Escribe
Pablo Panizo
Periodista

Trabajar en un laboratorio en Europa, a mediados de los 90, era una situación particular. Mientras el neurobiólogo Edward Málaga estudiaba la genética de peces africanos como parte de su doctorado, en los campos de Alemania —país donde vivió por dos décadas antes de regresar al Perú— y del resto del viejo continente los ganaderos eran testigos de cómo sus vacas se volvían literalmente locas. Sus ojos se desorbitaban, chocaban sus dientes con fuerza, movían las orejas descontroladamente, saltaban frente a cualquier sonido súbito. Finalmente no podían mantenerse en pie y, antes del medio año de locura, fallecían. La causante del mal era una proteína, el prion (PrP), una sustancia cuya función común no se conocía, pero que, al fallar, era capaz de autorreplicarse y expandirse, cual virus o bacteria. Millones de vacas fueron sacrificadas para controlar la pandemia pero, aun así, hacia el final de la primera década de este siglo, más de doscientos humanos fueron infectados por el consumo de reses enfermas. Después de largas agonías con los mismos síntomas, finalmente ciegos y paralíticos, encontraron todos la muerte.

Estudiar el funcionamiento de esta proteína era —y sigue siendo— una obsesión entre los hombres de ciencia. Se sabía que era común entre mamíferos y aves, y se paraba de contar. En ese universo desconocido, Málaga encontró un nicho de trabajo. Había visto a la nobel de Medicina Christiane Nüsslein-Volhard trabajar con peces cebra como modelos de estudio, y quedó fascinado con sus posibilidades. En Lima habitan peceras caseras sin conocerse su valor: portan cerca del 85% de los genes que causan enfermedades en el ser humano. Málaga formuló entonces su primera hipótesis brillante: si aves y mamíferos tienen priones es porque un ancestro común a todos los vertebrados también los tuvo y, por lo tanto, los peces deberían también tenerlos. Tenía lógica, pero nadie lo había podido demostrar en diez años de búsqueda. Después de tres años de investigaciones, fue el primer científico en hallar esta proteína en los peces cebra. La publicación de su hallazgo en el 2003 significó su primer gol en el mundial de la ciencia.

El cancerbero neuronal
Durante los siguientes seis años se dedicó a encontrar para qué diablos servían los priones. Su investigación se hizo todavía más urgente después de que otro estudio demostrase que esa proteína está también relacionada con el alzhéimer, uno de las mayores amenazas sanitarias de nuestros tiempos: cuesta al mundo el 1% de su PBI anualmente y lo sufre uno de cada diez adultos mayores. En el Perú podría venirse la noche: un estudio de la PUCP afirma que, si no crecemos sostenidamente al 3,5% durante los próximos 20 años, nuestro sistema de salud no se dará abasto para el tratamiento de este mal.

Por dos décadas se había buscado descubrir la función de los priones estudiando su funcionamiento en ratones. Nadie tuvo éxito. Málaga lo intentó con los peces cebra, un modelo notablemente ventajoso: de una pareja se pueden obtener hasta mil embriones, y cada uno es un experimento. Además,forman sus órganos en apenas tres días, por lo que los estudios avanzan con muchísima velocidad. En el 2009 por fin tuvo éxito, cuando encontró que el prion es una especie de controlador del tráfico en el interior de las neuronas. Un cancerbero que permite la comunicación entre una neurona y otra. Mientras trabaja correctamente, ordena los movimientos del amiloide beta, una proteína directamente relacionada con la transmisión de información entre neuronas; cuando falla, frustra el funcionamiento del amiloide beta y mata las neuronas.

Su hallazgo fue otro paso grande hacia el descubrimiento de la causa del alzhéimer. En adelante, el peruano se ha dedicado a seguir escudriñando la relación entre los amiloides beta y los priones, aunque, desde hace dos años, desde un contexto completamente inusual: el nuestro. Edward volvió a Lima después de 23 años y, contra viento y marea, ha logrado armar el laboratorio de neurociencias más avanzado del país, inaugurado en enero pasado.“Está mejor que mi laboratorio en Alemania. Te lo digo así, clarísimo”, asegura desde el cuarto piso del edificio LID de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Le ha costado sudor, frustraciones y un justificado temor al que pudo ser su suicidio profesional si las cosas no salían bien. Hoy, sin embargo, está finalmente instalado entre microscopios de cientos de miles de dólares y peceras automatizadas con tres mil peces cebra. De fondo suena un jazz de John Coltrane y viste shorts y una camisa abierta en el pecho.“Me he traído todo ese coraje que uno logra después de tantos años afuera—explica con convicción—. Quiero encontrar cosas buenas para la humanidad. Un mecanismo, una medicina contra el alzhéimer. Y que ello contribuya al progreso de la nación”.

Su siguiente meta es diseccionar el funcionamiento no solo de las dos proteínas descritas, sino de todas aquellas sustancias que entran en juego en la dinámica neuronal. Y va por buen camino. Tarde o temprano, un próximo descubrimiento volverá a revolucionar el estudio del alzhéimer y, junto a su nombre, en la publicación quedarán grabadas dos palabras que nos harán grandes: Lima, Perú.

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