Foto: Andina
Escribe:
Carlos León Moya

Soñé ayer con Yanahuara. Tenía un chupe de camarones al frente mío, wonderful, y me dejé llevar como si fuese peruano por su olor, su grasita, una antenita saliendo por ahí. Alcé mis manos, chapé un cubierto, desperté en mi cama. Afuera la nieve caía y me hacía recordar que estaba lejos del Perú, lejos de Arequipa. Cada cinco años, me vienen tres horas de nostalgia y me siento un poco peruano, algo arequipeño, y digo ―full of pride― que yo también soy un muchacho provinciano, como decía esa canción del Grupo 5 o Rossy War, o algún grupo andino de esos.

Whatever, el hecho es que ayer me sentía peruano y dije: “Ay, qué será de Alfredo, el regio, el príncipe de la socialdemocracia peruana (que no existe)”. Hacía tiempo que no oía de él, aunque tenemos unas historias... como la boda del hijo de Andrés Pastrana, Santiaguito. Divino el chico, una cara de lorna que no se la quita nadie, pero regio, porque los colombianos sí son regios: todavía tienen tierras, se casan entre sí y todos son hijos, nietos y bisnietos de presidentes. Allí te apellidas Lleras, Pastrana o Santos y te respetan, no como en el Perú que digo: “Soy Polar”, y me miran como a un oso. Bueno, en la boda de Santiaguito Pastrana me encontré con Alfredo. Yo llegué a Cartagena de Indias sudando como un tamal y me puse mi camisa blanca y corrí hasta el lugar y me abrazaron. Señor Hernando, cómo le va, the next peruvian president, oh, thank you, this is too much, oh gloria inmarcesible, y lo encontré, al fondo, con su guayabera blanca tratando de montar un caballo.

―¡Alfredo! ¡Alfredo, dear! ¡Cómo te va, cómo te trata la vida!
―¡Hola, gordo! Aquí pues, quiero montar este caballo.
―Ay, Alfredo querido, tú no estás para estas cosas. Tú eres un intelectual. Deja eso para los colombianos que nunca tuvieron reforma agraria.
―Hernando, en el fondo yo soy un campesino.

Todos estallamos de risa. Logré mirar a Pastrana padre en el piso y a un chico que parecía el Chavo del Ocho con bótox, pero que en realidad era el presidente Juan Manuel Santos. 

No pude conmigo, se me salía el arequipeño: llamé a Alfredo Barnechea. Ring, ring. No contestó. Llamé de nuevo. Ring, ring. Nada. Goddammit, frentón horrible, contesta. Ring.

―¿Aló?
―¿Alfredo, dear?
―¿Sí?
―Dios mío, Alfredo, ¿qué le pasó a tu voz? Suenas a moco, qué espanto. ¿Dónde estás? ¿Qué bulla es esa, Alfredo? Se entrecorta la señal, apaga tu Blue Ray y sal a la terraza.  
―Habla Yonhy Lescano. ¿Quién es?
―Soy Hernando de Soto. Cómo estás, Johnny. ¿Está el señor Alfredo en casa?
―Qué casa, oye. Estamos en campaña.
―No me trates de tú, insolente. Soy Hernando de Soto. No voy a permitir que un sirviente me hable así, aunque se llame Johnny.
―¡Respete usted! Soy congresista de la república, señor. Y me llamo Yonhy.
―¡Lescano! ¡Tú eres Lescano!
―Así es…
―Oh, Johnny, I am so sorry. Te confundí, perdón, rendidas excusas. Tú sabes, tanto tiempo sin vivir en el Perú: no leo periódicos, no veo tele, no como cebiche. Alfredo me habló de ti alguna vez. A propósito, where is he? ¿Dónde está? 
―Ya le dije que estamos en campaña, señor.
―¿Campaña de qué, disculpa?
―¡Campaña a la presidencia, pues!
―¿Del Regatas?
―¡Del Perú! Disculpa, voy a colgar.
―No, no, no, Johnny, hold on, quiero hablar con Alfredo. ¿No está por ahí?
―Estamos ahora en Pucallpa. Alfredo está cruzando el Yarinacocha a nado.
―Ay, no. ¿Y no me puedes pasar con él?
―Está en medio de la cocha, Hernando. Llama en una hora y veré qué puedo hacer.

