Días antes de la última Navidad, a Luciano Concheiro se le cayó su teléfono en un retrete. Fue en una noche de bares en Madrid, mientras andaba en una gira de entrevistas por su libro Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, una teoría contra la aceleración de la vida moderna en su ansiedad por convertirlo todo en mercancía.

 

Perder su teléfono por accidente lo llevó a no tomar más fotos de su viaje, a apartarse de la euforia por las fiestas navideñas en la red, a conversar con mucha gente desconocida frente a frente.

 

Durante un mes, Concheiro también pudo extraviarse mirando por las ventanas de los trenes, beber cervezas espontáneas con compañeros de ruta, desparramarse en largas sobremesas en que los almuerzos se volvían cenas, cocinar en manada sin recetas, escuchar el golpeteo de la lluvia con asombro, caminar a la deriva sin Google Maps.

Su teléfono en el excusado lo precipitó a encarnar su propia “filosofía del instante”, esos actos que nos hacen perder la noción del tiempo.

 

En su libro, Concheiro nos invita a una revuelta: escapar de la aceleración capitalista que ha construido su hegemonía desde la Revolución Industrial hasta el siglo XXI con su insaciable imperativo de ganancias a mayor velocidad y en menor tiempo. Estamos presos, según él, dentro del mecanismo de la rueda de un hámster, obligado a correr cada vez más rápido sin moverse del mismo lugar.

 

No es un ingenuo que pretende cambiar el mundo desde la teoría. Por ahora, al estilo del El arte de la guerra de Sun Tzu, Concheiro propone vencer la velocidad de los acontecimientos, no desde la ilusión del enfrentamiento, sino desde la ironía del escape. Su filosofía del instante no es el carpe diem del poeta Horacio ni el modernillo You Only Live Once ni el movimiento por la lentitud del gurú Carl Honoré. Tampoco es un credo budista. Menos una revolución como programa de futuro. El concheirismo es una revuelta espontánea para escapar de la aceleración: cometamos actos políticos mínimos —construir un mueble con nuestras manos, cultivar maíz en el campo, tejer un suéter— que nos permitan experimentar otro paso del tiempo, un respiro anarquista ante la utopía de una sociedad libre de explotadores y explotados. Experimentar “instantes” como un breve simulacro de plenitud más que de lentitud y de calma.

 

El propio Concheiro es un simulacro de plenitud. A los 19 años se había graduado en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México; a los 21 había estudiado una maestría en Sociología en Cambridge; a los 22 era profesor de Historia del Pensamiento del Siglo XX; y a los 24 era finalista del Premio Anagrama de Ensayo con Contra el tiempo. Hoy, a los 25, es alumno de un Doctorado en la UNAM con una estancia de investigación en la Universidad de Harvard, donde trama un modesto proyecto: escribir una nueva historia de la humanidad.

 

Este hombre desocupado sigue usando teléfono y reloj. No es el espejismo de la tecnología el que nos vuelve estresados, distraídos, insomnes, amnésicos, dopados: es esa avaricia de la rentabilidad la que nos esclaviza desde las políticas cortoplacistas, hasta afectar nuestra vida íntima. No es una alucinación que los compromisos amorosos duren cada vez menos. No es casual esa tentación de responder al teléfono mientras tenemos sexo.

 

Un guerrillero contra el tiempo usa reloj no tanto para medir, controlar y explotar su día, sino para, de cuando en cuando, desobedecerlo. Usa reloj para “perder el tiempo” en un sentido irónico, como los pintores y monjes del siglo XVI tenían una calavera humana en su mesa de trabajo a modo de memento mori, ese “recuerda que vas a morir” como advertencia contra la ilusa vanidad de estar vivos.

 

Concheiro ha dejado en puntos suspensivos su revuelta. Hoy investiga la posibilidad de un tiempo político de plenitud que no solo dure un domingo, unas vacaciones, un año sabático o un instante.

 

“Estoy trabajando para encontrar una resistencia que pueda ser definitiva”, dice desde Harvard.

 

Concheiro, un joven que detesta celebrar sus cumpleaños, ha guardado en un cajón el teléfono del retrete.

 

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