Por Gabriela Wiener

Ayer, como cada día, Audrey Tang entró a su mundo virtual favorito, Plurality. Dentro hay un personaje generado digitalmente idéntico a ella, con un vestido oscuro y una chompa roja encendida, larga y abierta como una capa, que se mueve como la real, que tiene su cara, sus gestos, su pelo negro y liso, sus pequeños lentes sin montura. Está sola en lo que parece una vivienda japonesa, con estancias vacías y puertas correderas. En una ventana al lado derecho de la pantalla se puede ver a la verdadera Audrey en la habitación de su casa, explicando a través de la webcam el tutorial de este entorno mientras la voz sale de la boca de su avatar simultáneamente. En un momento sale de la casa, que, ahora vemos, está suspendida en el aire. Audrey puede volar en este mundo, atraviesa el espacio celeste y se dirige hacia un planeta rojo que podría ser Marte. Ella es la nueva ministra digital de Taiwán. Lo extraordinario no es que la friki de las computadoras llegue a ocupar un cargo público de importancia, sino que precisamente su “frikismo” sea requisito para convertirse en ministra de algo tan poco asociado a la política como lo digital. Su destino estaba escrito con lenguaje de programación.

En los primeros años de Internet, ella todavía era un “chico” o, mejor dicho, un cuerpo leído como chico jugando a MUD (Multi-User Dimensions), un video juego de rol en el que los personajes avanzan mediante la suma de capacidades físicas, habilidades y equipamiento. Los avatares podían personalizarse de muchas maneras, en términos de raza, etnia y clan: también de destreza, inteligencia, carisma y sabiduría. No sé si es enserio o bromea – no me sorprendería, lo hace todo el rato en sus redes cuando le vienen con “preguntas indiscretas”–, pero me dice que se descubrió como una persona transgénero a los 12 años, gracias a ese juego de mazmorras y dragones, “probando varias expresiones de identidad”. Con el ID @Autrijus –el nombre que le pusieron sus padres al nacer– formulaba hechizos, se escondía, hería a sus enemigos con su cimitarra, hundiéndola con saña.

Heartbeat es en MUD el tiempo de respuesta de un jugador después de un ataque. Puede traducirse como latido de corazón. Los latidos de Autrijus en la web eran vigorosos y sonoros. Cuando le pregunto si ganaba mucho en el juego, me corrige rápidamente: “MUD no se trata de ganar: se trata decocrear un mundo”. Quizá esta sea la manera en que Tang siempre ha “jugado” con la realidad. Es ese punto en que la friki sale del cascarón del mundo virtual y empieza a hackear páginas del Gobierno y a hablar de democracia. Como en los MUD, en el mundo de afuera hay causas justas que defender y un equilibro de fuerzas que conservar. Y la forma de hacerlo para ella siempre lleva el prefijo “co”: colectiva, cooperativa, colaborativa. De ese nexo entre lo digital y lo político es de lo que Tang ha venido a hablar a Madrid. De que no hay nada ahora mismo tan ilusionantemente político como lo digital. De activar procesos de inteligencia colectiva para que la sociedad tenga el control directo de la democracia y participe de forma habitual e inteligente.

Al atravesar las puertas de la sede actual de Medialab-Prado, parece que hubiéramos entrado en el túnel del tiempo y arribado sin escalas al futuro o, al menos, a su “realidad virtual”. A juzgar por los 4.000 metros cuadrados de arquitectura posindustrial, la decoración pixeleada, las luces de neón y las hordas de Mac y PC conectadas, en este lugar todo huele a inteligencia artificial. Ahora mismo se está construyendo un robot, el tipo de actividades que ocurre un sábado cualquiera por la mañana aquí, en este laboratorio ciudadano de investigación y experimentación, auspiciado por el propio Ayuntamiento de Madrid.

