Foto: Agencia Andina
Escribe
Pedro José Llosa

Hay quienes alegan que la cultura del clientelismo, el criollismo malhadado, el gato por liebre o el pendejo timador son anteriores al primer gobierno de Fujimori; que no se inventaron allí. Si bien esto es obvio, hay un punto que muchos solemos pasar por alto y es que a fines de los ochenta el Perú estaba en una de sus peores crisis: terrorismo, inviabilidad económica y desesperanza. Había un vacío insufrible en cada uno de nosotros y una necesidad urgente de creer en algo. Esa fue la posta que tomó Fujimori, quizá una de las mayores responsabilidades de nuestra vida republicana: plantar los cimientos de una nueva sociedad, crear institucionalidad (especialmente, reinventar un nuevo Estado) sobre las que se asentara cualquier reforma.
 
Pero él, en cambio, aprovechó esa oportunidad para hacer todo lo contrario: institucionalizó la corrupción, el chantaje y la prepotencia. Sobre esta base se iniciaron un grupo de medidas económicas necesarias y acertadas, pero opacadas por sus raíces podridas. Globalizar la economía y abrirnos al mundo fue un acierto, pero cuando esto se da con instituciones corruptas que firman acuerdos bajo la mesa, la putrefacción se institucionaliza de pies a cabeza y se cae en el profundo error de creer que la riqueza solo existe con corrupción. Lo que se institucionalizó en los noventa fue la cultura de la eficiencia sin escrúpulos, del individualismo salvaje e indiferente: la cultura Fujimori. 

Nos sorprende que un amoral como Acuña, plagiario serial que ha construido su imperio sobre la ingenuidad de los jóvenes, pasee con la cabeza en alto porque cualquier delito probado le parece poco frente al mérito que cree que le da su fortuna, y olvidamos que esa es la cultura Fujimori. Se cree que el tipo no pierde votos en los sectores más desfavorecidos porque allí no se entiende muy bien qué es el plagio académico; pero basta recordar el plagio de Cipriani para darnos cuenta de que la cultura Fujimori no es privilegio de ningún estrato socioeconómico. Cuando el cardenal, en un gesto de soberbia y desprecio por la inteligencia de los demás, quiso dar gato por liebre a los lectores de El Comercio, la dirección de este diario lo separó de sus páginas (en una clara muestra de que en la dirección actual de ese medio ya no hay espacio para la parcialidad que primó en la elección del 2011), e inmediatamente el cardenal plagiario consiguió que un grupo de empresarios, políticos y periodistas con cierta trayectoria pública salieran a defender su robo. Ese grupo de rastreros ilustrados que entendían perfectamente lo que estaba haciendo Cipriani son, vaya que sí, el epítome de la cultura Fujimori.

Hasta hoy me sigue sorprendiendo toparme con abogados que se respetan y que consideran votar por el fujimorismo. ¿No es una contradicción defender derechos y abogar por quien los desnaturalizó a rajatabla? Uno de ellos alegó que haber crecido en la Venezuela de Chávez fue suficientemente traumático como para buscar ahora las antípodas. ¿Cómo puede pensar que son los extremos si fueron casi lo mismo? Ambos ganaron adeptos con el regalo fácil, comprando votos con actos populistas que encubrían la corrupción que iba por dentro; ambos manipularon la opinión pública, vulneraron derechos y libertades y nos hicieron vivir en un Estado de favor o de terror frente a la omnipotencia de sus regímenes. La diferencia, quizá, fue que mientras uno promovía la economía abierta y obligaba a los inversores a pasar por la caja de Montesinos, el otro renegaba de esa economía abierta, pero dejaba pasar a quienes traían prebendas para sus muchos Montesinos. Vaya diferencia.

La cultura Fujimori es, por sobre todo, la que Keiko Fujimori quiere volver a implantar de llegar al Gobierno, esa que niega lo evidente y busca tapar el sol con un dedo, esa del amedrentamiento, la ambigüedad, la trampa y la desinstitucionalización. ¿La dejamos?