Foto: Ojo.pe
Pasé las Fiestas Patrias del 2012 escuchando el mensaje presidencial y comiendo parrillada en la  vieja Red Científica Peruana. Luego transmitimos varios paneles analizando el mensaje, pásame la carne, Humala no dijo nada sobre Conga, dónde está el ají, el presidente menciona puras cifras, sírveme más vino, los fujimoristas se lo van a almorzar, devuélveme mi papa. 

Los paneles fueron un éxito, trending topic nacional, y todos celebramos sirviéndonos más vino y más carne, pero había una persona con cara de velorio. Solo una. Estaba sentado en la parte más oscura de la sala, el hombro contra la pared, y miraba con pena el fondo de su vaso vacío. Era Rodrigo Barrenechea. 

Seguí mordiendo mi carne. Departía con el resto, todos destacados analistas (el único mercachifle era yo), lanzábamos preguntas de sobremesa: ¿se recuperará el Gobierno de su mediocridad? ¿El APRA se beneficiará con este desgaste? ¿Llegará Nadine al 2016 de la mano de los programas sociales? ¿A qué hora saca el fujimorismo las uñas? ¿Cómo le irá al PPC con Raúl Castro? ¿Susana irá a la reelección? ¿Será Gregorio Santos un buen candidato? ¿Habrá más carne para la parrilla? Especulábamos entre copas y volví a  mirar al fondo. Rodrigo Barrenechea seguía con los ojos en el piso:  empezó a patear una cucaracha muerta con la punta del zapato. 

Se acabó la carne, nos fuimos. Yo me fui con Rodrigo. Estaba seguro de qué era lo que le pasaba: esa noche viajaba a Chicago y dejaría el Perú, cumbres nevadas, ríos, quebradas. ¿Estás así por el viaje?, le pregunté. Rodrigo sonrió: No, carajo, es por Acuña.
–¿Acuña?
–¿Te das cuenta de que nadie habla de él? 

Rodrigo era la única persona que había estudiado Alianza Para el Progreso. Hizo trabajo de campo, los siguió, se metió en sus redes
clientelares y hasta se matriculó en la César Vallejo. Su conclusión: Acuña no era un pescado, hacía política de verdad con sus universidades como eje de su red clientelar y sus operadores políticos eran también sus empleados. Triunfaba allí donde todos caían: lo subnacional.
Había que mirarlo en serio. 
–Nadie habla de Acuña –prosiguió–. 
Cuando empiecen a hablar de él, será demasiado tarde. 
–Pero no va a pasar nada, Rodrigo. ¿Tú crees que es importante? 
–Seguro pasa a la segunda vuelta. 
–¿Regional? 
–En las presidenciales del 2016.  
Enloqueció, pensé. 
–No, Rodrigo, olvídate, eso no pasará. 
–He tenido visiones. 
–Tendrían que pasar muchas cosas raras, Rodrigo, muchísimas. Y todas a la vez. Ya, mira, así al aire: le cae una superdenuncia a Alan
García, Raúl Castro destruye  al  PPC,  Gregorio  Santos acaba preso y Conga nunca sale, Humala llega a un dígito de aprobación, Nadine
termina en la Fiscalía, Susana acaba dando pena en la municipalidad, la izquierda se lanza sola, sin aliados y sin plata. Todo eso, pero junto.
Son muchas variables, Rodrigo. Sabes que es casi imposible. 

–Bueno, yo ya dije. Quizá un día llegue Acuña y nos  clave a todos. Por suerte yo me voy mañana a Chicago. Ahí les dejo el muerto. Nos despedimos. Le deseé buen viaje y le dije que no sea exagerado, ya vería cómo las cosas irían bien. Suerte, me dijo, mucha suerte.  

* * * 
Recordé esta vieja escena la mañana del martes 8 de diciembre. Dormía la mona en mi sillón cama, calientito, tapado con mi frazada de tigre, hasta que me despertó la llamada de una compañera del Perú. 

