Desde hace más diez años he seguido muy de cerca los diversos conflictos vinculados a la minería. No solo aquellos emblemáticos como Conga o Tía María, que llenan primeras planas, sino otros menores relacionados con proyectos medianos, con mineros realmente artesanales o con la guerra que el Estado peruano lanzó sin éxito alguno– contra la minería del oro en Madre de Dios.

 

Mucha tinta ha corrido para tratar de dar explicaciones políticas, sociológicas o económicas; pero en el gremio minero, salvo honrosas excepciones, lo que ha primado es la teoría de la conspiración, que es siempre la más efectista y superficial (lo que resulta paradójico en un sector que penetra las entrañas de la tierra).

 

La teoría de la conspiración, en su forma más elemental, expresa una visión maniquea de la realidad: los mineros son aquellos que buscan el bien y sus críticos y opositores son la representación del mal. Un panorama casi de historieta. Pero no subestimemos a los empresarios mineros. Imagino que, siendo este un sector de tan alta competencia, donde lo que se busca siempre es generar la mayor cantidad de riqueza, les debe de resultar incomprensible la resistencia de la población a un acuerdo win win, un trato en el que según su perspectiva– ganan todos.

 

Al ser tan fácil de digerir y casi adictiva, una ventaja adicional de la conspiranoia es que el empresario “siempre tiene la razón”. Con ello no solo llena los bolsillos de los analistas que la producen con enorme creatividad –al estilo de Jurassic Park, en que el ADN de una rana puede dar origen a un inteligente velocirraptor–, sino que alimenta el narcisismo y la vanidad de quienes han hecho un enorme esfuerzo en la vida por hacer minería (o de aquellos que heredaron ese esfuerzo). Y eso, en un mundo donde prima la cultura del éxito, no es poca cosa.

 

Así, en los últimos quince años hemos visto a un solo bueno, la empresa; y a diversos malos: Puka Llacta, el antaurismo etnocacerista, el Ollanta del polo rojo, las ONG “caviares” nacionales y extranjeras, el neosenderista Movadef, el eterno Patria Roja, los curas “rojos”, los narcos antimineros, los “violentos” aymaras, los frentes de defensa de todo tipo, el presidente regional y el alcalde “ultra”, el dirigente “corrupto”, entre otros.

 

En resumen: una suerte de Liga del Mal que se enfrenta a unos pétreos superhéroes empresariales, inimaginables en una guerrilla virtual. Personajes que, cuando declaran a la prensa, parecen estar emitiendo un memorándum o repitiendo frases aprendidas en un media training. Y que cuando intentan salirse del libreto solo reciben la burla de las redes sociales, donde la arrogancia y la falta de sentido del humor no son toleradas.

 

En medio de esta mirada maniquea del conflicto está la población, la comunidad, el pueblo indígena. Gente exotizada, ninguneada, infantilizada por los analistas que alimentan las teorías conspirativas. La población como una víctima del engaño, de la manipulación y de su propia ignorancia, que no entiende que quienes lideran las protestas –que ellos acompañan– solo buscan destruir al país, al sistema, al Perú minero; “líderes” que, tras haber aprendido cómo funciona el sector, buscan algún beneficio, llámese “lentejas” o “canon”.

 

El problema es que esta manera tan superficial de entender el conflicto oculta casi siempre sus causas reales: desde aquellas relacionadas con la precariedad estructural del Estado peruano hasta las ligadas a prácticas corporativas que aprovechan sus recursos para establecer una relación asimétrica con quienes son impactados –directa e indirectamente– por los proyectos. La conspiranoia tampoco sirve para entender el complejo tramado de relaciones que existe en torno a un proyecto minero, donde cada dependencia estatal actúa con distintas lógicas en función al mayor o menor poder que tengan o simplemente según su (in)capacidad. Y este problema se repite también dentro de las mismas empresas, que no son el todo virtuoso mostrado en sus memorias e informes anuales, ni por los premios que se reparten entre ellas mismas.

 

De otro lado, el bando de la Liga del Mal solo existe en la imaginación febril de ciertos “analistas” que tejen y entretejen conspiraciones, mezclando noticias publicadas en los medios, datos sueltos pescados en las páginas de Facebook de algunos dirigentes, y partes de inteligencia provistos generosamente por quienes viven del negocio de la seguridad y la inteligencia, dentro y fuera del Estado.

 

El recelo hacia la minería es vasto y diverso. Va desde el temor real al impacto de la actividad hasta la expectativa por las transformaciones que generará allí donde hay vida, sociedad, cultura y economía. Incluso en aquellos lugares donde no vive nadie, las montañas y las lagunas son parte de ecosistemas complejos cargados de significados. El problema, nuevamente, es que se ha construido una suerte de omnipotencia empresarial según la cual todo cambio que genera la minería es para bien.

 

Nadie niega que también existe una abierta oposición al desarrollo de la minería en el Perú. Pero no basta la voluntad política para impedir o impulsar un proyecto. Para eso se necesita otro tipo de mentalidad, diferente de la que solo busca mandar a la cárcel o romperle la mano a quienes lideran las protestas. La inteligencia que la minería necesita es aquella que le ha permitido desarrollar complejas tecnologías para reducir el daño ambiental y para sacar el máximo beneficio del mineral.

 

La gente quiere respuestas claras e inteligentes del sector minero. La gente quiere respeto. La gente quiere saber exactamente qué es lo que va a ocurrir con sus tierras y sus aguas, no solo ahora, sino en el futuro. Y, sobre todo, la gente no quiere que le recuerden cuáles son sus problemas ni su pobreza, porque los conocen bien. Por eso, más allá de las normas y del manido discurso de la tramitología, si no hay inteligencia ni una actitud distinta del sector, será imposible salir del ciclo de conflictos.

 

Quizá una vez terminado el superciclo de precios, llegue el momento ideal para que los superhéroes del desarrollo se quiten el traje y asuman que es necesario sentarse a la mesa, aprender a escuchar e incluso, en algunos casos, aprender a perder.

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