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Por Josefina Suárez

El recuento de votos oficial el pasado domingo 26-J en la noche dejó a todo el mundo atónito. Los resultados que iban apareciendo en pantalla no eran los previstos en las encuestas de intención de voto de las anteriores semanas ni tampoco los que reflejaron las encuestas a pie de urna del mismo domingo.  Tal y como se esperaba, repitiendo el resultado de las elecciones de diciembre, el PP fue el partido más votado y ninguna formación obtuvo el apoyo suficiente para formar gobierno. Pero lo inesperado fue la magnitud de la victoria del PP, que ganó 700.000 votos y 14 diputados con respecto a diciembre y, sobre todo, el descalabro de Ciudadanos y de la propuesta conjunta de Podemos e Izquierda Unida (Unidos Podemos). Estos últimos no sólo no lograron el "sorpasso" del PSOE y la ansiada coronación como primera fuerza de la izquierda española, sino que perdió más de un millón de votos con respecto a las elecciones del 20-D y apenas logró mantener sus 71 diputados. 

Con la información disponible hasta ahora es difícil entender exactamente qué fue lo que sucedió y por qué fallaron tanto las encuestas. Pero algunas de las explicaciones detrás de la subida del PP incluyen una muy efectiva campaña del miedo, que logró la movilización en tropel de votantes asustados por el fantasma del populismo podemita; la decepción de un número importante de votantes de Ciudadanos (C´s) por la falta de acuerdos tras el 20-D y por el pacto de Albert Rivera con el PSOE, quienes prefirieron perdonar la corrupción (que "total, se encuentra en todos lados") y dar su voto útil a un programa de derechas sin sorpresas como el del PP; y por último, la virgen. Porque a Rajoy se le apareció la virgen con el resultado del referéndum del Brexit a cuatro días de las elecciones. El terremoto resultante opacó el escándalo de la  grabación del Ministro del Interior conspirando con el poder judicial para desprestigiar a líderes catalanes antes de la consulta catalana del 9-N y probablemente también influyó en algunos votantes (de izquierda y derecha) que podrían haber optado por lo malo conocido ante un escenario de incertidumbre y crisis europea.  

Del lado de la izquierda, queda la duda de dónde se fueron el millón doscientos mil votos que perdió Unidos Podemos desde diciembre en las principales ciudades del país. Análisis preliminares indican que hay dos culpables principales: la abstención y, en menor medida, la huida  de votos a partidos nacionalistas catalanes, vasco, el PSOE y otros como el Partido Animalista. Las causas de la falta de movilización y pérdida de votos pueden estar relacionados con un desencanto de los votantes ante la esquizofrenia (para algunos, hipocresía) de Podemos de aliarse con Izquierda Unida y además presentarse en campaña como una opción social-demócrata y centrista. También puede estar relacionado con una penalización por la falta de capacidad mostrada por Podemos para pactar tras el 20-D y un desgaste  de popularidad de Pablo Iglesias vinculada a una inevitable sobre-exposición en medios. En definitiva, se abre un periodo de reflexión para Podemos donde toca hacer auto-crítica pero sobre todo toca parar después de dos años y medios de maratón y analizar cuál es el espacio que les corresponde en el abanico de opciones políticas en España y cómo quieren jugar el rol de oposición al gobierno. 

Pedro Sánchez, mientras tanto, a pesar de haber perdido 100.000 votos y 5 escaños, declaró el resultado electoral como un éxito para el PSOE. Han logrado retener la hegemonía de la izquierda, han frenado la amenaza de Podemos y se han convertido en la pieza clave para la formación del gobierno. Sin embargo, los socialistas se enfrentan ahora a una decisión que puede ser determinante para su futuro político ya que deberán decidir si prestan su apoyo (de manera directa o indirecta) o no a un gobierno de Mariano Rajoy. Durante la  campaña, Pedro Sánchez afirmó que el PSOE dejaría que gobierne la lista más votada así que, de mantenerse esta línea, la clave estará en las cesiones que logren extraer los socialistas al PP a cambio de su apoyo. La cesión mayor, la potencial renuncia de Rajoy a encabezar el nuevo gobierno, en estos momentos parece muy difícil dado lo reforzado que ha salido el liderazgo del presidente en funciones tras las elecciones. Si el PP no consigue el apoyo o la abstención del PSOE podría intentar en segunda instancia un acuerdo con C's, el Partido Nacionalista Vasco y los diputados canarios, lo cual liberaría al PSOE de su harakiri. En todo caso, unas terceras elecciones están fuera de discusión, así que de fracasar esta segunda opción,  el PSOE se volverá a ver presionado a mover ficha.

En conclusión, aunque en el Congreso parece confirmado que el bipartidismo ha sido superado nos enfrentamos de nuevo a unas semanas de incertidumbre para la formación de un ejecutivo en el cual se sentarán a negociar los de siempre.