Escribe
Luis Felipe Gamarra
Periodista

Entre los años 1990 y 2000, la década del cerebro, científicos de todo el mundo se acercaron a las enfermedades degenerativas, traumáticas y congénitas, desarrollando sofisticados instrumentos de medición, como los equipos de neuroimágenes, que permitieron por primera vez observar el cerebro mientras se evaluaba al paciente.

Gracias a la aplicación conjunta de conocimientos en genética, bioquímica, psicología, psiquiatría y neurología que conformaron lo que se conoce ahora como neurociencias, se derribaron mitos que hasta hace poco eran verdades absolutas: las neuronas no mueren conforme nos hacemos más adultos, sino que se regeneran durante todo el periodo de vida; las respuestas cerebrales son el resultado de la adaptación al entorno debido a la neuroplasticidad, y no están condicionadas solo genéticamente; el cerebro se usa al 100%, por lo que es falso que solo empleemos el 10%. Además, se confirmó que el sueño es parte del proceso de regeneración neuronal y no solo un episodio de receso cognitivo.

Desde entonces, en virtud de los descubrimientos de las neurociencias, que han seguido investigando las respuestas del cerebro frente a diferentes estímulos, se sabe que el modelo de educación tradicional está casi en el umbral de la pérdida de tiempo, que correr relaja el cerebro tanto como dormir o que las personas con dislexia son capaces de percibir aspectos que los demás no ven; se sabe por qué existen personalidades altamente creativas pero que no saben controlar sus impulsos, por qué profesionales con alto coeficiente intelectual son poco innovadores o por qué los consumidores eligen los productos con logotipo de color rojo cuando se trata de artículos de consumo masivo.

A pesar de todos estos avances, la mente humana resulta tan compleja que las neurociencias todavía no responden muchas interrogantes ni tampoco generan el conocimiento suficiente para curar males degenerativos vinculados a la actividad neuronal, como el párkinson o el alzhéimer. Si bien las neurociencias han contribuido al desarrollo de fármacos y tratamientos para atender múltiples enfermedades neurológicas, aún faltan años de investigación, e inversión de fondos, para descubrir una cura definitiva. ¿Por qué es tan importante seguir investigando? Solo estas enfermedades, según datos de la Fundación Española de Enfermedades Neurológicas (FEEN), representan un costo de global de 450 billones de dólares, el equivalente al doble del PBI de la economía peruana.

Neurociencia en el Perú

Para el doctor Nilton Custodio, director médico del Instituto Peruano de Neurociencias (IPN), organización privada de salud que brinda atención médica especializada en neurología, existe en el país un interesante crecimiento del interés por las neurociencias, que se refleja en la demanda de formación especializada a través de diplomados, maestrías y doctorados. “La primera universidad que se enfocó en esta rama fue San Marcos (UNMSM), pero desde el 2014 la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) también ofrece una maestría en neurociencia, que este año acaba de abrir su segunda convocatoria”, dice Custodio, aunque reconoce que en el Perú son pocos todavía los centros que brindan estos grados respecto de otros países en la región. En Chile existen seis universidades que cuentan con este posgrado; en Colombia son cinco, con mención en neuroeducación; en Argentina son seis, con grado de doctor; y en Brasil suman hasta 10 instituciones. Y ni qué decir de países como Estados Unidos, donde 68 universidades e institutos ofrecen másteres y Ph.D en esta especialización.

A pesar de que ahora son más los neurocientíficos con gradode Ph.D —probablemente entre 50 o 60 científicos—, para Custodio el número es aún reducido, así como los fondos para la investigación, por lo que considera que las neurociencias todavía no despegan como producto de contribución científica. “Nos hemos quedado atascados en los aspectos filosóficos, que son importantes para la construcción del pensamiento crítico, pero no hemos tomado conciencia del rol y la oportunidad de las neurociencias”. Las neurociencias, para él, más allá incluso del estudio de enfermedades psiquiátricas o neurodegenerativas, podrían abocarse a investigar problemas más actuales y cotidianos que aquejan a la sociedad, como la violencia o la corrupción.

Según el Scimago Journal & Country Rank —uno de los rankings más prestigiosos, que mide el desarrollo de especialidades médicas por país—,en un estudio entre los años 1996 y 2015, el Perú figura en el puesto 74 del índice total del rubro de neurociencia, por encima de Ecuador (75) y Bolivia (98), pero muy por debajo de Venezuela (58), Colombia (53) y Chile (39). Este índice mide el número de papers publicados, artículos citados en revistas especializadas o científicos citados, entre otras variables.

