Escribe:
Pedro José Llosa

No soy partidario de las políticas económicas del Frente Amplio no tanto por la imposibilidad de que en el Perú se implante por primera vez un capitalismo social que emule los logros de la sociedades de bienestar europeas sin volver a los estatismos de antaño, sino porque el desconocimiento que muestran de algunos mecanismos económicos (desafortunadamente) inamovibles, podrían hacer que las buenas intenciones se conviertan en medidas estériles o, mucho peor, dañen más de lo que ayuden a quienes se quiere beneficiar. 

A esto se le debe sumar la necesidad que tiene la candidata Mendoza de deslindarse tajantemente de una vez por todas de la sombra de Chávez y Maduro y declarar a voz en cuello que no tiene ni ha tenido vínculo alguno con la mafia venezolana (y que por supuesto, no la considera una democracia). Eso no solo la ayudaría a captar muchos votos de los "paniagüistas" hoy parias escindidos, sino que además nadie que no sea tajante contra la mafia venezolana tiene autoridad moral para enfrentarse a la mafia fujimorista. 

Por otro lado, el plan económico de Peruanos por el Kambio no solo se presenta como la continuación del modelo económico de los últimos 25 años, sino que además se vaticina un neoliberalismo mucho más extremo, en donde las directivas de gobierno seguirán partiendo del MEF pero ahora, además, con la venia de la Confiep. No obstante, dentro del panorama pragmático de quienes creemos que lo único por lo que no debería pasar el Perú es por la vergüenza de un nuevo fujimorismo, el voto por PPK resultaba siendo el más eficiente mal menor. Esto, por el hecho de que dentro de ese 18% de votantes que hoy tiene estén mezclados los que creen en las libertades económicas y deploran el fujimorismo y, al mismo tiempo, los fujimoristas encubiertos como el mismo PPK o su segunda vicepresidenta, que no tuvieron reparo alguno en el 2011 para darle todo su apoyo a la hija del dictador. Más que pro-fujimoristas, estos últimos son simplemente cascarones apolíticos y correligionarios del modelo ultra liberal sin anestesia que ante el pánico que les produce lo que sea que se aleje de ese formato, no tienen reticencias en tranzar con Keiko Fujimori, Alan García, o Augusto Pinochet resucitado si fuera necesario. 

Así, el votar por PPK, vaya paradoja, resulta ser la única manera de librarnos de fujimorismo en segunda vuelta, es decir, solo el cuasi fujimorismo nos podía librar del fujimorismo. Las razones son simples: primero, si PPK no llega a la segunda vuelta, todo ese grueso de partidarios a los que solo les interesa la permanencia del modelo puro y duro, migrarán a donde Fujimori y ésta derrotará por largo a cualquier otro candidato. Por otro, si efectivamente llega PPK a la segunda vuelta, es más fácil que el voto de los otros termine migrando hacia él gracias al enorme antifujimorismo que existe en los seguidores de esos otros candidatos. 

¿Qué pasa, sin embargo, con este universo de contradicciones y estrategias funcionales cuando escuchamos a un PPK decirle a Mendoza que no ha hecho nada en su “perra vida”? ¿Estamos en la disyuntiva que delineaba Jürgen Schuldt -en un artículo en El Comercio- entre neoliberales versus socialdemócratas o, más bien (y no nos hemos dado cuenta) estamos en la disyuntiva entre un matón encorbatado y una socialdemócrata? 

Somos un electorado maleable y volátil que nos fijamos en las personas más que en las ideas y siempre decimos que los gestos anecdóticos no deberían marcar nuestras preferencias de fondo, pero hay casos en los que un gesto vale más que mil ideas, justamente porque ellos delatan todo lo que uno es, todo en lo que uno cree, y cuál es su verdadera forma de mirar el mundo. Hasta el lunes pensaba que, además de ser un técnico con ideas neoliberales, PPK era un candidato con pasado bastante respetable y limpio y que su mirada tecnócrata podría no ser tan terrible como lo cree la izquierda. Hoy, si bien sigo pensando eso, he visto además al más fujimorista de los fujimoristas, sacando un insulto gratuito donde se concentran todas las taras y los ismos de nuestra sociedad escindida, y develando que detrás de la flauta dulce guarda un borceguí de suela bien ancha con el que planea gobernar el país, ya que no le importa vagabundear lanzando insultos, incluir a cualquiera que le sirva para su proyecto, y plegarse a la primera bandera que lo ayude a llegar al poder. 

Es cierto que un exabrupto lo tiene cualquiera y que con unas disculpas se arregla. ¿Y cuál fue la disculpa que dio PPK, entonces? Decir que él no había mencionado el nombre de nadie, ya que apenas dijo “la candidata medio roja”. Es decir, tiró la piedra y metió la cabeza en el saco, huyendo a la responsabilidad como el niño asustado y cobarde: el ejemplo de manual que usa el filósofo Fernando Savater para describir un comportamiento antiético. La agraviada, por su parte, respondió con la tranquilidad de una maestra que entiende los exabruptos de un jovencito y lo invitó a que se tranquilice, con más educación y elegancia de la que el  agraviante podría imaginar. Gestos pequeños pero elocuentes que muchas veces superan o desmienten cualquier ideología de manual. Si el fujimorismo o el protofujimorismo habrán de volver a gobernar mi país, al menos no será con mi voto. 

No es necesario, pues, vestir harapos para ser un pobre tipo; cuando la pobreza es moral es en los gestos en donde nos describimos, y, lo recordarán aquellos que vieron u oyeron hablar de ese largometraje que creó Walt Disney hace más de medio siglo: aun entre los perros, que son quienes más claramente llevan una “perra vida”, se encuentran damas… y también vagabundos.