Foto: Andina.
La historia del fujimorismo en el Perú está estrechamente ligada a la autoridad que el antivoto ha demostrado tener en la determinación de nuestros últimos gobernantes. En 1990 la coalición del Frente Democrático (Fredemo) que lideraba Mario Vargas Llosa tenía una preferencia arrolladora meses antes de las elecciones. Al acercarse la fecha de la primera vuelta, sus principales enemigos -el Apra y la izquierda de entonces- iniciaron una feroz campaña de ataque. Ya que la díada derecha-izquierda era poco explotable en ese entonces se buscó otra que suele ser mucho más efectiva en nuestro país: la de ricos contra pobres. 

Se le pegó el Fredemo la etiqueta de “los ricos” y sus integrantes no hicieron nada por desmentirlo, quizá porque no era del todo falso. Ni el mismo Vargas Llosa pudo frenar a la masiva y asfixiante propaganda política que devino de la ambición individualizada por el voto preferencial y que empapeló las calles del Perú en un derroche de poderío económico que habría de jugarle claramente en contra. Fue, entre muchos otros factores, el rechazo a ese despilfarro unido a los ataques que orquestaba el Apra para aumentar el miedo al shock económico que proponía el Fredemo lo que dirigió los votos de muchos electores hacia una alternativa neutra, encarnada en el desconocido candidato que ofrecía “honradez, tecnología y trabajo” con una campaña mucho más modesta. (Me pregunto hasta qué punto ese despliegue de propaganda congresal no fue algo que capitalizó muy bien Fujimori dos años después al afincar el golpe en la impopularidad que tenía el Poder Legislativo entre la población). Fue el antivoto contra el Fredemo y lo que este grupo representaba lo que llevó a Alberto Fujimori al poder. 

Si consideramos que las elecciones de 1995 fueron legítimas, dado que ya estaban bajo el gobierno de facto que devino con el golpe, la victoria de Alberto Fujimori frente a Javier Pérez de Cuellar no solo reafirmaba que en el Perú las personalidades de renombre mundial no convencen si no muestran alguna fortaleza caudillista y/o demagógica, sino que además confirmaba que, sin un antivoto sólido o al menos bien orquestado, el principal candidato tiene el camino libre. Esa ha sido la única ocasión en donde la victoria o derrota del fujimorismo no ha estado asociado a algún tipo de antivoto (irónico que fuera dentro de un gobierno antidemocrático).  En el año dos mil, en cambio, la derrota de Fujimori –que luego él revertiría- no fue producto de las preferencias por Alejandro Toledo sino del antivoto contra la dupla Fujimori-Montesinos y la debacle  moral en la que nos dejaba el país. 

Una década después reaparece Keiko Fujimori (KF) con una indudable fortaleza política que  la lleva a estar a un paso de la presidencia. Los votantes de Humala hubieran sido insuficientes para ganarle la elección, pero fue, una vez más, la coalición que devenía del antivoto lo que le dio la presidencia al Nacionalismo de Humala. 

Con todo esto y sus veinte años de experiencia política, la hija de Alberto Fujimori ya debería haber aprendido para el 2016 que el voto ayuda pero el antivoto decide, define, corta cabezas; que aunque no puede dictaminar quién saldrá elegido, sí determina quién no. (Alan García solía decir que él no podía decidir quién gobernaría el país pero sí quién no. Extraña similitud con los poderes del antivoto, más aun considerando que en las presentes elecciones el único que hubiera podido ganar en primera vuelta es justamente el antivoto que había contra él). 

Radicalizarse puede traer facturas muy altas y al parecer eso lo olvidó la candidata en la recta final. Los partidos y las personas pueden cambiar y enmendar sus errores y el fujimorismo de KF quería dar esa imagen (allá quien le creyera, pero al menos hay que reconocer que hizo el intento con su discurso en Harvard y sus compromisos en el debate de la primera vuelta). Es posible que eso no gustara a sus seguidores más autoritarios y aguerridos, pero sin duda ayudaba a no encender el otro fuego que es el del antifujimorismo, acaso adormitado con el paso del tiempo.

