Foto: Andina.
En su primer mensaje a la nación, el presidente Kuczynski nos ha prometido una revolución social, aplaudida por unanimidad mientras se espera que, en su presentación ante el Congreso, el primer ministro Fernando Zavala dé los detalles de cómo se logrará. Esta promesa representa en sí misma un enorme reto para un país con las complejidades del Perú y para un Estado que nunca se adecuó a esa realidad.

Ahora bien, no es la única promesa que han repetido en reiteradas oportunidades PPK y Zavala. También nos han planteado la idea de que en los próximos cinco años el Perú avanzará hacia la modernidad, un concepto que involucra otros tantos, como cumplir efectivamente con que el Estado le asegure a todos los peruanos el acceso a servicios públicos mínimos (agua y saneamiento, salud, educación y seguridad ciudadana), el respeto a derechos humanos fundamentales, un activo proceso de construcción de ciudadanía, entre otros.

Queremos referirnos a un aspecto que consideramos de particular relevancia para avanzar hacia esa modernidad anhelada. El de la generación de oportunidades económicas, que pasa inevitablemente por el desarrollo productivo de todas las regiones del Perú. Hasta el momento, este concepto ha aparecido más ligado a los programas sociales y la necesidad de darles herramientas a los pobres para que puedan generar sus propios recursos. O también a las alianzas con los gobiernos regionales para concretar las obras que más necesitan. Mas no a una idea de cómo hacemos para poner en valor el enorme potencial que tiene cada región del país.

Hay dos hechos que convierten a esta variable en una prioritaria hoy en día. La necesidad de tener nuevos sectores dinámicos que compensen a la minería, pero también a que está íntimamente ligado con el propósito de otras reformas. Planteémoslo con un ejemplo. ¿Qué sentido tendrá una reforma educativa para un joven que luego no encontrará oportunidades de trabajo en su región y tendrá que irse con sus capacidades hacia otra que las pueda absorber? Tal vez tenga sentido para él, y eso suma, pero no necesariamente para lo que deberíamos aspirar del país en su conjunto. Llevémoslo más allá. ¿Qué sentido tendrán las políticas de seguridad ciudadana si la falta de oportunidades empujará inevitablemente a los jóvenes hacia las actividades ilícitas? ¿Terminaremos encontrando en el castigo una “solución” para aquello que el propio Estado ignoró?

Puede ser pronto para llamar la atención sobre esta variable. Pero es necesario hacerlo porque, en búsqueda de la eficiencia sectorial, es posible perder de vista el conjunto. Que el MEF esté más obsesionado en reducir en un punto porcentual el IGV que en tener un plan de desarrollo productivo para el país, debería ser una señal de alerta para el propio gobierno. A la revolución social que anhela PPK, habría que incorporarle una revolución productiva. Esa es la variable que podría ayudar a redondear su plan.