Las muertes de jóvenes afroamericanos a manos de la policía estadounidense se han hecho cada vez más comunes en los medios. Lo que se ha puesto en evidencia en Estados Unidos es un sistema policial militarizado y arbitrario que trata a los ciudadanos -especialmente a los ciudadanos negros- como enemigos, y que ha perdido la confianza de la comunidad.

Este 19 de abril, Freddie Gray, un joven afroamericano de 25 años, murió en custodia policial una semana después de su arresto en Baltimore, Maryland. No está claro por qué fue arrestado, excepto que vio a la policía y corrió -algo que en Estados Unidos se ha empezado a llamar ‘running while black’, ‘correr mientras se es negro’-. La policía de Baltimore ha afirmado luego que Gray tenía consigo un cuchillo de mano, aunque la fiscal del caso dice que no era un cuchillo ilegal.

Después de su muerte y entierro, miles de personas salieron a las calles de Baltimore a protestar contra el abuso policial y el racismo en las fuerzas del orden. Tras diez días de protestas ininterrumpidas, algunas de las cuales se tornaron violentas y resultaron en saqueos y heridos civiles y policiales, la fiscal Marilyn Mosby anunció la denuncia oficial de los seis policías involucrados en el arresto y muerte de Freddie Gray.

Las revueltas en Baltimore no son el primer caso de inquietud y protestas populares en los Estados Unidos relacionadas al abuso y racismo de la fuerza policial en tiempos recientes. La más notoria de esas revueltas fue la de Ferguson, Missouri, en agosto de 2014, cuando Michael Brown, de 18 años, murió tras recibir cuatro disparos en el brazo y uno en la cabeza. Brown no estaba armado y tampoco está claro por qué el oficial Darren Wilson lo estaba interviniendo. Después de su muerte, la policía dejó el cadáver de Brown tirado en la calle por cuatro horas.

Poco antes que Michael Brown, Eric Garner murió por asfixia bajo una llave ilegal aplicada por un oficial de policía en Nueva York. Poco antes que Freddie Gray, un policía de South Carolina le disparó ocho veces en la espalda a Walter Scott, que se alejaba corriendo. Estos casos específicos son noticia porque, en algunos casos -Garner y Scott-, están documentados con cámaras de video; en otros -Gray y Brown-, las circunstancias y el tratamiento oficial de las muertes es suficientemente escandaloso para generar revuelo en la población.

Pero la realidad es que, en Estados Unidos, la muerte de un hombre negro a manos de la policía no suele ser noticia: un estudio del FBI muestra que, entre 2005 y 2012, la policía mató a unas 2,800 personas; es decir, un promedio de 400 al año al año. Las policías locales reportaron un promedio anual de 96 ciudadanos afroamericanos muertos a manos de oficiales blancos. Eso significa que dos personas negras son -bajo diversas circunstancias- asesinados por la policía estadounidense cada semana (y estas son las cifras oficiales, que muchos consideran insuficientes e inexactas). No es sorprendente, pues, que las relaciones entre la policía y la población negra estén deterioradas.



LAS REVUELTAS COMO CAJAS DE RESONANCIA DE UNA INJUSTICIA SISTEMÁTICA

Después de las muertes de Brown y Gray han salido a la luz algunos paralelos entre las demografías de sus dos ciudades: tanto en Ferguson como en Baltimore, la población es en su mayor parte negra, y hasta un tercio de los habitantes de ambas ciudades vive en condiciones de pobreza. Además, tanto en Ferguson como en Baltimore los departamentos de policía distribuyen injustamente su uso de la fuerza contra la población afroamericana.

En Baltimore, hasta ahora, solo se cuenta con testimonios y estadísticas recogidas por medios periodísticos (por ejemplo, esta espeluznante investigación de The Baltimore Sun). En Ferguson, después de las revueltas de 2014, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos elaboró un informe que da cuenta no solo de la brutalidad policial contra la población negra, sino de una institución diseñada para aprovecharse sistemáticamente de esta ‘minoría’.

Por un lado, el Departamento de Justicia encontró que “los oficiales de la ciudad se han puesto como prioridad para ejercer su autoridad la maximización de los ingresos”. Esto significa que, en vez de actuar solo cuando tienen razones para creer que se comete algún crimen o infracción, la policía de Ferguson detiene arbitrariamente a las personas para ponerles multas. Así, el informe ha recogido casos en los que una sola inspección vehicular lleva a hasta 14 multas cuyo pago, además, es muchas veces inaccesible para los ciudadanos. Además, el informe encuentra que el trabajo de los oficiales y burócratas de Ferguson es muchas veces juzgado a partir de su capacidad para generar ingresos.

Aunque de por sí esto no implica una actuación racista por parte de las autoridades, las estadísticas indican una fuerte tendencia a detener los vehículos de ciudadanos negros: representan el 85% de paradas de tráfico, y es 2.07 veces más probable que sus vehículos sean registrados, aunque es un 26% menos común encontrar contrabando que entre la población no afroamericana.

