Foto: Andina
Escribe
Carlos León Moya

Cuando me dijeron que esta CADE no sería en Arequipa me puse a llorar en el más lejano rincón de mi frivolidad. Ya había planeado con ansias esta edición: comer un balde de chupe de camarones en el Chicha, meter uña a cualquier malaya frita que encontrase en Yanahuara, terminar la madrugada bailando merengue borracho en el Forum.

Pero no. A algún señorón miedoso del comité organizador se le ocurrió cambiar la sede por las protestas de Tía María. ¿Alguien las recuerda? Yo tampoco. Pero como los empresarios peruanos dominan el arte de hacerse las víctimas, en junio –¡junio!– prefirieron mudar su evento por el temor de que algún indio levantisco y antiminero lance una piedra con una potencia tal que, tras atravesar miles de cercos policiales, alcance a romperle la ceja a una anfitriona.

Y ahora, la CADE será en Paracas.
Me acoplé. Me puse a hacer planes: nadar junto a los lobos marinos, manejar un tubular sobre el Candelabro, comer cebiche de pingüino de Humboldt. Pero a mi costado, silencioso, disciplinado, estaba el nuevo redactor de política. Solito, en silencio, se bajaba cuadritos, leía reportes, contrastaba información. Hola, lo saludé, me llamo Carlos. Hola, me contestó, yo soy Manuel. ¿Es tu primer trabajo como periodista, Manuel? Sí, me contestó, y la CADE será mi primera comisión. Ah, qué bien, le dije, ¿no quieres cerveza?, y le extendí mi lata abierta de Pilsen. No, no, me contestó, son las nueve de la mañana, yo solo tomo café, y levantó su taza de Garfield.

Manuel era joven, serio y aplicado, todo lo que yo alguna vez fui. Ahí lo veía, sentado y con las manos en las sienes, preparando a consciencia su cobertura. Lo miré leer entre lágrimas sobre la caída del precio de los commodities, lo vi palidecer con los reportes sobre la desaceleración china, lo escuché carcajearse con el plan de gobierno plagiado de Alan García y lo encontré una sola vez en YouTube, pero era porque estaba escuchando con atención todas las ponencias anteriores de las CADE. Manuel, compadre, le dije, ¿no quieres que te invite un croissant? Con los ochocientos soles que te pagan no te debe alcanzar ni para comprar otra taza de Garfield. Claro, me contestó, pero déjame llevar mis notas para trabajar en la panadería.

Entramos a la panadería, buscamos una mesa. Le compré su croissant y yo me pedí un pastelito para acompañar mi Pilsen. Manuel tenía un cerro de notas, todas escritas a mano con caligrafía Palmer. ¿Te falta mucho para preparar la comisión?, le pregunté y me contestó que no, unas siete horas más y ya estaría listo. ¿Y tú, Carlos, cómo vas? Le dije la verdad: solo me falta saber cuánto limón debo usar para encebichar un pingüino.

Manuel mordió su croissant y lo noté abstraído, miraba el vacío. No, no era el vacío: miraba sus notas. Un periodista comprometido, carajo. Un periodista de verdad. Manuel, le dije, parándome, creo que me voy a la mesa del fondo, ¿sí?, para dejarte trabajar, trabaja, hermano, trabaja. Manuel sonrió. Gracias, Carlos, gracias.

Caminé. En el camino boté al tacho mi lata llena de Pilsen. Desde mi nueva mesa vi a Manuel comer su pan a solas, sin dar envidia al prójimo. Quizá deba hacer yo lo mismo, pensé. No me refiero al croissant, sino a tomarme en serio mi trabajo, ir a la CADE a hacer una cobertura de verdad. Nunca más la malaya frita, nunca más el Forum. O tal vez decir lo que realmente veo: en la CADE  todos nos rascamos la espalda. Ese sería el título de la columna, ya la estaba viendo, “¿Seguiremos rascándonos la espalda?”, pero sentí una mano detrás: Carlos, compadre, ¿cómo vas?

Era mi editor.
–Aquí, Raúl, pensando en lo de la CADE.
–Yo también, hermano. No sabes, ya encontré el punto para cocinar al pingüino. Nos va a quedar buenazo el cebiche. Oye, ¿y ese?
Raúl señaló a Manuel, que leía con las manos en las sienes.
–Es el nuevo. Está armando su cobertura. 
–¿Qué?
–Es su primera CADE.
–¡Ah, es su primera CADE! Con razón –dijo Raúl–. A ver, lo voy a saludar.
Raúl se acercó a la mesa de Manuel, que seguía sin levantar la vista. Me acerqué un poco. Manuel no reaccionaba. Raúl lo miraba en silencio.
–¿Qué haces, on? –le preguntó Raúl en francés.
Manuel resucitó y levantó la vista: hola Raúl, ordenaba mis notas para la CADE.
–¿Notas? ¡¿Notas?!
Lo que imaginé. Raúl gritó y siguió gritando.
–¿En serio estás haciendo notas? Para la CADE no se necesita notas oye, ganso.  A la CADE se va a chupar. ¿Tú crees que los empresarios van a discutir de verdad, pero de verdad, algún tema importante?
Silencio.
–¿Crees que van a llegar a algún acuerdo de verdad? Pero así, de verdad, un acuerdo relevante. ¿Van a tener algún acuerdo relevante, Manuel?
–Pues… creo que no.
–¿Van a hacer un balance objetivo?
–No.
–¿Por qué esta CADE importa más que las demás, Manuel? Dime, ¿por qué esta importa más?
–Porque van a hablar los candidatos presidenciales y eso sirve como un termómetro de…
–¡No, Manuel, no! Ya deja de leer esas notas y prepara tu maleta, que nos vamos mañana. Mira que te he reservado un asiento en el tubular.
Raúl se dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir me guiñó el ojo. Me iba a acercar a Manuel y decirle que no le haga caso a Raúl, que un jefe así no vale la pena y que la CADE es mucho más que eso, pero antes de decidirme Manuel se paró. Reunió todas sus notas y caminó hacia el tacho. Con la mano derecha recogió la lata de Pilsen que yo había botado, y con la izquierda tiró sus notas. Todas. Le iba a decir que no lo haga pero me interrumpió.
–Carlos, compadre, ¿sabe bien el pingüino?
Tomó media lata de Pilsen en mi cara mientras yo le decía que no sabía, que recién iba a probarlo allí, que era nuestra forma de reemplazar al chupe. No me miró. Acabé mi explicación y me palmoteó el hombro: me voy a hacer mi maleta, Carlos, nos vemos en el tubular.