Escribe: Esteban Bigotes

Mientras Jaime Oliver camina desde su casa hasta la Universidad de Nueva York, a dos cuadras del Washington Square Park, puede ir pensando en el modo de convertir en música una sonrisa, o el movimiento de las ramas de un árbol, o el ritmo de las teclas de una laptop. Cuando tenía 5 años su abuelo le regaló su primera guitarra, pero tiempo después un profesor de composición apasionado por la música electrónica lo incentivó a invertir sus ahorros en una computadora para producir sonidos y le enseñó cassettes con canciones de artistas como Karlheinz Stockhausen, Luciano Berio o Iannis Xenakis, que de otra manera no habría podido conseguir en Lima. El año en que ingresó a estudiar en el Conservatorio Nacional de Música descubrió que componer partituras y dejar a otros interpretar esas notas musicales era un ejercicio que no quería hacer el resto de su vida. Oliver tenía la certeza de que un país donde no podría hacer lo que ama tampoco sería un buen lugar para vivir. Un día, dejó el Perú para estudiar en Estados Unidos gracias a la beca Comisión Fulbright que obtuvo en el año 2006. A Oliver le interesaba otra cosa. Si un bailarín convierte el sonido en movimiento, él quería hacer lo contrario: convertir el movimiento en sonido.

Oliver La Rosa —37 años, doctor en sonido por computadora por la Universidad de California— viste camisa,pantalón y zapatos negros cada vez que sube al escenario. Si no fuera por el color rubio de su pelo y sus manos pálidas, se confundiría con el telón oscuro que se levanta siempre detrás de él. La expresión de su rostro es inmutable, pero cuando va a iniciar su presentación sus manos adquieren la forma de un hechicero a punto de lanzar un conjuro. Esta escena se repite cada vez que toca su SilentDrum, un tambor con un paño hecho de expandex —material con el que se fabrican las medias pantys— que se adapta al movimiento de sus manos cuando lo presiona de distintos modos o solo lo roza con la punta de los dedos. La computadora capta las sombras que se producen por el movimiento y las traduce en códigos numéricos que van produciendo sonidos distintos. 


Una muestra del trabajo de Jaime Oliver


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