En la avalancha coyuntural de todos los días, el Perú se reduce a una pequeña lista de temas y personajes noticiables. Pero las problemáticas cada vez más agudas del país —la discriminación, la violencia, el informalismo, la corrupción— urgen también de análisis libres de lugares comunes para encontrar más y nuevas preguntas que nos alejen de falacias cotidianas y nos acerquen a una compresión, siempre limitada también. Por ello, sentamos al reconocido psicoanalista Max Hernández, miembro del Comité Consultivo del Acuerdo Nacional frente al lingüista y poeta Mario Montalbetti y su fijación por las revelaciones más minuciosas que nos puede dar el lenguaje.

 


Mario Montalbetti (MM): Te propongo una lámina de Rorschach. El Perú como una especie de El jardín de las delicias de El Bosco. Si vieses esa tabla, vas a encontrar una serie de seres aberrantes. Todo está muy bien descrito, con gran precisión, pero eso a la vez produce una pregunta: “¿De qué va esta obra?”. Porque cada una de las figuras y de los personajes están tan bien hechos que no sabes bien cómo calzan unos con otros. ¿No se parece mucho a lo que nos está ocurriendo ahora? Es decir, tenemos descripciones muy exactas, pintorescas, acuciosas, sobre el robo de este, la corrupción de este otro, la coima de aquel, la mediocridad, la ineficiencia, etc. Pero lo que nos falta es algo que nos ayude a contestar esa pregunta: “¿De qué va todo esto?”. Y esto nos regresa a un tema tuyo y de tus libros, que es el encontrar una narración, no solamente un catálogo de aberraciones.

 

Max Hernández (MH): ¿Qué hace que la precisión detallista de porciones de nuestro cuadro del país no permita una narración? Yo tengo la impresión de que hay una suerte de discontinuidad entre dos narrativas: la saga incaica, donde se omitía aquello que perturbaba la linealidad del discurso, y la narrativa de la conquista por los españoles, que creo que ha sido una narrativa casi de leyenda de caballería. Una de las inmensas tareas del Perú en este momento es, justamente, ver cómo articular una narrativa, y creo que la narrativa no va a ser producto de un par de historiadores geniales, o de un novelista absolutamente genial. No, va a ser una narrativa más colectiva.

 

MM: Eso requiere, como tú mismo has adelantado, un ejercicio de imaginación nuestra muy grande que vaya hacia esa narrativa. No solamente para explicar por qué lo hacen, sino porque tal vez ciertos términos que estamos usando ahora —como corrupto—para la explicación no sean los adecuados. Es decir, lo que subyace a esto parece ser la idea de que, si quitamos a los “corruptos”, todo se arregla. Un poco la teoría del barril de manzanas: la manzana podrida se va pero a nadie se le ocurre pensar que lo que está podrido es el barril. La pregunta de fondo sería si es que la actual organización sociopolítica que tenemos está bien, si es que hacemos dos o tres correcciones necesarias, o si hay un problema de fondo en la forma como nos organizamos política, económica y socialmente.

 

MH: Hay algunas cosas que a mí me preocupan. Cuando se menciona la palabra corrupto, esta nos trae todo un campo de significaciones, como ‘podrido’, ‘pútrido’,‘lodazal’, etc. Y, conforme esto va avanzando y entrando a las redes sociales, uno va viendo que los adjetivos como apestoso se agotan. Creo que uno tiene la obligación de no ser corrupto, pero no sé si uno tiene el deber de participar en la grita contra los corruptos. Como epígrafe de uno de mis libros puse un poema de Kavafis, que a mí me parece maravilloso: “…diciendo siempre la verdad, mas sin guardar rencor a los que mienten”. Como conversaba el otro día con algunos de los procuradores, les decía que la expresión delación premiada me parece absolutamente atroz, porque es casi como arrebatarle a los gangsters la única oscura virtud de su código de ética: no delates.

 

MM: Los lenguajes en general están desfasados de la realidad, pero estamos llegando aun estado en el que el desfase es crítico.

 

MH: Lo que estás diciendo es terrible, porque estás planteando lo que podría ser la réplica inversa de los hechos alternativos y la posverdad. Eso de creer que, cuanto más violenta y objetivada es la expresión, más verdad acarrea. Lo otro es repetir una y otra vez una falsedad o una verdad con mucho peso de adjetivos de desdén, de asco, en que la palabra ya no está diciendo lo que está diciendo.¿Qué podemos hacer con el lenguaje en esta fractura?

 

MM: Pensar, cosa que no está muy de moda entre nosotros.

 

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