Foto: Efe.
El pronunciamiento que han hecho 109 científicos ganadores del Premio Nobel en diversas especialidades sobre los transgénicos, ha significado un espaldarazo para la promoción de estos productos, que están en etapa de moratoria en nuestro país hasta el 2020. Se ha resaltado el hecho de que en la carta dirigida a Greenpeace, Naciones Unidas y jefes de Estado del mundo, se acusa al grupo ecologista de oponerse al cultivo de plantas transgénicas por razones de “dogma y emociones”, así como de ignorar miles de estudios científicos que muestran que son seguros para la salud y el ambiente.

En los últimos años, en dos investigaciones periodísticas realizadas primero por Ricardo Uceda y luego por Moisés Navarro para la revista PODER expusimos las conclusiones de las más recientes investigaciones científicas sobre el impacto de los transgénicos y cómo, efectivamente, paulatinamente se han ido derrumbando algunos mitos que existían sobre ellos respecto a su impacto en la salud. Pero en esos mismos artículos también hemos desarrollado tres aspectos relevantes sobre los que el día de ayer el doctor Elmer Huerta ha llamado la atención a partir de un reciente reporte de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Huerta nos revela que este informe dice lo siguiente: (i) que el uso de transgénicos no aumentó el rendimiento por hectárea de soya o maíz en Estados Unidos; (ii) que si bien existe cierto beneficio para los agricultores que los usan, este solo es pasajero, depende del tamaño de los campos de cultivo y que los pequeños agricultores, sin acceso a crédito y que tienen que pagar por las semillas transgénicas por adelantado, pueden ser los más perjudicados; y (iii) que debido a que los productos orgánicos y no transgénicos son cada día más valiosos, cada país debe decidir qué le conviene más en base a sus oportunidades.

La pregunta se cae de madura. Si asumimos que efectivamente los transgénicos no tienen ningún impacto en la salud (aunque la Academia de Ciencias reconoce que es más fácil estudiar los efectos agudos o inmediatos de cualquier alimento que los crónicos de largo plazo), pero también que el Perú es un país de pequeños agricultores, muchos de ellos pobres, y que nuestra principal oportunidad de mercado radica en nuestra biodiversidad, ¿debemos o no abrirnos a la posibilidad del ingreso y cultivo de productos transgénicos? ¿Hay acaso una única respuesta cierta?

No. Y en cualquier caso, esta no es sencilla. Más allá de clichés, para nuestro país implica tomar conciencia de lo que representa realmente ser uno de los países más diversos del planeta; tener una visión de hacia dónde queremos ir y cómo queremos posicionarnos en el mundo; y priorizar nuestras oportunidades y crear el marco institucional necesario para conseguirlo. Para ello, efectivamente, tenemos que desprendernos de dogmas y emociones.

*Texto publicado en el diario El Comercio.