–Aló. ¡Despierta, miserable! Tengo dos noticias: una buena y otra mala. 
–¿Qué hora es? ¿Dónde estoy? ¿Es un chisme? Cuéntame. 
–Susana Villarán renunció a Fuerza Social. Desperté de verdad. 
–¡Noooo! ¿Cómo va a renunciar a su partido si el partido es ella?  
–Fíjate. 
–En fin, dime la buena noticia. 
–No, esa era la buena. 
–Ah, ya. ¿Y la mala? 
–Acuña contrató a Favre. Silencio. 
–¿En serio? ¿No estaba con Kuczynski? 
–No sé qué pasó, pero Anel Townsend ya anunció que lo contrató Acuña.
–¿Y por qué Anel? 
–Porque Acuña también se la jaló. Otro silencio. 
–O sea, el único marketero que existe en el Perú está con Acuña, y encima él jala más gente.  
–Alguien me dijo que Acuña no tiene seguidores, tiene empleados. Y recordé la vieja escena. Colgué sin despedirme. Salí de mi cama y revisé las noticias de las últimas semanas para responderme a una sola pregunta: qué pasó aquí. 

Acuña había pasado a Alan García, tenía esa noticia marcada con una estrellita  (aquel  día  me reí  catorce  horas  sin  parar).  Pedro Pablo  Kuczynski no subía, seguía estancado en el segundo puesto y bajando algunos puntos. La CADE. No había visto a Acuña en la CADE.  
Lo vi. Leía mal. Así leía mi abuelo cuando me sentaba junto a él a resolver su crucigrama por las tardes. A veces me leía una noticia y omitía las  comas, y releía las oraciones dos o tres veces para darles la debida entonación. Así era mi  abuelo. No acabó la primaria. Inevitable identificarme con Acuña. 

Arriba estaba Acuña. Cholo. Chiquito. Abajo, sentados, decenas de blancos con plata lo escuchaban, los imaginé escudriñándolo con muequitas de asco. Lo gracioso es que Acuña y esos empresarios se parecen: dispuestos a romperle la mano a alguien para beneficio propio y con un promedio de un libro leído por año. Inevitable identificarme con Acuña, nuevamente. 

Revisé la prensa. Acuña animal, Acuña zopenco, Acuña choro. Una matrona vieja con la cara llena de polvos pedía con parsimonia no juntarse con la chusma; es decir, un editorial de El Comercio llamaba a abrir los ojos sobre el nuevo inquilino. Luego vi otro diario. Y otro. Regresé al editorial de El Comercio. Imposible no identificarse con Acuña.

Paré un rato. Me puse a ver El bebé de Rosemary. Seguí pensando en Acuña. Es rara la derecha, pensaba. Acuña haría lo mismo que ellos en materia económica, solo que con un clientelismo salvaje. Es más, Acuña es hijo de la derecha. Si Fujimori no hubiese liberalizado la educación, Acuña no existiría. Si no hubieran inventado al empresario como el eje del país y no hubieran situado al emprendedor -dícese del empresario cholo que no va a la CADE– como el sujeto revolucionario del nuevo Perú, quizá Acuña no  existiría. Si la derecha no hubiese hecho monumentos al gerente y se hubiese dedicado 20 minutos al día a hacer política fuera de Lima, quizá Acuña no existiría. Seguí viendo El bebé de Rosemary. Llegué al final. 

Claro, Acuña es el bebé de Rosemary de nuestro nuevo Perú, el anticristo que incubamos por 25 años. Imaginé ese sujeto de la nueva clase media que ahora es feliz porque puede comprar un pollo a la brasa. ¿Quién podría representarlo mejor? Hice un esfuerzo en imaginarme a Pedro Pablo Kuczynski comiendo pollo a la brasa. No pude. Tampoco pude imaginarlo comiendo el pollo con la mano, horror. A Acuña, en cambio, me lo imaginé chupando el huesito de la pierna y jalando el cartílago con los dientes. 

Devolví la llamada a la compañera. Oye, en el Perú somos bien tribales, tenemos la identidad cruzada, yo ya me identifiqué con Acuña, ¿no crees que eso le sirva? Ella me dijo que no creía, Acuña  tenía  casi  unas  páginas  amarillas  de  denuncias:  narco, violador, pederasta, carterista, etcétera. ¿Pero cuándo ha sido eso importante en el Perú?, le pregunté. Es más: candidato que viene sin su denuncia penal, no gana. Mira a Verónika Mendoza. Para ser presidente en el Perú es requisito oler a cárcel. 

Ella no me respondió. 
–¿Sabes que ahora Acuña ha contratado a la Yahaira? 
–¿La Yahaira? –pregunté–. ¿La del baile del totó? 
–Esa misma. Tiene  a  Luis  Favre  y  a  la  Yahaira,  y El  Comercio  ha  empezado  a  atacarlo.  No  pudo  comenzar mejor. Volví a recordar esa vieja escena, tres años atrás: quizá un día llegue Acuña y nos clave a todos.