Fotos: Musuk Nolte

Texto: Ramiro Escobar

La última imagen de Fidel Castro con vida está fechada once días antes de su muerte, el martes 15 de noviembre del 2016, cuando visitó Cuba el presidente de Vietnam, Trần Đại Quang. En la imagen publicada en diversos medios estrechaba con ambas manos las de Đại, sin levantarse de su sillón. Vestía una camisa de cuadros grises y una casaca deportiva blanca que combinaban con sus canas peinadas hacia atrás y su larga barba, que es un recordatorio permanente de sus apariciones revolucionarias que enardecían a las masas.

Las masas estaban ahí otra vez al amanecer del miércoles 30 de noviembre. El Comandante en Jefe salía nuevamente a la calle, pero esta vez sumergido en una urna de cristal demasiado pequeña para la inmensidad de su figura.

Un grupo de veinteañeros lo esperaba al borde de una avenida. “¡Ordene, Comandante, ordene!”, clamaban, mientras el cortejo fúnebre salía del Ministerio de Defensa, clavado en una esquina de la plaza de la Revolución de La Habana. Fidel nunca perdió su aire militar y combativo, por lo que hizo creer a muchos incluso en la inmortalidad. Lo hizo hasta que el 25 de noviembre su hermano Raúl anunció su deceso, con un rictus dolido y solemne: “¡Hasta la victoria siempre!”, terminó el anuncio.


La fuerza de ser Comandante

En la inmensa foto colgada en esos días en la fachada del ministerio se le veía joven, en traje de campaña, mirando el horizonte como si atisbara a las tropas de Fulgencio Batista, el autócrata tropical al que combatió en la zona montañosa de Sierra Maestra por poco más de dos años hasta enero de 1959.

No fue un general más, de esos que pasaron por una escuela militar y luego se llenaron de galones y medallitas. Para todo efecto, fue un “comandante”, alguien que se rajó en el monte, con pocos pertrechos y menos hombres, al lado del Movimiento 26 de Julio. Con ese frente inició la lucha en 1953, luego de asaltar el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba en un acto fallido pero evocado con las banderas rojinegras del movimiento que colgaban de balcones descascarados.

El cortejo fúnebre, rodeado de carros militares, avanzó por La Habana para dirigirse a Santiago de Cuba, el paradero final. A su paso, miles de personas se apostaban con banderitas e incontables fotos y afiches de Fidel en sus distintas versiones: con gorro militar, sonriendo, con la mano alzada, reflexivo. Pero siempre, siempre, de verde olivo.

Fidel casi nunca se quitó el traje que lo identificaba, salvo en los últimos años, ya anciano, en que lucía un buzo de marca Adidas. Cuando se presentó por primera vez en la ONU, el 26 de setiembre de 1960, llevaba el uniforme de combate. Al pasar 19 años volvió allí, el 12 de octubre de 1979, vestido del mismo modo, imperturbable.

Su funeral fue global, políticamente ecuménico. En la plaza de la Revolución, durante la ceremonia realizada el martes 29 de noviembre, estuvieron devotos suyos provenientes de El Salvador, Chile, Colombia, México, Palestina, España, Sudáfrica, Sri Lanka, Vietnam, Ecuador, Brasil, Venezuela. También fue un funeral revolucionario: Cienfuegos y Guevara miraban desde sus efigies inmensas. José Martí parecía interpelar a la personas desde su resplandeciente estatua blanca.

No faltó la tropa de invitados especiales, entre ellos varios presidentes de la órbita “bolivariana”: Rafael Correa (Ecuador), EvoMorales (Bolivia), Nicolás Maduro (Venezuela). Todos líderes que, para quienes viven en los extramuros de la izquierda o del socialismo de distintas estirpes, serían impresentables, pero que esa noche fueron aplaudidos a rabiar y al grito de “¡Patria o muerte, venceremos!”.

