Fuente: Efe

Una noche de febrero del 2015, el reportero Joshua Green estaba entrevistando a Steve Bannon —el estratega jefe de la Casa Blanca, asesor principal de Donald Trump y arquitecto de su triunfo— y se preguntó si aquel hombre estaba loco. Bannon aún no se había convertido en jefe de campaña de Trump, ni aparecía representado en Saturday Night Live como la muerte, con una calavera de rostro y un hábito de monje negro. Era un hombre blanco mal vestido de aspecto normal, como ahora, pero ya dirigía una cruzada mediática para defender “el occidente judeocristiano” que nutría a la nueva derecha radical, comandaba un operativo para dañar a demócratas y a republicanos moderados, y se proponía, eventualmente, “destruir el Estado”, “derrumbar todo y destruir el establishment”, según le dijo a un periodista de The Daily Beast a fines del 2013.

Antes de que los medios empezaran a señalarlo como el presidente de facto de Estados Unidos, Steve Bannon, un exbanquero de Goldman Sachs que filmó nueve documentales para alertar sobre conspiraciones contra la nación y sus posibles salvadores, había modelado durante años una visión sombría del mundo que aparece reflejada con precisión en los discursos de Trump, y había perfeccionado su talento para esparcir esa visión como un virus.

Cuando Green lo entrevistó para Bloomberg, Bannon era presidente ejecutivo de Breitbart News, un exitoso sitio populista de derecha que había encontrado la fórmula para azuzar los miedos y las frustraciones de su audiencia, y ponerles rostro: los inmigrantes, ISIS, el “colapso de los valores tradicionales”, Hillary Clinton, el matrimonio gay, y así. La ofensiva de Breitbart era eficaz por su falta de escrúpulos y su construcción de historias dramáticas, con héroes y villanos, pero atizaba la fe de una audiencia cautiva. Bannon pensó entonces en un mecanismo complementario, más sutil, para atacar a políticos: investigaciones rigurosas basadas en hechos que pudieran seducir a los medios tradicionales. Y, así, llegar a más gente.

Bannon, cuenta Green, montó una organización sin fines de lucro llamada Government Accountability Institute (GAI), nombró a un novelista como presidente y pusieron a investigadores a rastrear a los donantes de la Fundación Clinton, para averiguar cómo se habían favorecido por sus aportes millonarios. Contrataron un científico de datos para rastrillar la llamada deep web (donde se aloja más del 90% de la información de Internet, que no está indexada en buscadores como Google) y cerraron un acuerdo con un gran proveedor europeo, que les permitió usar su equipamiento informático de más de mil millones de dólares en las horas muertas. La estrategia viral de GAI incluía aun célebre ghost writer como cerebro creativo, que se dedicaba a transformar los datos duros de la investigación en dramas políticos tan atractivos que fueran irresistibles para los editores.

El resultado de todo ese trabajo fue Clinton Cash, un libro que expone oscuras transacciones financieras de Bill y Hillary Clinton, y el modo en que algunos donantes se beneficiaron de su relación con los Clinton cuando Hillary era secretaria de Estado. Además de convertirse en un bestseller, las revelaciones de Clinton Cash fueron tomadas por más de una decena de reporteros de los medios más importantes de Estados Unidos, incluyendo una historia en la portada de The New York Times, que citaba el libro—aún inédito— como una de sus fuentes. Bannon determinó que, en vez de acercar sus descubrimientos a los reporteros políticos, debía hacerlo con los de investigación, que no dejaban pasar una historia sólida, basada en hechos, por más que fuese contraria a su tendencia política. Y que podía aprovechar que los medios tradicionales hubiesen reducido o desmantelado sus unidades de investigación para ofrecerles un trabajo hecho, riguroso, y volverlos funcionales a sus objetivos.

La pregunta por la locura de un líder político es una pregunta por el cinismo: nos preocupa discernir si lo que hacen es solo una táctica para acceder al poder, o si los mueve algún sentido de misión, una convicción —por más oscura que sea—, algo más grande que la ambición personal. La respuesta puede ser irrelevante a la hora de las consecuencias, pero ofrece una medida de aquello a lo que nos enfrentemos. Muchos de los que celebraron la irrupción de Trump porque sacudía el orden político se horrorizaron al ver que firmaba las órdenes para cumplir sus promesas más extremas, que ellos atribuíana la demagogia. Eso es lo que llamamos cinismo. La mano detrás de las órdenes ejecutivas, sin embargo, era la de Steve Bannon, a quien se adjudican los textos camorreros que les dieron forma. Eso es a lo que denominamos locura: un tiempo histórico en el que el cinismo nos parece menos peligroso que las convicciones. 

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