Ilustración: Iván Palomino

Es posible vanagloriarse del crecimiento económico como ha hecho en los últimos años América Latina y particularmente el Perú. Pero aún no somos capaces de remecer el mundo con innovaciones que nos permitan cambiar nuestra estructura productiva y nos conviertan en una región de ingresos altos, pues ella apenas empieza a ser consciente de la tarea más necesaria para el futuro.

Tardíos, aislados y desarticulados han sido los esfuerzos de los Gobiernos latinoamericanos por generar economías innovadoras. La región, en la mayoría de los casos, pudo dejar atrás los PBI per cápita estancados, los elevados endeudamientos públicos, las depreciaciones abruptas y los altos índices de pobreza, pero nunca alcanzó la productividad y la competitividad que se requieren en el mundo moderno.

Países que tuvieron las mismas condiciones demuestran la radical diferencia que implica considerar la innovación como una herramienta clave del desarrollo. Desde los sesenta, por ejemplo, los cuatro tigres asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) nos sacaron una amplia ventaja. Hoy el PBI per cápita promedio de ese grupo supera los US$ 32.000,mientras que en América Latina y el Caribe ronda los US$ 8.000. La diferencia la marcaron las políticas públicas para una industrialización articulada en un marco de estabilidad económica y política, así como para la protección de mercados, la financiación estatal, el fortalecimiento educativo en ingeniería y la inversión pública en actividades de investigación científica.

Mientras América Latina lidiaba con sus males, Corea del Sur y Taiwán, a inicios de la década de 1980, pasaron del agotado modelo exportador industrial a uno centrado en la generación de conocimiento. El Gobierno coreano creó el Instituto Científico y Tecnológico y edificó la Ciudad Científica de Daedok, mientras que Taiwán creó el Parque Industrial Científico de Hsinchu. Dejaron de imitar la tecnología ajena y comenzaron a generar una innovación propia. A la par, las políticas públicas brindaron facilidades crediticias y fiscales, estimulando el desarrollo tecnológico de pequeñas y medianas empresas. Esta estrategia de oferta tecnológica se acompañó con medidas de demanda, como la incorporación de equipos de cómputo a gran escala por parte del Estado. Corea del Sur, además, creó la Corporación Tecnológica Avanzada para comercializar los productos desarrollados por sus organismos de investigación. Los resultados son conocidos: ser los líderes en innovación los ha llevado a ser también los mayores exportadores de tecnología en el mundo.

Décadas después del salto cualitativo asiático, una América Latina macroeconómicamente fuerte intenta levantar cabeza y recuperar el tiempo perdido.


Dónde estamos

América Latina obtiene resultados siempre por debajo de los países de la OCDE y de las economías de Asia. Las mediciones convencionales de la actividad innovadora incluyen indicadores sobre el gasto en investigación y desarrollo (I+D), patentes y publicaciones científicas. En todas esas variables, la región está atrasada.

La principal razón, refieren el informe InnovaLatino de The Business School for the World (Insead) y la Oficina de Desarrollo de la OCDE, es que mientras la región latinoamericana destina el 0,8% de su PBI en I+D, Asia Oriental y el Pacífico lo hace con 2,4%, la Unión Europea con 2% y la OCDE con 2,5%. Incluso Brasil, el país que más invierte entre nosotros, alcanza solo la mitad de esas referencias: destina el 1% de su PBI. Estas bajas cifras estatales, curiosamente, representan a la vez alrededor del 70% del total de inversión regional en innovación.

Según diversos estudios de la OCDE, el CAF, la Cepaly el Banco Mundial, la poca competencia y la falta de recursos humanos capacitados no incentiva a las empresas a invertir en innovación. En contraste, en los países desarrollados el papel de los privados es el catalizador de actividades de investigación. Por ello, no debe sorprender que solo el 8% de las exportaciones de productos manufacturados en América Latina tengan un alto contenido tecnológico (productos aeroespaciales, informáticos, farmacéuticos,instrumentos científicos o maquinaria eléctrica), mientras que en la OCDE llega al 14%, en Japón al 18% y en Corea del Sur al 33%. En el Perú, al 2,2%.

Según señala Juan Carlos Navarro, especialista líder en ciencia y tecnología en la División de Competitividad e Innovación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), estas cifras indican no solo un estancamiento serio en la productividad y el “rezago” en el uso de tecnología en el sector productivo, sino también un retroceso respecto a los estándares de las economías avanzadas: países que hace 30 años estaban debajo de América Latina ahora nos han superado.

