Chile le declaró la guerra al Perú el 5 de abril de 1879. Tres días después, el abogado José Miguel Varela fue nombrado alférez del “Regimiento de Granaderos a Caballo”, luego de haberse enrolado al Ejército chileno voluntariamente. El sermón dominical del cura de su pueblo natal, Melipilla, lo convenció de “no quedarse fuera de la historia”.

Entre 1879 y 1882 participa en la Guerra del Pacífico. Al regresar a Chile se le asigna la tarea de expandir la soberanía del Estado sobre los territorios mapuches en la llamada “Pacificación de la Araucanía”. Posteriormente, por luchar al lado del bando perdedor de la Guerra Civil de 1891, el del presidente José Manuel Balmaceda, terminó herido y en la clandestinidad. Ya anciano, le confió sus memorias a un amigo, quién las registró en apuntes. Más de 70 años después, el heredero de los manuscritos decidió darles un orden y editarlos para, finalmente, ser publicados en el 2014 bajo el nombre deVeterano de tres guerras. Recuerdos de José Miguel Valera

Cronista y protagonista

Su descripción de la extracción de los libros de la Biblioteca Nacional, negada oficialmente durante muchos años, lo ejemplifica. Varela cuenta que, por su formación de abogado, el coronel Pedro Lagos le encargó la tarea de “seleccionar los libros que considerara de mayor interés, listarlos, embalarlos y despacharlos a Chile" como una “retribución de guerra” que “pasaría al patrimonio de la Biblioteca Nacional de Santiago”.

Un día, “mientras hojeaba joyas de la literatura”, se le acercó un peruano “de unos cuarenta y cinco años, más bien bajo y de lentes de montura”. “Saludándome en forma muy despreciativa - señala Varela - me preguntó que quién había autorizado a entrar allí y me gritó ¨váyase de inmediato con sus rústicos soldados y sus hediondos caballos¨”. El peruano era, claro está, Ricardo Palma. 

Escenas como ésta se repiten a lo largo del texto pero no solo con relación a la Guerra del Pacífico sino también a la vida cotidiana durante el siglo XIX y los otros conflictos políticos que afrontó el abogado-militar en su país. Allí reside el segundo motivo que hace atractivo al libro: el relato del Chile de posguerra. Entro otros procesos emblemáticos, narra el despojo de las tierras mapuches por parte de los colonos europeos en complicidad con el Estado, la modernización de Santiago y la llegada de la electricidad, así como la desgarradora lucha entre veteranos de la Guerra del Pacífico durante la Guerra Civil que enfrentó al ejecutivo con el legislativo.

En el relato de Varela también abundan las contradicciones del proyecto de “república civiliza” que tuvo Chile, aludido por Carmen McEvoy en “Guerreros civilizadores”. Una de esas contradicciones fue el abandono sufrido por los soldados que lucharon contra Perú y su conversión en “material desechable”. A lo largo del libro, se denuncia que, al no recibir sueldo u apoyo alguno por parte del Estado, muchos de ellos terminaron de mendigos o líderes de las bandas delictivas que azotaron el Far West chileno: las ricas tierras colonizadas del sur.

A través de la narración de su vida, la de un ciudadano que “se movilizó a caballo y maravilló con los ferrocarriles y telégrafos”, José Miguel Varela contribuye a comprender los alcances de la Guerra del Pacífico y de la modernización vivida en Chile entre los siglos XIX y XX. Al hacerlo, pone en perspectiva tanto nuestra convivencia como los espionajes que la tensionan. Valdría la pena que una editorial haga de abogado del recuerdo chileno y publique el libro en nuestro país. El conocimiento de historias ajenas facilita siempre la comunicación entre naciones. 

*Artículo publicado originalmente en la edición impresa de mayo de la revista Poder.