Mario Vargas Llosa resumió así –en su artículo Albert Camus y la moral de los límites- la tesis central del ensayo El hombre rebelde: “Toda la tragedia política de la humanidad comenzó el día en que se admitió que era lícito matar en nombre de una idea”. Aunque este pensamiento pareciera ser, en el siglo XXI, una verdad inobjetable, no es así. A menudo tarda mucho en entenderse. En el caso de Colombia, ese proceso duró poco más de cincuenta años. A finales de julio pasado, el gobierno colombiano firmó con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) un acuerdo histórico para el cese al fuego y la dejación de armas. 

A propósito de ello, PODER entrevistó a cuatro escritores colombianos: Piedad Bonnett, poeta y narradora que decidió escribir sobre el suicidio de su hijo en Lo que no tiene nombre; Juan Gabriel Vásquez, novelista que ha ficcionalizado la historia de su país en sus últimos libros como La forma de las ruinas; Alberto Salcedo Ramos, uno de los mayores del exponentes del periodismo narrativo y que se ha acercado al conflicto interno de su país con textos como el dedicado a los procesos de reinserción que llevan a cabo los exsecuestrados; y William Ospina que decidió hurgar en la conquista española de Colombia para construir una trilogía novelística (siendo la última entrega La serpiente sin ojos) que nos permite entender una dolorosa contemporaneidad.  

Durante poco más de cinco décadas, los colombianos solo conocieron la paz por el diccionario. Pronunciar esa palabra podría concebirse como un acto inútil. Padres, hijos, nietos vivieron un constante estado de miedo atizado por las noticias sobre desapariciones, secuestros, atentados y asesinatos, en las cuales los protagonistas eran el Ejército, los paramilitares y las guerrillas. “La guerra es una enfermedad crónica para un país. Digamos que un país no muere de ella pero está enfermo durante un tiempo. Sucede que te acostumbras a la enfermedad”, dice Vásquez que llegó  a nuestro país (al igual que nuestros otros tres entrevistados) como parte de la delegación colombiana que fue protagonista de la última Feria Internacional del Libro del Lima. 

(De izquierda a derecha: Piedad Bonett, William Ospina, Alberto Salcedo Ramos y Juan Gabriel Vásquez / Fotos: Raúl García)

Esa enfermedad ha logrado lo que para muchos resulta inconcebible: que un sector de la sociedad civil y de la política colombiana se opongan al proceso de paz colombiano que fue posible gracias a largas y tensas conversaciones entre representantes del gobierno de Juan Manuel Santos y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC). Uno de sus puntos más esperanzadores fue la firma -en La Habana- del acuerdo del cese al fuego y dejación de armas. 

“Los expresidentes Andrés Pastrana y Álvaro Uribe se han convertido en un palo en la rueda de la paz. Curiosamente los dos, en sus momentos, buscaron el diálogo con las FARC. Ahora ambos boicotean el proceso porque ven que el país está logrando lo que ellos quisieron y no pudieron. En Colombia es más fácil desmovilizar a los grupos armados que a los políticos mezquinos”, sostiene el periodista Alberto Salcedo Ramos. Piedad Bonnet complementa: “El proceso de reconciliación será muy difícil porque, muy probablemente, habrá una ultraderecha intolerante y violenta. El odio toma mucho tiempo para erradicarse”. 

Si bien es cierto que la guerra tiene una cara política (y hasta económica), existe un lado que muchos olvidan, por dejadez o a propósito: un conflicto interno es un enfrentamiento fratricida. Si bien es cierto que la gravedad de las acciones bélicas se sintieron, sobre todo, en las regiones más pobres, es casi imposible encontrar a un colombiano que no tenga un familiar, amigo, pariente lejano o simple conocido que no haya sido afectado directa o indirectamente por la violencia política.

La reconciliación pasa, justamente, por entender que no existe una versión única de la guerra. “Este medio siglo es uno si lo cuenta el Gobierno, otro si lo hace la guerrilla, y otro si lo lleva a cabo la sociedad civil. No es igual la perspectiva de la víctima de una masacre paramilitar que de la de un atentado terrorista”, explica Vásquez. Y ese tránsito, donde se combina el odio, el dolor y el rencor, el lenguaje puede constituirse en una herramienta para generar un estado de mayor empatía y de sanación entre los ciudadanos. “Hay muchos relatos, muchas narraciones y muchos testimonios. Lo más importante será que todos tratemos de convertir en algo asimilable y en memoria lo que ha sido solamente tragedia, dolor y asombro”, dice William Ospina. En esa tarea el periodismo tiene una labor importante. Salcedo Ramos lo sabe: “El periodismo tiene un compromiso con la verdad, aunque esto suene a Manual de Perogrullo. Queremos la paz pero eso no nos puede impedir criticar lo que haya que criticar”. 

El relato de las naciones, sin embargo, no se encuentra solamente en los mejores diarios y revistas, la literatura, a través de la ficción, es un espacio fructífero para revisar, a partir de historias personales, la biografía de un país. Vásquez es consciente de ello y en sus últimas novelas, ese pensamiento ha sido el motor. “Quizás a la ficción le tome un poco más de tiempo. Siempre la ficción ha necesitado cierta perspectiva para empezar a contar sus mundos”, reflexiona. El escritor, no olvida tampoco una de las ventajas que tiene la literatura frente al periodismo, cuyo límite de información puede ser limitado por las fuentes que consulta. “La literatura por excelencia, es ese lugar donde no hay cortapisas. Ese lugar donde hay absoluta libertad, donde se puede contar todo y donde no debería haber ningún tipo de prevenciones ni de fisuras. Es probablemente el único terreno en el que podemos reflexionar sobre ciertas cosas”.

No hay duda de que el lenguaje será clave para la reconciliación colombiana. Una herramienta que nos enseña a ponernos en el lugar del otro y con ello tener la capacidad, aunque mínima, de familiarizarnos con la tragedia del otro. “Hay otras manera de reconciliarse que tienen que ver con los gestos: un apretón de manos, una lágrima o un abrazo. Sin embargo es la palabra que sella, verdaderamente, esos pactos”, finaliza Bonnett. “Cuando dices perdón, cuando confiesas la culpa. Cuando la gente intenta conciliar a través de la palabra estamos demostrando que somos seres humanos en el sentido más cabal de la palabra”.