Detrás de toda política pública exitosa existe un arduo y, la mayoría de las veces, invisible trabajo. No se trata de la elaboración de un proyecto, sino de la acumulación de información que durante años múltiples instituciones se dedican a recoger y analizar para trazar las posibles rutas que debe tomar el país. 

“Una investigación es un trabajo a largo plazo que no se trata de un documento o un estudio, sino de un cuerpo de conocimiento que forma una o varias políticas”, explica Enrique Mendizabal, fundador de On Think Tanks y promotor del
Premio PODER
que se llevará a cabo este 19 de octubre. 

Con él conversamos sobre el panorama actual de los centros de investigación (también llamados think tanks) en el país y el potencial que representan para llevar a cabo políticas realistas y necesarias. 

Hace poco señalabas en un artículo que usualmente la investigación se considera como algo opuesto a la acción. ¿A qué crees que se debe?

Cuando hemos hecho estudios sobre el rol de la investigación en agencias de cooperación internacional esa es la percepción que se tiene. Se considera que el tiempo que se le dedica a estudiar un problema es tiempo que uno pierde de la acción. No es sorpresa entonces que los presupuestos para la investigaciones no sean de los más altos. Lo que sí ha habido en los últimos diez años -y más intensamente en los últimos cinco- es que se está hablando cada vez más de la necesidad del alto impacto. La cooperación internacional y los gobiernos bilaterales  enfrentan una crisis financiera internacional que los ha llevado a evaluaciones de impacto y a un lenguaje que busca políticas públicas que prometan que se va a tener un impacto rápido: número de niños nutridos, cobertura de un seguro, etc. Ese lenguaje en los últimos años se ha intensificado y esto no necesariamente va en contra, pero alimenta la idea de que la investigación es lo opuesto a la acción.

¿Cuáles consideras que son los ejemplos más importantes en el país sobre la importancia de una investigación previa a una política pública?

La ley universitaria, por ejemplo, tiene un proceso muy largo detrás. La Universidad del Pacífico, así como el IEP, Grade, y personas como Gustavo Yamada y Pablo Lavado hicieron unos estudios recientes en los que encontraron que la posibilidad de tener empleo o no estaba condicionada en gran medida a si uno se graduaba en una de las universidades que habían sido fundadas después de la liberación del sector universitario en la época de Fujimori. Estudios como este no son necesariamente la base completa de una política pública, pero informan y sostienen los argumentos que se han usado para convencer a la oposición de la idea. La ley universitaria no es la historia de uno o dos estudios, sino de un número mucho más complejo. Hay estudios que se han hecho sobre la calidad de las universidades, sobre el retorno de la inversión, que han formado la propuesta de regularizar y fiscalizar la gestión universitaria.
Otro ejemplo es todo el trabajo que se está haciendo en el Perú contra la inequidad. La misma fundación del MIDIS responde a años de estudios sobre inequidad. 

¿Existe un promedio de tiempo para que una investigación se convierta en una política pública?

Ese es uno de los principales problemas cuando hablamos de invertir en investigación, porque no podemos hablar de esto como si habláramos de la construcción de un colegio. Una investigación es un trabajo a largo plazo que no se trata de un documento o un estudio, sino de un cuerpo de conocimiento que forma una o varias políticas o programas. Si miramos el gabinete actual que tenemos, vemos el buen impacto que tienen las inversiones en investigación. Actualmente tenemos entre cuatro o cinco ministros que vienen directamente de un think tank y hay muchos más entre sus asesores y equipos de trabajo. Eso demuestra que lo más eficiente para tener políticas públicas de calidad es invertir en los centros de investigación que están formado a los futuros líderes o tomadores de decisiones del país.

En ese sentido ¿qué características particulares crees que le da a una persona con un cargo público el haber pasado por un think tank?

La función pública no es fácil. Una persona que ha pasado por una carrera en la que ha experimentado la investigación, tiene la capacidad de balancear un poco mejor la acción, la investigación y la reflexión. Seguramente va a ser más capaz que un operador político neto y podrá navegar en el espacio académico para hablar con expertos de distintas disciplinas, va a entender que uno no puede esperar las cosas para mañana, va a poder encontrar información útil y al mismo tiempo va a poder incorporar eso a la presión normal del trabajo funcionario público que no puede estar dudando todo el tiempo. Uno se da cuenta cuando escucha a ministros que tienen estas características: son capaces de desarrollar argumentos y no solo posiciones.

Los think tanks en algunos países tienen características muy fijas: en Chile la mayoría están vinculados a partidos políticos, en España la mayoría son independientes. ¿Cuáles consideras que son las principales características de estos centros en el Perú?

La definición de un centro de investigación de políticas públicas va a depender mucho del contexto. Los think tank se ubican en un espacio intermedio donde cohabitan con la academia, el sector público, los partidos políticos, los medios, la sociedad civil, el sector privado. En Gran Bretaña, donde el papel de todas las instituciones está muy bien definido, el think tank es más fácil de identificar. En un país como el Perú, donde los partidos políticos son débiles, donde el Estado está aún en desarrollo, donde los medios sufren para definirse, donde la sociedad civil aún busca un espacio, los think tanks asumen roles de estas otras instituciones. Por eso tenemos centros que son parte de una universidad y que son más académicos, ongs que son más independientes pero que hacen trabajo académico, otras que hacen trabajos de análisis y acción o comunicación masiva, otros que son observatorios, otros que son empresas y que se dedican a hacer consultorías de investigación. Es muy complejo definir el rol de un think tank peruano en una oración porque se va a parecer mucho a otras instituciones.

A raíz de las propuestas que han recibido en las distintas versiones del Premio Poder, ¿cómo ven que están evolucionando los proyectos que se presentan?

Estamos viendo un reconocimiento cada vez mayor de que un proyecto de investigación no es solamente un trabajo de investigación de campo para producir un reporte, sino que también implica un trabajo de largo de comunicación. Esa es una tendencia a nivel internacional. Otra cosa que vemos es un esfuerzo por conectar las agendas de investigación a la agenda de políticas públicas: ya no es la agenda imaginada por un investigador, sino una agenda cada vez más enfocada en las necesidades del país. En cada edición también aparecen organizaciones que no conocíamos y que por un lado vienen de la academia o de las ong y no se veían a sí mismas como think tanks.

¿Cuál dirías que es el gran pendiente de los think tanks en el Perú?

En ningún otro lugar en el mundo nos topamos con think tanks de gran nivel sin una comunidad de think tanks. Aquí la única manera de mantener unas cuantas a un buen nivel es con un montón de financiamiento de la cooperación internacional o de uno o dos filántropos. Ese modelo de financiamiento está en caída porque sale muy caro. Lo que se necesita es una comunidad de investigadores. Hay que fortalecer a la comunidad y especialmente a los centros que están fuera de Lima. Queda claro que hay una diferencia obscena entre la capacidad de investigación aplicada que hay en Lima y otras ciudades como Cajamarca, Cusco, Piura, Arequipa, que deberían de tener centros de nivel nacional.

Y otro pendiente es la necesidad de presentar argumentos convincentes para que se vea a los centros de investigación como una inversión atractiva.