El 4 de noviembre pasado, un suceso de la escena electoral peruana originó la coincidencia de dos obras de sendos dibujantes de humor político. El acercamiento entre Lourdes Flores (PPC) y Alan García (Apra) fue retratado por Carlín, sin duda el mejor dibujante político peruano y uno de los más longevos, que publica en el diario La República, y por Andrés, bastante más joven, quien publica en el diario El Comercio y que, si bien comenzó su carrera con un estilo inocente, ha sacado en los últimos años un agudo filo que sobrepasa el terreno político. Aunque la coincidencia entre ambos sobre este tema es lo que llama la atención en primera instancia, en un segundo momento es interesante reparar en las diferencias de los dibujos.

En el de Andrés todavía se puede rastrear un poco de aquel humor blanco. Pocas líneas, ángulos redondeados y colores planos hacen el dibujo más amable. Pero hasta ahí lo inocente, pues la escena representa a Lourdes como la estereotípica mujer pobre abusada por su marido: con un ojo morado y expresión de congoja pero “protegiendo” a su esposo del policía que le pregunta si “hará la denuncia”. Ella contesta: “No. Me ha jurado que ha cambiado”. Sabemos –pues ese es el estereotipo– que no solo no ha cambiado, sino que es la enésima vez que dice que ha cambiado para, luego, volver a golpearla. Alan está representado como un gordo en camiseta –un vago pegalón– con sonrisa limpia y una cierta sorpresa en las cejas. Sorpresa por la defensa que le hace la mujer, que es ilógica para él –pues él le pega y no entiende cómo, a pesar de eso, lo defiende–, pero lógica dentro de la dinámica de violencia doméstica, en la cual la víctima tiene tan poca autoestima que cree que sin su pareja estaría peor.

El dibujo de Carlín representa a Lourdes y a Alan vestidos formalmente, de cuerpo entero, como posando para una foto, flanqueados por César Cataño y Gerald Oropeza con lentes oscuros. Alan es representado panzón y con el mentón levantado por una papada que supera el nudo de la corbata: la sonrisa es triunfante y cínica y lo hermana con los cuestionados personajes que lo acompañan. Él dice “tenemos coincidencias” y con la mano hace un gesto que está a medio camino entre el OK del pulgar alzado y una forma desdeñosa de señalar a Lourdes. Aquí ella no es una estereotípica esposa golpeada, pero el semblante que ha dibujado Carlín –quien suele acentuar las líneas de expresión, exagerar los volúmenes de la cara y usar colores como verde o morado para matizar las tonalidades del rostro y subrayar su naturaleza, digamos, carnal– es una suerte de dramática topografía. Es un retrato geológico deprimente en que se leen terremotos, fenómenos El Niño y erupciones volcánicas que la relación con Alan ha dejado en Lourdes. 

Ambos dibujos, para el lector que sigue la escena, resumen buena parte de la relación política de Lourdes y Alan y muestran lo históricamente patético de dicho acercamiento. Sobre todo si consideramos que esos golpes (en el dibujo de Andrés) o los mofletes y arrugas (en el dibujo de Carlín) calzan con la descripción que realizó Rosa María Palacios (“El candidato de los narcos”, diario La República, 1-11-2015) de algo muy parecido al bullying que Alan le hizo a Lourdes cuando le puso la fatídica chapa de “candidata de los ricos”. Lo que esos dibujos muestran es el mapa de los afectos, es un diagrama de las emociones en la política. Si tenemos en cuenta que ya nadie cree en los discursos de los políticos (son farsas reconocidas como tales), casi lo único que permanece creíble son los sentimientos y afectos. Y mientras por un lado son esos los aspectos más ignorados por los analistas escritos, por otro lado son, precisamente, los aspectos que más exponen los buenos dibujantes políticos. Atención a los dibujos.

1. La caricatura de Carlín: http://bit.ly/1I2ceMm
2. La caricatura de Andrés: http://bit.ly/1QQVLSg