Como bien han señalado diversos analistas políticos, KF se dio cuenta de que el espacio democrático, moderno y liberal, iba a llevárselo de todas maneras su contendor, por lo que había que sacarse la piel de cordero y acercarse a la imagen de mano dura de los tiempos de su padre y al populismo de última hora que compra los votos más fáciles y vulnerables. No midió, claro está, que ese actitud iba a ser lo que encendería la pradera y despertara a ese aletargado antifujimorismo que tuvo un dejavú que lo sacó a las calles. Innecesario sería enumerar las razones de una victoria o derrota cuando se ha tenido un margen tan ínfimo como el que hemos visto, pero no es ocioso, en cambio, analizar cómo el descuidar el antivoto le terminó jugando en contra en la semana previa a las elecciones. 

El prontuario de Joaquín Ramírez  y las prácticas de José Chlimper tuvieron un efecto devastador, es cierto, pero a nivel político la reacción de la propia KF era lo más determinante. Y su apuesta fue, olvidando el antivoto, por la negación ciega e infundada de lo que cada vez más fuerte caía por su propio peso. Es cierto que nadie puede cambiar de candidato a vicepresidente a una semana de las elecciones, pero tampoco es la mejor opción la hipocresía de alzar la voz y repetir en el segundo debate que todo fue hecho “transparentemente”. Quizá, en efecto, la prueba era tan transparente que no había nada que hacer al respecto. 

Es sabido también que el apoyo de Verónika Mendoza fue otro factor determinante, aun con lo difícil que es endosar votos. Pero quizá la capacidad de endoso de Mendoza no fue tanto del voto por ella como del antivoto que, con cierto letargo, dormía en muchos de los indecisos o de sus propios seguidores que habían estado migrando distraídamente a las propuestas populistas de KF en las semanas anteriores. La marcha ‘Keiko no va’ no habría sido tan populosa y aguerrida sin las calumnias y agresiones de KF en el segundo debate, (en donde se desvivía por poner a Martín Vizcarra y Mercedes Aráoz a la altura del grupo Colina), y los discursos de Mendoza y otros personajes de menor llegada en esa protesta no habrían sido tan contundentes y efectivos si KF no se hubiera deschavetado y mostrado esa furia interna que había venido domando muy bien hasta entonces. 

Por otro lado, en una especie de tácita orquestación, un respetable sector de la prensa escrita cerró también filas contra las amenazas actuales -y ya no solo las del pasado- en esos últimos días. Las portadas y editoriales de El Comercio –que ha limpiado con creces su parcialidad profujimorista del 2011- se alineaba con la siempre antifujimorista La República y el (a veces inclasificable) Perú 21 para dejar en claro que aquí no se trataba de preferencias políticas sino de hechos y denuncias reales e incuestionables. Habría que preguntarse, eso sí, si en todos estos casos el panorama habría sido igual de principista si el contrincante de KF no hubiera sido PPK sino la izquierda de Mendoza.     

Finalmente, el contraste en la constitución de los personeros de ambos bandos da una imagen clara de lo que se vivió en estos días. Mientras por un lado el fujimorismo demostraba tener estructura, preparación, trabajo de bases y programación en todos los centros de votación, las ‘PPKasa’ y centenares de centros de votación eran un desorden masivo de individuos de diversas tiendas políticas que venía a registrarse con urgencia como personeros de última hora para tener una participación, aunque diminuta, en el resguardo del proceso electoral.  

Hoy nos puede parecer extraño que haya ganado un candidato al que solo un quinto de los peruanos hubiera querido como primera opción, pero, a la luz de nuestra historia, no es tan extraño que haya vuelto a ganar el antivoto. En la soledad de las cámara de votación y a la luz de sus múltiples diferencias, una coalición de ‘medio país más uno’ nos ha dicho que no quiere ni los excesos del pasado, ni las potenciales y evidentes ilegalidades que se veían venir. Eso es lo que nos une. Y eso, no es poco.