La victoria de Donald Trump en Estados Unidos no es tan inesperada ni tan sorprendente como muchos quieren creer. O como las encuestadores o periodistas y analistas pronosticaban. Las razones por las que los estadounidenses lo eligieron como su nuevo presidente ya han sido explicadas por agudos observadores, como el cineasta Michael Moore. Son un síntoma de que algo ha cambio en los tejidos sociales.

Lo sociólogos llaman a este fenómeno que se ha hecho palpable este 2016 "voto disruptivo". Lo vimos primero con el Brexit, luego con el plebiscito en Colombia y ahora con Trump. Refleja el malestar generalizado de amplios sectores de una comunidad con el statu quo y el establishment, del que son parte políticos, instituciones, medios de comunicación.

"Será un Brexit multiplicado por tres", anticipaba Trump sobre su victoria. Y no se equivocó. La realidad tampoco se equivoca. 

¿Qué define a estos grupos de inconformes? Cliff Ypung, directivo de la consultora Ipsos, en una reciente entrevisto dio una aproximación.

"Solo los mueve una angustia absoluta y el rechazo al sistema, por lo que su comportamiento es difícil de predecir. Veremos muchas más elecciones de este tipo".

Es esa la razón por la que millones de estadounidenses votaron por Trump el último martes. En rigor no lo hicieron porque estén de acuerdo con él, ni porque sean machistas, racistas o misóginos como el magnate, sino por lo representa. Fue el anticandidato, el oustsider que supo canalizar ese malestar e inconformidad que sienten por distintas razones, incluido el orden económico mundial, que beneficia a unos pocos y margina a muchos. Ellos incluidos. No les importa lo políticamente correcto, la gobernabilidad ni el equilibrio global.

La victoria de Trump parece además marca una nueva era en el mundo: que el elemento disruptor ya no es entre derechas o izquierdas, sino entre nacionalismo y globalización, clase obrera y élite dominante, populismo contra políticos tradicionales.

La prensa también lo subestimó. Los grandes medios, como el New York Times o el Washington Post no pudieron evitar el triunfo del magnate, pese a que sacaron sus trapos sucios en campaña, en la mejor tradición del periodismo estadounidense. Nada funcionó. Quizá porque los periodistas no estamos acostumbrados a trabajar con lo irracional, porque vivimos en una burbuja acorazada por las redes sociales, porque nos guiamos de las encuestas o porque muchas no salimos de nuestra zona de confort y nos alejamos de lo que piensa y siente la gente de a pie. Es una lección que debemos aprender ya.