¿Qué hacía Alfredo, my dear, nadando en una cocha? La última vez que fuimos a una piscina se paró a los diez minutos porque se había vuelto alérgico al cloro. ¿Y ahora nada en cochas? ¿Y qué hacía Alfredo como candidato a la presidencia del Perú? Yo lo vi una vez con fiebre, delirando, e imaginaba ser Ricardo Lagos, cachai; luego hablaba como Fernando Henrique, muito gostoso, y acabó gritando que lo único que quiso ser en su vida fue un Rey Filósofo y no el chupe de Vargas Llosa.

Llamé de nuevo.

Hi, Johnny. ¿Y ahora?
―Alfredo está besando bebitos. Llámame en una hora más.

Nunca, en nuestros años de amistad, Alfredo me había hecho esperar. ¿Qué se había creído? A mí Justin Trudeau me saca cita, Xi Jingping me invita el chifa, ¿y Alfredo Barnechea me hace esperar?

―Lescano, ¿y ahora?
―Alfredo está comiendo un juane con la mano.
―¿Y más tarde?
―Va a lanzar sus Gucci al Yarinacocha para demostrar que no es pituco.
―Lescano, te exijo que me pases con Alfredo. No voy a permitir que me haga esperar un minuto más.
―Hernando, tú no eres mi jefe.

¡Y me colgó el mequetrefe ese! I was annoyed, rojo, me salían burbujitas de la cabeza. Salí a la nieve, hice un muñequito de mí, luego hice un muñequito de Vargas Llosa, al mío le puse luces y al de Vargas Llosa lo oriné, obviously. Regresé a casa, llamé a mis amigos. ¿Aló, Francois? Ocupado. ¿Aló, Margaret? Se murió. ¿Aló, Hillary? No hemos pedido ninguna pizza.

Ni modo. Llamé de vuelta a Alfredo.

