Ilustración: PODER.
Por Carlos León Moya

Llegué al aeropuerto by night, de incógnito. Tenía puestos mis Ray-Ban y un gorrito regio que me regaló Gadafi antes de que lo empalen, oh poor boy. ¿Triste por la derrota? Ha ha, honey. Estaba aliviado, of course. ¿Te imaginas lo que hubiese sido para mí quedarme en el Perú, caminar por esos arenales junto a Keiko para regalar sus tupperware, mirar por cinco años ese gran desfile de gente fea, aguantar la bruma de mierda todas las mañanas? Dios me libre, darling, Dios me libre. Acá en Manhattan todo es distinto, really. La gente me conoce, me saludan en las calles, miro el Gramercy por las mañanas y no ese inmenso montón de arena tapado por las nubes llamado Morro Solar. Fíjate, anteayer salí a correr con Marito, mi perro, un chihuahua regio, y me paró por la calle Lorin Stein. Qué te crees: Lorin Stein. Me dijo “Excuse me, sir” y yo “Lorin, pillín, how are you? How about Paris Review?”, todo en rima porque tengo mi lado poeta, no te equivoques, pero Lorin ni me saludó y solo me dijo que Marito había cagado en el parque y yo debía recoger su deposición en una bolsa, “please, don’t wanna be rude”. En fin, estas cosas no pasan en el Perú. Allí hubiese tenido que hablar con el hijo de Zileri, que ladra igual que mi Marito y que para fin de año va a quebrar Caretas.

Te decía, yo estaba yéndome del Perú más rápido que volando, going with the flow. Keiko acababa de perder y todo era un drama horrible, darling, la gente llorando, golpeándose la cabeza, pero es que toda esa gente es un espanto. ¿Gente mala? Don’t make me laugh. Yo he trabajado con Gadafi, con Mubarak, yo sé lo que es gente mala. ¿Tú crees que Muammar hubiese hecho una idiotez como la de Chlimper, crees que él se hubiese dejado chapar por la DEA como el baboso de Ramírez? Ugh, amateurs, honey: a-ma-teurs. Si a Gadafi lo agarraba la DEA les volaba un avión, period. Pero en lugar de eso el pobretón de Chlimper se puso a editar el audio en su iPhone, fíjate tú, fíjate. Hasta para ser malos nos falta, darling.

Esa última semana electoral fue terrible, honey: ups and downs, ups and downs. El martes era una locura, todos extasiados, yo estaba armándole unos planes de formalización a Keiko, los mismos PPT que le vendí a Mubarak pero traducidos al español. Keiko estaba encantada, linda ella, ojitos alegres, chancona, se esfuerza, lee todo y lo repite con fe. Pero el miércoles nos llegó un tracking que decía “empate técnico” y everything got darker and darker. El jueves salió GFK y yo estaba horrorizado, hice mi grito Munch, así: me agarro los cachetes con las manos y me pongo de ladito. Fue entonces que empezaron los insultos: Keiko le lanzó una jarra de agua al baboso de Chlimper, es tu culpa, mierda, es tu culpa. Todo en adelante fue pura lágrima, darling. No estaban preparados los chicos, they were so optimistic. Yo tenía mi pasaje de vuelta comprado desde el inicio, honey, ya sabía que llegaba yo y perdíamos, siempre me pasa, pero Keiko tenía hasta una cena reservada para el lunes. En serio. Había invitado a todo su séquito de periodistas, una gente de mal vivir que se la pasa escribiendo en portales de internet, very disgusting. Estaba este sujeto Manotas, ay, un horror, cada que veía a Keiko se tiraba al piso y le decía “páseme encima, señora, páseme encima”. También estaba el Canchaya, ay, ese hombre, si tuviese otro apellido hubiese sido Sodálite. Y estaba este otro, un flaquito de Lince que se cree príncipe de Alsacia, ¡ay!, el Vásquez Kunze, un horror ese muchacho. Le dijo a Keiko que Lourdes nunca fue nada en su vida y que ese lunes dejaría la vida en su fiesta con un número especial: bailaría toada en recuerdo del gobierno de su padre. Necio el chico, necio, no creía en las encuestas: yo me he preparado seis semanas para bailar toada, nos decía, y así perdamos igual voy a bailar.

El domingo 4 de junio fue un espanto. En la mañana me encontré con Kenji, divino el Kenji, no es medio bruto sino bruto y medio pero es divino, gracioso, buena dentadura. Estaba feliz, no te imaginas. “¿Por qué te alegras, cojudo?”, le dije. “Porque mi hermana va a perder”, respondió. Sincero el Kenji, buena dentadura. En verdad yo pasé toda la mañana armando mi maleta y escondiendo un par de turrones entre mi ropa, no vayan a revisar mis cosas y darse cuenta de que soy peruano, y llegué al Meliá recién a las tres y media de la tarde, justo cuando llegaba el boca de urna: todo era moco, puro moco. Keiko botó a Chlimper del hotel, le dijo que si lo veía le iba a sacar los motherfucking guts. A las cuatro se nos vino el huayco, Keiko se quería matar, se subió a una maceta para tirarse y tuvimos que cogerla entre cuatro. Spadaro la convencía, jefa, jefa, le decía, espere el voto rural, pero Keiko le gritó “qué voto rural, mierda, ya me hicieron Lourdes Flores”. Allí mismo canceló Keiko la cena del día siguiente: díganles a todos que no hay celebración. Vásquez Kunze se quería matar, se quedó mudo mudo mudo como un Marcel Marceau de Santa Beatriz. Todo era un lagrimón. Yo tenía mi pasaje de regreso listo, pero Keiko me pidió quedarme: “Hernando, please, stay with me”. Pero no, darling, qué iba a quedarme yo en el Perú, that accident in my life.