Mientras tanto, en otros lares del mundo las maldiciones contra el Comandante campeaban. Mario Vargas Llosa dijo que la historia no lo absolvería; Donald Trump, que era un “dictador brutal”. Y en la Pequeña Habana de Miami un tropel de gente salió a la calle para dar vivas, como si la muerte fuera un carnaval. Barack Obama, en cambio, soltó una frasesutil: “La historia recordará y juzgará el enorme impacto que tuvo esta singular figura en la gente y en el mundo a su alrededor”, dijo con prudencia.


Los que vienen


Muchos escolares, vestidos con su típico uniforme de color guinda y camisa blanca, estaban apostados a la vera de carreteras, calles y avenidas. Miraban con asombro todo lo que sucedía. Algunos enarbolaban una banderita cubana, cargaban un retrato de Fidel o tenían los rostros pintados con los colores patrios. “¡Yo soy Fidel! ¡Yo soy Fidel!”, gritaban.

¿Podrán ellos ser realmente Fidel? ¿Podrán tomar la posta de una revolución añeja y problemática? ¿Podrán hacerlo ahora que el país cuenta con la embajada del “imperio”?

Los mayores de 60, los que vivieron la Revolución y se quedaron en Cuba, aún guardan un fervor —a veces algo infantil— que se sentía en medio del duelo. Son los que todavía defenderán la Revolución, los que no aceptan muchas críticas y, si estás en la isla, te dicen que en todos los países hay problemas. O los que sostienen que para hablar de Cuba debes ir necesariamente allá.

Los menores de esa edad y mayores de 35 son, según un profesor de filosofía de la Universidad de La Habana, los más problemáticos. La vida no les alcanzó para ver, en uso de razón, la gesta revolucionaria, pero sí el llamado “periodo especial”, la época de mayor austeridad, en que faltaba hasta el agua y la luz se cortaba a mansalva. A la vez, conocieron, si no la bonanza, al menos la tranquilidad, en tiempos de la subvención soviética, que duró desde comienzos de los 60 hasta que cayó la URSS, a fines de 1961. “Antes, con la tarjeta de racionamiento, nos daban hasta cigarros, y te sobraba para comprarte unos zapatos italianos”, recuerda uno de ellos.

Sobre las generaciones más jóvenes hay un pronóstico reservadísimo. Aunque con limitaciones, ya conocen las redes sociales y consumen clandestinamente —y con afán— la televisión, el cine y la música que la Revolución no les permite. Los chicos de hoy, los que no vivieron la mística revolucionaria ni la angustia tras el derrumbe de la URSS, ya no quieren resistir. Como se oye en las calles, quieren batallar, pero no contra Estados Unidos, sino por una vida distinta a aquella llena de precariedades que han conocido sus mayores y que los puede alcanzar cuando se lancen a buscar la vida.


La última actuación

El 13 de agosto del 2016, el día en que cumplió 90 años, Fidel Castro hizo su última aparición pública en el teatro Karl Marx de La Habana. Su voz era apagada. Conversó con Nicolás Maduro, quien lo acompañaba, y con otros dirigentes cubanos; acarició a un niño y aplaudió al grupo de teatro infantil La Colmenita. Desde los rincones del recinto, la gente gritaba “¡Fidel! ¡Fidel!”, tal como se escuchó en estos largo días por La Habana y otras ciudades.

Pocos días después, el 9 de octubre, escribió su última columna en Granma, titulada sintomáticamente “El destino de la especie humana”. En ella hablaba de ciencia, de religión, del diluvio universal, del imperialismo y hasta de Donald Trump. Prometió un siguiente artículo sobre el maná que caía del cielo.

Lo único que vendría después sería el pedido ya casi celestial de sus fieles: “¡Ordene, Comandante, ordene!”.


Reportaje: ¡Hello Cuba!


Mira el fotoreportaje completo en la edición impresa de la revista Poder. Encuéntrala en quioscos, supermercados y librerías. Toda la información aquí: http://bit.ly/2nwW8cL