Alemania. Corrían los años 30. El país, después de una brutal crisis, disparaba el gatillo de la economía, por medio del gasto público. La usurpación de empresas operadas por capitales judíos fue parte de esta estrategia. El nazismo llamó a esta rapiña “arianización” de la economía, proceso del que diversas empresas alemanas fueron cómplices.

Las Fábricas Bávaras de Motores, conocidas como BMW por sus siglas en alemán, participaron en el expolio. El patriarca del grupo muniqués, Günther Quandt, reclutó entre 1933 y 1945 a 50 mil esclavos para su conglomerado. La familia Quandt, una de las más ricas de Alemania, reconoció sus antiguas relaciones con el Tercer Reich. Fue la misma dinastía la que encargó una investigación histórica, en la cual fueron establecidos los vínculos con el régimen de Hitler.

En 1935, el modisto Hugo Ferdinand Boss se dio cuenta de que diseñar uniformes para la Reichswehr y la Schutzstaffel (o SS) era más rentable que vestir a civiles. Sin dudarlo, la casa de modas, fundada en 1924, se convirtió en “el sastre del Tercer Reich”, y –como BMW– incorporó mano de obra esclava. Setenta años después, la compañía, a través de un comunicado, pidió disculpas y señaló su pesar hacia aquellos que sufrieron daños por parte de la empresa. 

No obstante la tesis del colaboracionismo de Coco Chanel hacia los nazis en la Francia ocupada, sus biógrafos no han podido confirmar su papel como espía a favor del Tercer Reich. Ella fue una sobreviviente desde niña, y esto podría haber influido en las especulaciones. El bulo llegó a decir que Chanel participó en misiones de la Gestapo, la policía secreta alemana. 

Actualmente, icónicas firmas que establecieron lazos con el régimen de Hitler se reinventan a través del tiempo. El daño fue hecho. El perdón, obtenido. Y la sombra de una calavera en un quepí de la SS ya no decora un traje Hugo Boss.