En las últimas dos décadas, los festivales se han posicionado en todo el mundo como un modelo exitoso de actividad cultural. Tres razones lo explican. La primera está asociada a la expansión del consumo cultural producto del surgimiento de nuevas clases medias y su mayor disponibilidad de tiempo libre, el crecimiento de la renta per cápita, el aumento del turismo, la reducción de los costos de asistencia y el acceso a tecnologías digitales, entre otros. En el caso del Perú, habría que agregar otro motivo: el fin del conflicto armado interno.

La segunda razón no está en la demanda sino en la oferta. La gestión de festivales resulta más barata que la administración de teatros, cines o museos. Para organizarlos, no es necesario invertir en costos anuales de mantenimiento (luz, agua, limpieza) ni contratar personal permanente. Además, al desarrollarse como eventos únicos durante periodos acotados de tiempo tienen mayor capacidad de atraer patrocinios y apoyos, poder diferenciarse del resto de eventos de la agenda cultural, motivar la participación no solo de públicos fieles sino también nuevos, y ser organizados por una amplia diversidad de agentes, incluso por asociaciones civiles o personas que se dedican a otras actividades el resto del año, tal como suele suceder en Lima. 


Por último, la tercera razón del éxito mundial de los festivales es su inserción en las políticas culturales y de desarrollo urbano de las ciudades contemporáneas. Muchos Gobiernos nacionales y locales vienen invirtiendo recursos públicos en ellos con el fin de diversificar la economía y la oferta cultural, incrementar la visita de turistas, generar fuentes de identidad y proyectar una imagen atractiva de los lugares donde son celebrados. Eso no sucede en nuestro país pero sí en Francia o Argentina, con festivales como el de Avignon o el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), respectivamente.

Lima era un festival

Los resultados de la investigación de Raúl Lescano, publicada en la revista PODER, forman parte entonces de un proceso global, denominado por algunos como la “festivalización” de las ciudades. En el caso de Lima, la importante cantidad de eventos contabilizados (140) podría ser mayor si se tomara en cuenta el universo de expresiones culturales que no es registrado en las páginas de El Comercio o que posee una naturaleza ritual (religiosa o pagana) pero formato de festival, como las fiestas patronales. En nuestro contexto, no debe dejar de tomarse en cuenta que la tradición y la sociabilidad comunitaria alimentan la festivalización urbana. 

A pesar de que esos números podrían crecer, igual las cifras obtenidas pierden brillo al compararlas con las existentes en otros países de la región. En Colombia, solo los festivales de música y de danza apoyados en el 2015 por el Ministerio de Cultura alcanzaron juntos la cifra de 319. Muchos de ellos, además, se sostienen a través del mercado, aunque reciban apoyo público. Ese es el caso del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá: el 50% de sus ingresos provienen de la taquilla. En Lima, en cambio, únicamente el 37% de los festivales tienen más de seis ediciones, y en su gran mayoría dependen del financiamiento de centros culturales de la cooperación internacional o de institutos de idiomas. El mercado de este tipo de cultura tiene alcances limitados, circunscritos a la llamada “Lima moderna”, aquella que votó mayoritariamente por PPK en la primera vuelta. 

Según la Encuesta Lima Cómo Vamos del 2014, los habitantes que pertenecen a los sectores socioeconómicos A/B, mayormente residentes en esa zona de la ciudad, realizan más actividades culturales que aquellas que pertenecen al D/E en las siguientes proporciones: ir al cine (64,9% vs. 40,8%), visitar ferias del libro (32,0% vs. 8,9%), asistir a muestras o a encuentros gastronómicos (35,0% vs. 12,3%), acudir a conferencias o seminarios (35,1% vs. 13,9%) e ir al teatro (26,3% vs. 6,6%). El acceso a un amplio espectro de las artes y la cultura sigue siendo desigual. 

Aparte de continuar con las políticas de puesta en valor del patrimonio y fortalecer la institucionalidad indígena, uno de los grandes retos del gobierno de PPK en el campo cultural es desarrollar políticas profesionales de alcance nacional para las artes. Este es un pendiente histórico que explica la persistencia de desigualdades y el lugar periférico que ocupa el Perú en la producción artística de la región. El esfuerzo privado detrás de la gestión de los festivales requiere ser apoyada desde el Estado para mejorar la calidad de vida del ciudadano. Como lo demuestra la experiencia colombiana, los beneficios no solo tendrían alcances sociales y culturales, sino también económicos. 

(Publicado originalmente en la edición impresa del mes de junio, 2016)
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