Foto: Difusión.
Por Armando Neira
Periodista colombiano

Una y otra vez, el resultado de las encuestas y sondeos en los últimos 15 años ha sido el mismo: el expresidente Álvaro Uribe Vélez es el político más querido por las mayorías en Colombia. Desde la trinchera de su celular, dispara a cada instante contra el actual presidente y su más odiado adversario, Juan Manuel Santos. 

Si bien en su mandato Uribe nombró a Santos como su ministro de Defensa, lo señaló como su sucesor y le dijo al país que votaran por él, lo hizo con el convencimiento de que acabaría militarmente y para siempre con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más vieja del mundo occidental.

Durante su mandato, Uribe había sido implacable con las FARC. “Fue usted un formidable adversario que nunca nos dio cuartel, pero como ve, seguimos aquí”, le escribió a Uribe hace unos días Rodrigo Londoño Echeverri, alias “Timochenko”, el número uno de las FARC. En la misma misiva lo invitaba a terminar con su enfrentamiento para que se sume a la paz. “Deje atrás el orgullo. Venga esa mano. Resuélvase”, le argumentó el insurgente.

Pero Uribe, ahora senador, dijo que no. Para él no hay treguas. Durante los dos periodos en los que fue presidente –ocho años continuos– no hubo un solo día en la Casa de Nariño en que no estuviera despierto a las cuatro de la mañana llamando a sus generales, coroneles e incluso a soldados anónimos para preguntarles cómo iba “la persecución contra esos bandidos”. De hecho, Uribe en sus tiempos de candidato prometió que en seis meses los borraría de la faz de la tierra, una promesa que los electores recogieron convencidos. 

Y aunque es innegable que las debilitó, no las venció definitivamente. Entre otras razones porque, del total de su territorio, Colombia tiene cerca de 350.000 kilómetros cuadrados de selva inhóspita y un complejo nudo montañoso, donde la guerrilla se mueve como pez en el agua. “Es como encontrar una aguja en un pajar”, dijo un general de la República cuando le preguntaron por qué fue tan difícil hallar a Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”, el fundador de las FARC que se murió de viejo entre la exuberante vegetación sin jamás haber recibido siquiera un rasguño.

LLEGÓ "EL CASTROCHAVISTA"
Cuando Santos tomó el poder, reconoció ante sus más íntimos que la confrontación se había estancado y que era hora de buscar una salida negociada. Esto, para Uribe, no fue una acción de pragmatismo, sino un vulgar acto de traición. Desde entonces se dedicó a denigrar a Santos con la reiterada acusación de que este le estaba regalando el país a las FARC para, entre otras cosas, sumarse al eje “castrochavista”. 

En reuniones privadas, Santos, miembro de una de las familias más poderosas del país y posiblemente el más fiel representante de las élites, se ríe de la acusación. Pero entre la población esta tesis sí caló, al extremo de que hay encuestas que lo convierten en uno de los presidentes más impopulares de la región: 29% de aprobación, según los últimos sondeos. Aunque por momentos estuvo por debajo del 20%. ¿Por qué genera tanto rechazo el hombre que está a punto de ponerle fin de manera civilizada al sangriento conflicto de más de medio siglo? 


Existe un gran escepticismo frente a las FARC, pues este grupo tiene tras de sí un largo historial de engaños. Y, aunque parezca una paradoja, las FARC tampoco creen en el Estado. Esa es la razón principal por la que los guerrilleros no han aceptado entregar las armas. Es de las pocas garantías que les quedan para obligar al Gobierno a cumplir su palabra. Alrededor del 74% de los colombianos no cree que el grupo armado tenga intención de firmar la paz. 

El Gobierno, además, cometió el error de establecer una fecha para el acuerdo. Sería el 23 de marzo, pero no se logró. Se mantuvieron “las diferencias importantes con las FARC sobre temas de fondo", según declaró ese día Humberto de la Calle, jefe de la comitiva estatal. Si en enero el 49% tenía expectativa por la firma, después de esa fecha el optimismo descendió a 35%. Si solo un 45% lo veía inalcanzable, ahora es el 60%. Y las personas que apostaban por la derrota militar crecieron de 28 a 35%. 


La respuesta también está en otras preguntas. ¿A qué sabe la paz? ¿Cómo es ese cuento de vivir en paz? Nadie en Colombia lo sabe. Así como tampoco se sabe, después de semejante rosario de muertes, quién disparó primero. Entre los viejos fundadores de las FARC se cultiva la idea de que la pelea empezó en la zona rural, cuando el Ejército bombardeó unas gallinas y unos cerdos a un muchacho llamado Pedro Antonio Marín. 

LA INOCENCIA EXTRAVIADA
El inquieto adolescente había nacido en Génova, Quindío. Es un pueblo de cafetales espléndidos, montañas pintadas por todas las gamas de verdes y casas pequeñas con floridos balcones. Allí Marín era un soñador que quería aprender a tocar violín para entrar a un grupo de mariachis e irse de pueblo en pueblo haciendo felices a los enamorados. Por aquella distante época –“No sé qué día nací, el mes sí, mayo de 1930”, diría– era menudo, vivaz, expendedor de carne, panadero y vendedor de dulces.

Cuando se hizo mayor de edad, se dio cuenta de que el país no estaba para serenatas. Ese año, el 9 de abril de 1948, mataron a balazos al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en el corazón de Bogotá. Se encendió una guerra entre quienes lo amaban y los que lo odiaban que ya ha dejado 350.000 muertos, según las estimaciones menos alarmantes.

Dos años después, Marín organizó un grupo de autodefensa con 13 primos entre los 15 y los 20 años para cuidar sus tierras y sus animales domésticos. Un día escuchó los aviones que las bombardeaban. Exigió que le pagaran los daños, que ascendían a un millón de pesos (unos 300 dólares). Le contestaron con más plomo. A Marín se le quitó para siempre la sonrisa, se volvió implacable y se internó para siempre en la selva. Trepó imponentes montañas, huyó por ríos fabulosos y selvas tupidas y se cambió el nombre por el de “Manuel Marulanda Vélez”, en honor a un dirigente sindical también asesinado a balazos. Con los años, llegó a ser conocido como “Tirofijo”, el jefe de un grupo que llegó a tener bajo su mando 40.000 guerrilleros con frentes armados en los 32 departamentos del país. Estados Unidos y la Unión Europea insertaron a su agrupación en la lista de las organizaciones terroristas más temidas del planeta. 

Tirofijo murió en el 2008 y fue enterrado en la manigua por sus compañeros de militancia. Su sucesor, Timochenko, es quien ahora niega la conversión de la guerrilla. Según la revista Forbes, cada año esta recibe 600 millones de dólares por el negocio del narcotráfico. En el mercado negro se compra un fusil con un kilo de coca. Cada combatiente, además de la dotación básica anual compuesta por dos uniformes, dos pares de botas, machete y morral, recibe también sus AK-47, sus M-16. “Nosotros no somos narcotraficantes –dice categóricamente Timochenko–. Es una mentira”, insiste en La Habana, Cuba.

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