Si cuesta imaginar en Lima lo que ya ocurre en Madrid, mejor ni lo intenten con Taiwán. Audrey acaba de ser nombrada ministra digital sin cartera de ese país, un puesto sin precedentes creado para ella y cuya misión es ayudar a resolver problemas de orden público a través de la programación y el software libre. Lleva seis semanas en el cargo. Su nombre empezó a hacerse conocido tras la explosión del movimiento estudiantil Girasol, el 15M taiwanés, en el que junto a otros miles ocupó el Parlamento. Tang ahora es la encarnación de una fantasía futurista: es una hacker de 35 años “en el poder” y es la primera ministra transgénero del mundo. Se conduce con gran parsimonia, se diría que oriental, dentro de su túnica negra de pequeños brillos dorados, y va abriendo ventanas en la pantalla con ayuda de su Mac. En cierto momento, se conecta en remoto a través de un casco de realidad virtual e interacciona con los participantes mediante este prototipo open source. Entre los miembros del taller de Audrey hay uno que da vueltas sonriente por la sala de Medialab en una silla de ruedas electrónica. Es Pablo Soto, algo así como el homólogo de Tang en España, alguien que pasó de la lucha en las plazas al trabajo en las instituciones, y a quien ni las secuelas de su atrofia muscular han podido hacer mella en su activismo: ha conseguido que España tenga la ley de transparencia más avanzada de Europa yque el destino de 60 millones del presupuesto municipal lo decida la ciudadanía con un clic. El informático y programador precoz, involucrado en las protestas ciudadanas del 15M en Madrid, es hoy concejal por Podemos y uno de los responsables de que Tang venga tan a menudo a España. “Lo que está haciendo Audrey en el ámbito gubernamental es inspirador –me dice cuando le pregunto por su amiga–, es quitar al Poder Legislativo el miedo a que la gente participe en la toma de decisiones y en la redacción directa de las leyes. Aquí lo hemos hecho de modo municipal, pero los municipios no escriben las leyes. Ella lo ha conseguido a escala nacional y eso tiene mucha fuerza”.

Es mi turno de probarme las gafas de realidad virtual. Las cojo y me las encajo, me pongo de pie, hago ligeros movimientos de cabeza, mis ojos se abren en ese entorno cósmico solo aparentemente real, mientras escucho a la ministra explicar con una sencillez pasmosa la manera en que a través de la tecnología podemos hacer una visita virtual al sistema solar para entender nuestra posición en el universo. Somos la pequeñez, un punto, la nada. Cuando se va a dormir, Tang suele ponerse las gafas Oculus Rift y, en lugar de contar ovejas, cuenta estrellas o mira la Tierra desde un satélite de Plutón, aunque esté en su cama. “Una vez que eso se convierte en mi realidad personal –suele decir–, las rencillas políticas tienen muy poco efecto en mi mente”. ¿Llegará el día en que estaremos tan metidos en nuestras gafas, en órbitas tan lejanas, que los problemas del mundo dejarán de existir? Tang asegura que ella viene del futuro. Es posible, Taiwán está varias horas por delante.

Hay un niño con un defecto en el corazón que le impide jugar con los demás, hacer deporte, incluso ponerse de mal humor. Ese niño, a los 6 años, lee literatura en varios idiomas; a los 8 sabe programar –sin una computadora– dibujando teclas y códigos en un papel. Y además no es un niño, es una niña a la que llaman niño. El pequeño AutrijusTang –que a lo mejor todavía vive dentro de la señorita Audrey como un avatar de videojuego perdido en la realidad– solo tenía una vida interior que diseñaba con los cálculos matemáticos y los libros. Su 180 de coeficiente intelectual la predestinó a una vida de genio autodidacta. Por eso, poco después de acabar laprimaria, abandonó la escuela. “La programación fue mi hábitat natural porque no podía hacer nada más. Ese era el mundo para mí”, recuerda. Un cerebro poderoso y un corazón débil. Heartbeat heartbeat. Los latidos no golpeaban en su cuerpo real tan fuerte como dentro de su cuerpo virtual, dentro de los MUD. Para cuando le hicieron la cirugía cardiaca y tuvo la oportunidad divertirse con los demás, programar ya se había vuelto para ella “una forma de pensar”.

Cuando tuvo su primera computadora, diseñó un programa educativo para su hermano pequeño. Internet era la oportunidad de completar su educación. El Gobierno de Taiwán había creado el Programa de Igualdad Digital para asegurarse de que todos pudieran conectarse en línea, lo que le permitió conocer el proyecto Gutenberg, un catálogo digital de libros sin derechos de autor. Audrey, entonces, se formó en línea y a los 15 años desarrolló un buscador de canciones en chino mandarín que vendió antes de ser mayor de edad. A los 16 ya tenía su propia empresa de servicio de programación y a los 19 trabajaba a tiempo completo desde Taipéi para Apple y Silicon Valley. A los 33 años, como toda una geek veterana, Tang se jubiló.

Puedes leer el artículo completo en la edición impresa de Poder. 


La revolución de Audrey Tang