Marina García Burgos

Escribe

Iñigo Maneiro Labayen
Cronista

Fotografías

Marina García Burgos 

Tenía miedo. Percibía que mi alma se iba de este mundo y que me estaba muriendo. Nos encontrábamos de noche, en la mitad del bosque, junto al río Marañón. Para sentir que seguía anclado a este planeta, pedía un abrazo a Nampag, mi compañero en mi primera toma de ayahuasca.

Mi alma se escurría en vómitos, sudor, saliva y mocos cuando escuché un fuerte zumbido dentro de mí. Habíamos fumado mapacho —el tabaco selvático usado por los curanderos— y mi compañero cantaba y tocaba el kitag, un arco de una sola cuerda. Al principio de la toma, me echaba el humo del cigarro en la cara, mientras me explicaba que el tabaco es masculino y la ayahuasca femenina, y que el primero te ayuda a la “mareación”. Tras el zumbido, inicié una caída vertiginosa por un túnel oscuro e interminable, en el que aparecían moléculas, diseños geométricos y dibujos similares a las células. Así comenzó un viaje de cuatro horas después de dos días de dieta.

Estaba consciente. Experimentaba la sensación de encontrarme en una montaña rusa: la vertiginosidad de subir y bajar de un mundo a otro. Abajo estaban la oscuridad, el miedo y las telarañas pegajosas que me atrapaban. Mi terror era absoluto.También, como un televisor, aparecían de manera abrupta distintas imágenes ovisiones, hechos puntuales que se cumplieron tiempo después de manera literal. En ocasiones, catastróficamente. Como el terremoto que azotó el sur en 1996 y que esa noche apareció de manera nítida: Ica destruida por el sismo, y su costa, desierto y campos de cultivo arrasados por un tsunami. El miedo solo se calmaba con abrazos, unas olorosas semillas que Nampag me ponía bajo la nariz, y los ícaros, unos cantos con estilo de mantras. Arriba, en cambio, estaban la luz y la armonía, así como olores nuevos y música que hacía contonear mi cuerpo. Veía animales frente a mí: pájaros carpinteros, osos, arañas y otorongos tan reales que podía sentir cómo los tocaba. Me sentía en paz. También tenía la sensación de que una serpiente de colores subía por mi columna. Percibía una hermandad universal, una comunicación con todos los seres que me rodeaban. Yo era el hombre más limpio y poderoso de la selva. 

El cielo estaba estrellado cuando el viajé terminó. Le dije a Nampag que quería correr por el bosque y nadar en el Marañón. Mi energía vital era ilimitada. No quedaba miedo alguno en mi vida.

Lee el artículo completo en la edición impresa de Poder. Encuéntrala en quioscos, supermercados y librerías. Toda la información aquí: http://bit.ly/2nwW8cL