Hay hitos en la historia de la humanidad que la transforman fuera de todo reconocimiento. Estos pueden ser procesos sociales o económicos, importantes descubrimientos, brillantes ideas o acontecimientos históricos aparentemente aislados que terminan por provocar efectos causales inesperados.

Algunos ejemplos de ello son las vertiginosas conquistas de Alejandro de Macedonia, a fines del siglo IV a. C., que dieron lugar al impresionante periodo helenístico; una mañana de agosto de 1492 en que Colónzarpó hacia tierras ultramarinas, iniciando así la integración del orbe; la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII, que modificó por completo la sociedad, y nuestra visión tanto de ella como de nosotros mismos; el descubrimiento de la estructura del ADN, hacia 1953, en un laboratorio del King’s College de la Universidad de Londres; o el hallazgo de las neuronas espejo en un laboratorio de la Universidad de Parma, a comienzos de los años noventa. Después de ellos, nada volvió a ser igual.

El explosivo desarrollo de las neurociencias hacia fines del siglo XX pertenece a este repertorio, pues el conocimiento que el ser humano tenía de su propio cerebro era, hasta hace poco,nulo. Ahora tenemos una idea de en qué dirección hemos de investigar y con qué metodología, para entender mejor su funcionamiento y para entendernos mejor a nosotros mismos.

Aristóteles y la ciencia griega antigua creían que el cerebro era un órgano dedicado a la refrigeración de la sangre. Fue Hipócrates el primero en postular que el cerebro es el lugar del pensamiento y los afectos. Muchos problemas clásicos de la filosofía serían hoy considerados parte de la filosofía de la mente o de las neurociencias. De hecho, prácticamente todos los filósofos de la modernidad elaboraron teorías acerca del funcionamiento de aquellas facultades que ellos denominaban razón, entendimiento o mente. Si alguien les hubiera preguntado por qué la mente es como es y no de otra manera, ellos habrían respondido que su objetivo es explicar cómo funciona esta, no por qué es como es, lo que no nos es conocible.

Todo esto cambió en 1859. Ese año Charles Darwin publicó El origen de las especies. En este libro, Darwin proponía que todo rasgo físico, así como toda característica psicológica de cualquier especie animal —incluyendo a los seres humanos—, es el producto de la selección natural. De esta manera se podría llegar a explicar por qué tenemos las características psíquicas que tenemos, como la memoria, la inteligencia, el pensamiento, la compasión, las emociones o el lenguaje. En El origen del hombre y la selección en relación al sexo, publicado en 1871, Darwin acometió esa empresa y fue el primero en intentar explicar evolutivamente las funciones principales del cerebro. Pero todavía no estaban dadas las condiciones para que las neurociencias florecieran, porque faltaba el instrumental de la investigación empírica, así como las herramientas conceptuales de la filosofía de la mente.

Recién fue hacia fines del siglo XX que las neurociencias despegaron como disciplina académica. Y lo hicieron en integración con varias otras disciplinas —como la lingüística, la psicología y la filosofía—. Se trató de un trabajo en equipo y también del nacimiento de disciplinas nuevas, como las ciencias cognitivas, que no solo integran descubrimientos y metodologías de otras ciencias previamente existentes, sino que también estudian territorios que estaban más allá de sus fronteras.

Hoy, las neurociencias nos brindan valiosa información acerca de tópicos clásicos de la condición humana, como el libre albedrío; la identidad personal en el tiempo; la manera como la memoria registra, reestructura y resignifica nuestro pasado; la naturaleza de los sentimientos y las emociones; la empatía, la compasión y las motivaciones que nos conducen a ser cooperativos y altruistas, aunque también competitivos y egoístas. De hecho, la naturaleza, sus orígenes y los procesos involucrados en el comportamiento moral son temas sobre los que las neurociencias han aportado más últimamente. Una de las disciplinas más radicalmente transformadas por las neurociencias es la ética.