―¿Aló?
―¿Alfredo, my dear?
―Él habla.
―¡Alfredo, soy yo, Hernando!
―Hola, Hernando. Cómo andas.
―¡Alfredo, Dios mío! ¿En qué te has metido?
―Estoy postulando a la presidencia, Hernando.
―Alfredo, don’t be rude, call me gordo.
―Qué necesitas, Hernando, estoy en medio de una gira.
―¿En serio que estás postulando? ¿Really? ¿Por qué partido, Alfredo? No me digas que por el Fredemo.
―Por Acción Popular, Hernando. El Fredemo ya no existe…
―Ay, of course, Alfredo. Es que yo no miro la prensa peruana, es un espanto. ¿Recuerdas nuestro juramento de jamás leer prensa peruana hasta que el Trome tuviese una columna en francés?
―…
―¿Alfredo?
―Hernando, ahora tengo otro compromiso y es poner el Estado al servicio de la gente.
―Pero, Alfredo, el Perú, qué horror, ¿quién quiere dirigir ese país? Aunque si vas a ofrecerme un ministerio o deseas que viaje a apoyarte, tengo tiempo a partir de la quincena de abril. Let me check my agenda.
―No, Hernando, así estoy bien.
―Ay, no seas tímido. A ver, el 12 de abril…
―Sin ti estoy bien, Hernando. Mi candidatura es de centro izquierda. Vamos a recuperar el papel del Estado, poner en su sitio a esa tecnocracia insensible y renegociar los contratos del gas.
―Alfredo, qué hábil. Me parece regio tu discurso. A esos países del sur les gusta que te hagas el macho y mejor si es con tu cara de galán maduro. Tú tienes cara de presidente, Alfredo, siempre te lo dije. Ahora, ¿cuándo voy?
―No, Hernando, en serio no. Además tú siempre pierdes elecciones.
Stop it, Alfredo, stop it! ¿Qué insolencia es esa? Tú querías ser mexicano, ¿recuerdas? ¿Recuerdas cuando fuimos a comer enchiladas con Enrique Krauze y tú le dijiste que querías una columna en Letras Libres y él te dijo que no porque escribías feo y no tenía espacio para tus fotos y tú te quisiste prender fuego en el Zócalo? ¿Ya no te acuerdas cuando Aguilar Camín llegó al Perú y tú te robaste su mezcal y te pusiste a cantar rancheras borracho y llorando porque si hubieses sido mexicano habrías llegado a ser Octavio Paz, pero naciste peruano y apenas te quedo ser Alfredo Barnechea?
―No sé de qué hablas, Hernando. Yo no he dejado de pensar ni un solo día en el Perú. 
―¡Alfredo, darling! ¡Si tú también querías ser colombiano! ¿Ya no te acuerdas cómo un día viste a lo lejos a García Márquez y al día siguiente te compraste trescientas guayaberas? ¿Y cuando en la boda del bobalicón de Santiaguito Pastrana te dije que Santos más que presidente parecía Chespirito y me quitaste la palabra cuatro días? ¿Y cuando te dije que iría a la finca de Botero para que me hiciese un retrato, aprovechando que ya soy gordito, y me pediste que te llevase y que Botero te pintase aunque fuese como una arepa? Alfredo, por favor.
―Calumnias de un hombre derrotado como tú, Hernando. Yo siempre pienso en el Perú. Todos mis libros tratan sobre...
What? Alfredo, come on, tu producción intelectual se mide en fotos, no en libros.
―Es que en el fondo soy un campesino, Hernando.
―No, Alfredo, not anymore! Esto no me está haciendo reír. ¿Dónde está el Alfredo que conocí, el amigo leal que se tomaba fotos con cualquier cosa que tuviese una página en Wikipedia, el que citaba a toda su lista de amigos en las entrevistas, el que pedía libros prestados para que su biblioteca se viese más gorda? ¿Dónde está, qué te han hecho?
―Mira, Hernando, el Perú necesita ideas. Y esas ideas las traigo yo. Además, la gente busca un aire más cercano, no un ventarrón oligárquico como el tuyo. Yo soy provinciano, de Ica…
―Y yo soy de Arequipa, Alfredo.
―Y estudié en un colegio de allá…
―Que era de privado y de curas.
―Llegué a la capital y empecé a lustrar botas…
―Ese era Toledo, Alfredo.
―Y siempre he sido una persona muy humilde, muy sencilla…
―Tu boda, Alfredo, recuerda tu boda.
―Y ahora siento que ha llegado mi hora.
―No entiendo, Alfredo, en serio no lo entiendo. Eras mi último amigo peruano. Ahora solo me queda Kuczynski, pero su inglés es mejor que el mío.
―No me hables de ese ignorante.
―¿Por qué tanto odio, Alfredo?
―Porque voy a renegociar los contratos del gas. Ese señor dijo que no se puede y me mandó a estudiar petroquímica a la UNI, y yo le voy a demostrar que sí se puede. Vamos a hacer respetar al Perú.
―Ay, Alfredo, te he perdido. Ya no hablas como antes. Ahora eres populista. Seguro ya no vas a las corridas de toros.
―…
―Oh, Alfredo, I’ve lost you, I’ve lost you. I can’t reach you anymore.
―Tengo que colgarte, Hernando. Debo ir a una escuela rural a abrazar niños.
―Adiós, Alfredo. You were always in my mind.

Colgué. Volví a perder a un amigo. Cada vez me queda menos del Perú. Aún es febrero, la nieve sigue cayendo. ¿Me llamará Keiko la primera semana de abril? ¿Alguien creerá que Alfredo, my dear, era un campesino de origen rural? ¿Romperá nuestro juramento de jamás leer prensa peruana, nunca jamás, así cancelasen nuestra subscripción vitalicia al Financial Times?

Me eché en el piso de mi sala. Seguí tarareando a Elvis por el resto de la tarde.