A través de la Sociedad para la Neurociencia del Perú (Sonep), nuestro país es reconocido por la International Brain Research Organization (IBRO) —“las Naciones Unidas de la neurociencia”— como emergente en este campo, al lado de Ecuador y Bolivia. La Sonep agrupa alrededor de 60 profesionales peruanos, con maestrías, doctorados y licenciaturas de tipo interdisciplinario.

Justamente a través de la IBRO, que promueve el desarrollo de investigaciones serias, se ha contribuido a descentralizar el trabajo en diferentes universidades del interior, como la Universidad Nacional de San Agustín (Arequipa) o la Universidad Católica Benedicto XVI (Trujillo), cuyos profesores acceden, al lado de docentes de Lima, a fondos concursables de Concytec para financiar sus investigaciones, como destaca el doctor Luis Aguilar, director del Laboratorio de Neurociencia y Comportamiento de la UPCH, que se enfoca en diversos temas, desde enfermedades neurodegenerativas y uso de plantas medicinales para el tratamiento del alzhéimer hasta la neurociencia aplicada al marketing y a los negocios.

Así como sucede en los países más desarrollados, para Aguilar lo ideal sería que el Estado, por medio de las organizaciones especializadas en esta materia, como el Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas (INCN), lidere esta iniciativa. “Pero no solo con fondos concursables, que compiten con otras iniciativas de investigación en ciencia y tecnología, sino con fondos destinados exclusivamente al desarrollo de este ámbito, y una política de reconocimiento al investigador científico en términos de salario”, agrega Aguilar, quien resalta que a muchos neurocientíficos no se les paga por investigar, sino que solo les son reconocidas dentro de su remuneración las horas que dictan como profesores, con tarifas sumamente variables, dependiendo de la universidad.

En el Perú, hasta hace cinco años, no existían fondos concursables para proyectos de investigación. Solo desde el 2011, tras la creación de Cienciactiva (antes Fondecyt), se empezó a promover la investigación científica. No obstante, como son fondos concursables, en que prevalece el impacto del proyecto en la sociedad, los que se relacionan con neurociencias terminan siendo los menos beneficiados. En estos cinco años solo han aplicado cuatro proyectos de investigación por más de 1,3 millones de soles en financiamiento. Dichas investigaciones buscan resultados para el seguimiento del neurodesarrollo infantil, las propiedades de la maca para combatir el alzhéimer, la reparación y mejora de la memoria y el aprendizaje tras daños cerebrales, y el estudio de proteínas para el tratamiento también del alzhéimer mediante química computacional. De los 376 millones de soles en financiamiento que otorgó Cienciactiva en este último quinquenio, solo el 0,7% se destinó a investigaciones en neurociencia.

Como reconoce la ministra de Salud, Patricia García, una entidad como el INCN posee presupuesto suficiente solo para labores de atención clínica: 40 millones de soles para el 2017. En materia de investigación, si bien se publican papers, estos se limitan a casos de observación clínica de pacientes. De forma independiente, investigadores como Julio César Alfaro (electromiografía), David Achanccaray (interfaz robot-cerebro), Ángel Aguilar (biología del comportamiento), Edward Málaga (enfermedades neurodegenerativas), Carla Gallo y Giovanni Poletti (neurobiología), Pilar Mazzetti (neurogenética), Carlos Cosentino y HelardMiranda (movimientos anormales), y Hugo García (enfermedades neurológicas), entre otros, reconocidos de modo regional, contribuyen con el desarrollo deesta especialidad, pero aún son pocos los centros de formación (UPCH y UNMSM) para que se pueda consolidar como una rama de la medicina con niveles dedesarrollo más generalizado, como en Inglaterra, Estados Unidos, Suiza, Escocia y Suecia, que lideran el ranking de países con más menciones de papers, según datos del Essential Science Indicators hecho por Thomson Reuters. En estas naciones, las universidades de mayor prestigio ostentan los laboratorios para estudiantes más avanzados del planeta en análisis del cerebro, como Harvard, la Universidad de California, Stanford, el MIT, Columbia y Johns Hopkins, solo por mencionar algunos casos. Es decir, además de centros y organizaciones estatales con fondos para la investigación, las universidades privadas poseen sus propios recursos para promover esta carrera.

En cambio, en el Perú, de los seis institutos que administra el Ministerio de Salud, el INCN ocupa el cuarto lugar en términos de presupuesto, por debajo del Instituto de Salud del Niño (169 millones), el Materno Perinatal (113 millones) y el Oftalmológico (41 millones). En un país con uno de los sistemas de salud menos eficientes del planeta, con hospitales colapsados y declarados en emergencia, las neurociencias han figurado probablemente entre las últimas preocupaciones de nuestros Gobiernos.

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