Foto: Andina.
En términos del debate público, durante el último quinquenio se comenzó a revertir algunos mitos que llegaron a convertirse en taras para nuestro desarrollo. El liderazgo que en la confrontación de ideas asumieron tecnócratas de derecha o de centro izquierda aceptados por el ‘establishment’ ha sido vital para ello. A pocos días del cambio de gobierno, resulta necesario recordarlos.

El primero, y tal vez el más absurdo, es el que pretendió crear una oposición entre crecimiento e inclusión social. Quienes lideraron esta “corriente” hasta intentaron darle un marco conceptual. Ni cuando el FMI presentó el estudio internacional que concluía que menor desigualdad conlleva mayor crecimiento cedieron. Es cierto que el crecimiento económico es vital para crear empleo, generar riqueza y reducir pobreza. Es la variable imprescindible. Lo que es absurdo es creer que es lo único importante, sobre todo en un país como el Perú. Sin políticas sociales fortalecidas hubiese sido difícil, sino imposible, continuar disminuyendo pobreza y particularmente la pobreza extrema. Haber creado esa oposición en un país dependiente de sus materias primas y, por ende, del contexto internacional, resultaba aun más absurdo. Lo cual nos lleva al segundo mito.

Ya ni los organismos multilaterales dudaban de su necesidad, pero en el Perú, los mismos creadores del mito crecimiento vs. inclusión nos alarmaron frente a la idea de impulsar la diversificación productiva. Es cierto, en este tema tenían argumentos válidos para alertarnos sobre los potenciales riesgos (exceso de intervención estatal y las distorsiones y los costos que ello podía generar). Hoy el mito parece haberse desvanecido. Haberse enfocado en medidas que mejoren la productividad de algunos sectores y no en aquellas que compensen (subsidien) la falta de ella ha permitido que sea así. Ahora bien, el proceso apenas ha comenzado. El Estado tendrá que mantener una actitud proactiva para aprovechar el enorme potencial que tenemos en nuestra biodiversidad y generar actividades con mayor valor agregado a partir de ella. Para lo cual primero tendríamos que tomar conciencia del valor que tenemos ahí. Una lección del proceso ha sido que el Perú tiene ventajas competitivas tan altas en diferentes áreas que probablemente aquello que nos generaba temor (subsidios, exoneraciones, etc.) no sea ni necesario para lograr diversificarnos.

El tercero es el de más larga duración y el que mayores efectos negativos ha tenido sobre la posibilidad de construir un país con menor inequidad. Aquella consigna de que solo lo “privado” salvaría al Perú –de todos sus males– llevó a los sucesivos gobiernos a la parálisis en campos que por naturaleza le correspondía asumir al Estado. La situación de la educación y de las empresas de saneamiento de provincias son solo un ejemplo de las consecuencias que ha tenido la primacía de esa ideología. La recuperación de la relevancia de lo público en la educación ha sido un avance importante.

Esperemos que en el Gabinete que asume funciones el jueves prime la racionalidad sobre cualquier dogma. Buena suerte.