro desarrollo.

En este número nos hemos planteando responder algunas preguntas cruciales: ¿Qué vamos a reconstruir? ¿Qué potencialidades y limitaciones tenemos para llevar acabo una reconstrucción real, es decir, tomándole la palabra al presidente del Consejo de Ministros, Fernando Zavala, para reconstruir un país en armonía con su territorio? Hemos escogido experiencias internacionales de reconstrucción. Conversamos además con Pablo de la Flor sobre el plan de Reconstrucción con Cambios que está por ejecutar, así como con especialistas locales e internacionales y con ciudadanos de las regiones afectadas. Hemos echado una mirada a la comunicación ejercida en la crisis y a las imágenes del desastre. La idea es responder ese “¿por qué?” de dos maneras: una desde el diván —¿por qué permitimos que esto pasará?— y otra ya desde la cancha —¿por qué podría fallar este proceso?—.

Conscientes de que esta no fue la primera ni será la última vez que la naturaleza nos recuerde el poder transformador que ejerce sobre nuestra sociedad, la motivación de producir este encuentro es aproximarnos a un consenso: que no nos vuelva a sorprender desprevenidos. 

Esto implica una reconstrucción institucional, una re ingeniería que transforme nuestro sistema democrático de manera que el país pueda defenderse eficazmente de la mafias, en la que el Estado esté concentrado en servir al ciudadano y, a la vez, en tener presencia y fuerza institucional. Pero, sobre esto último, en los últimos 25 años la figura presidencial ha sido mellada, no solo aquí sino en toda América Latina. Por ello discutimos si es el parlamentarismo una vía posible para revertir el estancamiento y la crisis política en la región. La urgencia de refundar el significado de lo que es democracia, de combatir el populismo y de reconocer el debilitamiento del sistema de partidos tradicionales es un incentivo para responder a estas interrogantes.

El reciente ejemplo francés de Emmanuel Macron, no solo triunfador en las votaciones presidenciales, sino a punto de obtener la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, también nos ilustra acerca de las exigencias de cambio. Los franceses querían una transformación en la clase política más que un cambio radical de políticas, y así lo han expresado en las urnas. Su nuevo presidente—joven, liberal y europeísta— le ha ofrecido un importante aire al proyecto europeo jaqueado por la crisis y el populismo. Tal como comenta el sociólogo francés Michel Wieviorka en esta edición, este triunfo detiene la arremetida de la derecha más radical y expresa la crisis de la izquierda en una Europa que tiene, hoy más que nunca,un futuro incierto.

En síntesis, la reconstrucción institucional requiere una voluntad política. Se precisa audacia. El panorama actual no permite ser optimistas, pero el reto del bicentenario está ahí, en la oportunidad de redefinir las bases y los principios de nuestra república.

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