El impacto

Los beneficios de la inversión en innovación son conocidos: contribuye al crecimiento económico, eleva la productividad y las exportaciones, aumenta los salarios de los trabajadores calificados y diversifica la economía, entre otros. Su potencial a largo plazo es tal que alrededor de la mitad del crecimiento de los últimos 50 años de Estados Unidos responde a la innovación.

En la región, por ahora, no se aprecian esos impactos. No obstante, cálculos en el sector microeconómico denotan su relevancia. Según estimaciones del BID para América Latina, un aumento en el ámbito empresarial del 10% en gasto en I+D incrementa las ventas en 1,3%, al punto de que las compañías que invierten en I+D tienen, en promedio, una productividad laboral 50% mayor respecto a las que no innovan.

Diversos programas públicos de apoyo a la innovación productiva llevados a cabo en Argentina, Colombia, Chile, México, Panamá y el Perú demuestran también un aumento en la productividad laboral: entre el 9% y el 12% cuando se focaliza en empresas individuales, y entre el 10% y el 24% cuando se apoyan proyectos colaborativos entre empresas y universidades.

PERÚ, poniéndose en el partidor

Desde mediados de los 60, la ciencia y la tecnología intentaron ganar un espacio en las políticas públicas, aunque de forma incipiente, con escasos recursos y sin una visión clara de su desarrollo. Hasta principios del 2000, la política nacional de innovación estuvo prácticamente estancada, con un Estado luchando contra las crisis internas y externas en los ochenta y más preocupado en estabilizar la macroeconomía en los noventa. A inicios del nuevo siglo, las instituciones vinculadas a la ciencia y la innovación empezaron a sacudirse del largo letargo.

La tarea es complicada, y el punto de partida, desalentador: estamos en la cola de los rankings mundiales, los recursos invertidos son muy bajos, la cantidad de científicos preparados es insuficiente, la producción científica también. Todo ello está aunado al cuasi divorcio entre empresa y universidad, a las trabas burocráticas, a la sub utilización del canon por parte de universidades, a la escasa I+D de las empresas (alrededor del 0,5% de sus ventas) y a la información poco confiable, entre otros.

Son estas debilidades las que las políticas públicas de ahora intentan corregir. Gisella Orjeda, presidenta del Concytec –órgano rector del tema–explica que hoy, por primera vez, el país tiene un plan nacional, el cual ha sido trabajado y consensuado entre el Estado, empresas y universidades durante dos años. Para atacar la problemática descrita se ha decidido alinear el nuevo conocimiento a la demanda, dar incentivos para la investigación, mejorar la calidad del capital humano, elevar la calidad de los centros de investigación, generar información de calidad y fortalecer la institucionalidad. Por ello, se han instalado programas transversales en seis sectores, a los que Concytec apoya a través de becas y fondos para equipamiento y de movilidad. El objetivo: que las investigaciones se concreten. Cita algunos ejemplos: en zonas altoandinas propensas al friaje, se ha logrado un sistema de casas que elevan 20° la temperatura respecto al exterior, a un costo de S/ 5.000. En salud, se ha desarrollado una bebida que limpia la sangre de metales pesados y permite detectar el cáncer cervical en mujeres donde se carece de la refrigeración necesaria de un análisis convencional. En seguridad ciudadana, se viene financiando en Arequipa un software que, usando las cámaras de vigilancia instaladas en las calles, escanea los rostros de personas y las placas de autos a fin de identificar delincuentes.

Juan Carlos Navarro, del BID, afirma que en la última década ha habido un salto muy importante en las políticas públicas de innovación en el Perú, que ha dado a agencias más fuertes y competentes (Concytec e Innóvate Perú) mayor disponibilidad de recursos y la capacidad de emplearlos eficientemente. Sobre este último punto, los fondos concursables de ambos han demostrado ser positivos. Según el Consejo Nacional de Competitividad, el FINCyT (Fondo parala Innovación, la Ciencia y la Tecnología), en su primera fase, mostró que los ingresos fiscales generados por los proyectos que financió no solamente recuperaron la inversión del Estado, sino que en los próximos años este monto invertido se multiplicaría por más de siete.

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