Por José Gabriel Chueca

Hace unas semanas, Alberto Vergara, en su artículo “Compra y calla”, afirmaba que, como nación, estamos “incapacitados para confiar” pues nos falta “ese sustrato de igualdad política que sostiene a una república sana” (Poder, agosto 2015). ¿En qué consiste (la falta de) ese sustrato? Propongo, para aventurar una respuesta, la aproximación a la idea de raza que propuso Aníbal Quijano en la conferencia que ofreció en la reunión de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) 2015, en San Juan, Puerto Rico.

 

Veamos: sabemos que el racismo es una fractura que recorre toda la sociedad peruana. Ningún gremio la ha superado: empresarios, estudiantes, trabajadores, todos, en algún punto, se pisan los pasadores por su incapacidad de sentirse hermanados con los cholos o los blancos, según sea el caso. Las posiciones políticas más básicas –por no hablar ya de partidos– tienen también sus posibilidades limitadas por la rajadura del color. Y en el ámbito del género, las agendas feministas y homosexuales no alcanzan plataformas amplias ni sólidas porque el tono del pellejo las boicotea. Hemos identificado otras divisiones clave: por ejemplo, el clasismo, la división entre ricos y pobres, la división Lima-provincia, urbana-rural, castellano-quechua, etc. Pero lo que Quijano propone es que debajo de todas estas divisiones está la raza.

 

Quijano explica que la noción de raza es inherente a la modernidad, lo que no quiere decir que no existieran desigualdades entre razas antes de la modernidad. Existían, pero no determinaban la identidad del individuo. Antes, la desigualdad era resultado de la “historia del poder”, afirma. Por ejemplo, los incas podían considerarse superiores a los huancas, y aunque esto podía venir acompañado de la noción de que dios estaba de su parte, en principio esto se debía a que les ganaron la guerra. Y los huancas podían entender que estaban en posición inferior, pero sabían también que eso cambiaría cuando llegara la revancha. Cambiemos incas y huancas por japoneses y chinos, por griegos y persas, etc. Durante el tiempo que durara un esquema geopolítico determinado, el pueblo en la posición más alta podía considerarse superior a los de abajo. Pero los de abajo sabían que eso era contingente. Es decir, los de abajo no se veían a sí mismos con los ojos de los de arriba, no se veían a sí mismos como inferiores.

 

La modernidad, en cambio, implementa una noción de raza que va más allá de la contingencia: los europeos se ven como superiores históricamente, pues son ellos quienes han alcanzado la modernidad, el sistema social más avanzado que extienden globalmente. En este esquema, las otras razas son –no están, son– naturalmente atrasadas y, por lo tanto, es lógico que sean dominadas. La primera raza definida –en estos términos– sería el indio americano, que será mano de obra explotable hasta la extinción. Pero lo más nocivo es que el dominado, al ser incorporado a la cultura moderna, adquirirá la visión del dominador. El indio se verá a sí mismo como inferior y eso definirá su identidad, será su condición natural, no su contingencia. Ese será el nuevo “patrón histórico de poder” de la modernidad, la misma modernidad que plantea la libertad individual, el desarrollo capitalista y la organización democrática como bases de la nación. Esta contradicción es, según Quijano, inherente a la modernidad: el ideal de igualdad y, a la vez, el establecimiento de una insalvable jerarquía racial.

 

Una de las observaciones más importantes de Quijano es que las luchas por intentar producir cambios han apuntado a cambiar el terreno económico o el terreno institucional por medios democráticos o por medios violentos, pero ninguno de estos intentos ha apuntado a desmantelar la idea de raza. Ese “sustrato de igualdad política” que señala Vergara será imposible mientras la idea de raza siga sin ser cuestionada directamente.

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