Esta última se ha vuelto relevante para educadores, economistas, publicistas y especialistas en el comportamiento del consumidor, además de para quienes desean entender los fenómenos sociales y políticos recientes más significativos. También es importante para especialidades como el derecho penal y el derecho de familia, o para los arquitectos que se interesan por diseñar espacios que generen determinados efectos psíquicos. La lista es larga y sigue ampliándose. Ciertamente, en ella se encuentran la psiquiatría, la psicoterapia, la terapia del lenguaje y la medicina preventiva. En lo que concierne a las grandes preguntas filosóficas, las neurociencias no nos van a proporcionar las respuestas (en caso de que estas existan), pero sí nos podrán dar pistas para preguntarnos sobre la naturaleza del conocimiento y la felicidad, acerca de las diferentes formas que toma el amor y sobre cómo una existencia plena hace indispensable preguntarse por los sentidos que puede tener la vida humana. Las neurociencias están transformando radicalmente la visión que tenemos de nosotros mismos y, sin duda, la que tendremos sobre nosotros en el futuro, de manera que, aunque el célebre verso de Lord Byron—según el cual sabemos poco de lo que somos, pero menos aun de lo que seremos—sigue siendo cierto, lo es cada vez menos, o, en todo caso, lo es de un modo diferente.

Pero las aplicaciones y los efectos prácticos de las neurociencias también son fundamentales. La información que estas ciencias nos brinden no solo permitirá hacer predicciones acerca de qué individuos estarán más cerca de cometer crímenes (por ejemplo, si presentan un exceso de testosterona y un déficit de serotonina y oxitocina, además de un apego inseguro en la infancia y algún daño en el sistema de neuronas espejo): también nos sugerirá cómo podríamos reducir las posibilidades de que esto ocurra. Además, es posible que tengamos más claro cómo debemos intervenir en casos de personas con síndrome de Asperger o dentro del espectro autista. Y, sin duda, contaremos con más claves para afrontar los dos males psicológicos endémicos en el mundo actual: la ansiedad y la depresión.

Ahora bien, adentrándonos en el terreno de lo concreto: ¿cómo va la investigación en este campo en nuestro país? Hay valiosas investigaciones, aunque suelen estar concentradas en las facultades de la medicina y rara vez tienen un carácter verdaderamente interdisciplinario. Existen algunos posgrados en neurociencias, pero, por lo general, se dedican más a transmitir conocimiento que a crearlo. Este parece ser el problema principal. Muchas universidades, y el Estado en su conjunto, asumen acríticamente que nos resulta mejor aplicar la información que otros países han desarrollado antes que crear conocimiento de frontera. Esa es la receta de la mediocridad.

Es entendible la preocupación si se parte del supuesto de que nos falta mucho paraestar a la altura de las naciones que producen conocimiento, de manera que el temor es que gastemos ingentes cantidades de dinero sin que podamos acercarnos a investigaciones que partieron antes que nosotros y que avanzan a una velocidad mucho mayor. Pero en ese temor se esconde una falacia: es verdad que las instituciones que generan mayor investigación en estos temas no están en el Perú. También es verdad que nos llevan mucho recorrido. No obstante, es menester recordar que las instituciones están conformadas por seres humanos, que todos ellos tienen un promedio de vida laboral semejante y que su capacidadde trabajo no puede ser muy diferente. Hay países que, con una decidida intervención del Estado, logran en una generación crear centros de investigación de primera línea.

La receta es menos difícil de lo que parece y no es tan costosa. Se trata de construir mecanismos de selección de posibles investigadores jóvenes, para reclutarlos y financiarles pregrados y posgrados en instituciones internacionales de primer nivel, con el compromiso de que regresen a trabajar a nuestro país. Una vez aquí, se les financia como investigadores a tiempo completo, aunque con cierta carga docente, para ir formando nuevas generaciones. No hay absolutamente ninguna razón para que no podamos ver resultados razonablemente pronto. Este proyecto es muchísimo más barato que la suma de sobreprecios que nuestro país ha entregado a las empresas constructoras durante por lo menos un par de generaciones para que estas corrompan a varios niveles de funcionarios, y nos podrá poner en situación de crear conocimiento aplicándolo a nuestras características peculiares.

El siglo XXI será el siglo del conocimiento, pues este es una de las mercancías más valiosas. Crear, transmitir, aplicar y vender conocimiento es, estoy seguro, el único camino para salir del subdesarrollo.

Encuentra la versión impresa de la revista Poder en quioscos, supermercados y librerías. Toda la información aquí: http://bit.ly/2nwW8c