Siguiendo con las estadísticas: el 88% de los casos de violencia policial registrados entre 2010 y 2014 fue contra ciudadanos negros y, durante el mismo periodo, los afroamericanos de Ferguson recibieron todas las mordidas de perros policías en las que se registró la raza de la víctima. Incluso en la corte, es 68% menos probable que se descarten los casos de supuestos infractores afroamericanos. En Ferguson, que es un distrito de 21 mil habitantes, se emitieron, entre 2010 y 2014, unas 90 mil citaciones.

Aunque en muchos casos los números pueden ser engañosos, el informe del Departamento de Justicia presenta una evidencia sobrecogedora de que las estadísticas recogidas representan arbitrariedades oficiales de parte de la policía y el gobierno de Ferguson. Esa evidencia consiste, en parte, en correos electrónicos enviados entre los policías que incluyen comentarios racistas y descartan denuncias de abuso policial a sabiendas de que son verídicas, y también en testimonios de ciudadanos victimizados y de policías que muestran una impresionante falta de conocimiento de la ley.

Como bien concluye de todo esto Conor Friedersdorf, en The Atlantic, “no es extraño que la gente negra de Ferguson haya salido a las calles después de la muerte de Michael Brown. Tarde o temprano, algún evento iba a hacer estallar la protesta, e incluso si el oficial Wilson actuó inobjetablemente en ese encuentro eso no cambiaría el hecho de que la falta de confianza general expresada contra el liderazgo municipal y policial está bien fundada”.

Aunque no se puede afirmar un paralelo directo con la situación de Baltimore, cuya comunidad afro americana está mejor representada entre las autoridades de la ciudad, tampoco se puede descartar que el informe del Departamento de Justicia sobre Ferguson dé cuenta de una realidad más amplia entre las ciudades estadounidenses cuya población es afroamericana y vive en condiciones de pobreza.


LA MILITARIZACIÓN POLICIAL

Aunque la brutalidad y arbitrariedad policial probablemente siempre ha existido y no parece que vaya a dejar de existir pronto, los Estados Unidos se encuentran ante un nuevo problema en cuanto al uso de la fuerza: la creciente militarización de su cuerpo policial. La militarización policial, según el profesor Peter Kraska, es “el proceso por el que la policía civil se moldea cada vez más según las tendencias militares y el modelo militar”.

El resultado, como nota Glenn Greenwald en The Intercept, es una policía que “se ve, piensa y actúa más como un ejército que invade y ocupa un área que como una fuerza comunitaria cuyo objetivo es proteger al público”.

La guerra contra el terrorismo, que lleva el campo de batalla potencialmente a todo el mundo, también se libra en los mismos Estados Unidos, y una policía militar o militarizada ve a la población como enemigos, no como las personas a quienes proveen un servicio. Parece evidente que, con nuevos armamentos, la policía reciba un entrenamiento que los ayude a discernir entre el uso necesario de la fuerza y la posibilidad de una intervención pacífica, pero el caso es que las nuevas adquisiciones solo están sirviendo para distanciar más a la policía de la comunidad.

Como resultado, en las protestas de Ferguson del año pasado la policía llevaba equipos dignos de una expedición por los terrenos hostiles -y extranjeros- de Afganistán. Lo más escalofriante es que esta preparación militarizada vino como respuesta a las protestas por la muerte de un adolescente desarmado (Michael Brown tenía 18 años) causada por un policía blanco que al final ni siquiera fue condenado.

¿Cómo podrían no estar arruinadas las relaciones entre la policía y la ciudadanía? ¿Quién podría confiar en un sistema policial que no solo mata injustificadamente sino que responde al clamor por justicia como respondería a una invasión terrorista?

Baltimore es una de las ciudades con mayor índice de violencia en los Estados Unidos: el ratio de asesinatos por cada 100 mil personas es 37.4, mientras el promedio mundial es 6.9 y el de Estados Unidos es 5.4. En una ciudad así de violenta, parece natural que los miembros de la policía se sientan abrumados por los números de criminales a los que pretenden enfrentarse, pero ¿para qué son entrenados si no para controlar ese sentimiento de impotencia?


UNA APERTURA PARA LA RECONSTRUCCIÓN

El capitán de policía Desmond Carter-Bey, que trabaja en Baltimore desde hace 19 años, afirma al diario británico The Guardian que el problema es que los oficiales de policía se han acostumbrado a una actitud de combate, no a una de tutela: “la diferencia entre ser un guerrero y ser un supervisor es necesaria para que podamos cambiar las cosas”.

Carter-Bey sostiene que el deterioro de las relaciones entre la policía y la sociedad ha erosionado la comunicación hasta el punto de que la gente siente que la policía es “una fuerza de ocupación que infiltra su comunidad y no les da voz, la rabia crece, y en vez de forjar una relación nos volvemos adversarios”.

Esto podría ayudar a explicar por qué la reacción ante la muerte de Freddie Gray fue tan rápida y tan violenta: es la reacción de una comunidad cuyos intentos por comunicarse se ven frustrados. Sin ella, el acontecimiento habría pasado desapercibido y no habría ahora posibilidad de justicia para Gray, como no la hay para los cientos de otras víctimas de brutalidad policial.

Quizá, en este sentido, los movimientos de Ferguson y Baltimore marquen la pauta para que dejen de ser invisibles los abusos y Estados Unidos se anime a reconstruir la confianza perdida. Después de todo, es bien sabido que admitir el problema es el primer paso para encontrar la solución.