Así que la noche siguiente llegué al aeropuerto de incógnito con mis Ray-Ban y mi gorrito regio, fui al counter a hacer mi cola y no sabes a quién tenía detrás.

–¡Alfredo Barnechea, por Dios! ¿Qué haces aquí? Y con ese polo de Solgas.
–Baja la voz, Hernando.
–Oh, I’m so sorry. I know I made you lost the first round.
–Ya sé, mierda. Cállate.
–¿Y a dónde vas ahora, Alfred? ¿Nueva York también?
–Hernando: voltea o te meto un puñete. No te quiero volver a ver.
–Alfred, voltea tú.
–Hernando, te voy a reven…
–Alfredo, carajo, voltea: atrás tuyo está Peter Paul.
–¿Quién?
–Peter Paul Kuczynski.
Lo reconocí por las arrugas y la barriguita. Alto, panzón, con sus dientes de caballo y el carisma de una lata de leche Gloria, Peter Paul estaba en la misma cola que nosotros: primero yo, luego mi Alfred y tercero él, disfrazado de peruano. Tenía un poncho que le tapaba la boca y un chullo que le cubría las cejas. Pero era Peter Paul, el C-3PO tecnocrático, qué me iba a engañar. Caminé hacia él, muévete Alfredo, y lo miré fijamente a los ojos.
–Peter Paul, come on, ¿qué intentas hacer?
–…
–Peter Paul, sé que eres tú.
–…
Tuve que saltar para arrancarle el poncho de la boca.
–Kuczynski, carajo, ¿qué haces huyendo?
–Baja la voz, Hernando. Me estoy yendo unos días a Estados Unidos.
–Come on, Peter! ¡Acabas de ganar! No puedes abandonar el barco.
–Yo no quería ganar, Hernando…
–¿Entonces?
–Entonces Keiko me atacó y me dañó el orgullo. Me dijo de todo en Piura, de todo: derechista, vendepatria, casi me dijo que yo era un viejo orinapañales. Y yo no le iba a permitir a esa mocosa tratarme así.
–I’m sorry, Peter Paul. Los consejos de Spadaro…
–Entonces, Hernando, me puse furioso y estuve dos semanas diciéndole lo que es: una ladrona sin experiencia. Tú sabes cómo me pongo cuando estoy furioso, me desconozco.
–I know, Peter Paul, I know. También le dijiste flojo e ignorante a Barnechea, my darling.
–Y ahora, Hernando, he ganado, pero yo no quería ser presidente. Tengo a todo el Congreso en contra. He ganado con el apoyo de los comunistas. He tenido que renunciar a mi nacionalidad. No sé a qué me he metido, Hernando. Me quiero ir a Boston ocho días a pensar.
–Ay Peter Paul, te entiendo. El Perú no está hecho para nosotros. Pero no te puedes escapar así por así, darling: power vacuum, Peter, power vacuum. Tienes que dirigir al Perú y tomar tu pastilla para las anginas todas las mañanas.
–Llevó bailando cinco meses, Hernando. Me duele la cadera, no sabes cuánto. Y cada vez hablo más lento, ca-si-que-se-pa-ro-las-sí-la-bas-al-di-ri-gir-me-al-pú-bli-co.
–I know, I know, pero como dicen los peruanos, Peter Paul: déjate de huevadas. Regresa. Ármate un estrado. Párate ahí. Di algo. Tienes a Vizcarra hablando todo el día.
–Es-que-me-que-do-sin-a-lien-to.
–Mira a nuestro costado, Peter Paul, mira al hombre que nos da la espalda: Alfredo Barnechea. ¿Tú quieres ser como él, really? ¿Así, displicente, frío, sin alma? You are more than that, Peter Paul. You are our Obi-Wan Kenobi, the first technocrat in this country. Come on, darling, regresa. Quítate ese poncho y ve a la PPKasa. 
–Cre-o-que-tie-nes-ra-zón, Her-nan-do.
–Always, Peter Paul, always. Me quedaría contigo pero tengo que cuidar a Marito, mi chihuahua.
Y se fue Peter Paul. Caminaba lento, robótico, tambaleante, pero con la frente en alto, como un héroe que gana la batalla con una herida mortal en el pecho.
–¡Peter, please, no te olvides de tus pastillas para las anginas! –casi me olvido.
Ay, el Peter. Un héroe involuntario.