La procrastinación está asociada principalmente a personas perezosas, descuidadas, desorganizadas o poco profesionales. Pero, como señala un informe del portal Fast Company, los adjetivos no solo tienen que ser negativos. Se trata también de personas que se sienten cómodas con el miedo y la presión. Si es tan terrible hacer los deberes en último momento, ¿por qué entonces se vuelve un comportamiento reiterativo?


Según Steve McClatchy, autor del bestseller del The New York Times Decide: Work Smarter, Reduce Your Stress And Lead by Example, esa costumbre se sustenta en los beneficios que genera la presión.


Si una tarea genera tedio, la proximidad de la fecha final se transforma en un generador de adrenalina que funciona como un analgésico natural que permite dejar de lado la flojera. La premura por culminar el trabajo evita las distracciones: se deja de revisar el correo, el celular, las redes sociales. Lo único que importa en esas circunstancias es realizar el trabajo en la menor cantidad de tiempo. Al haber un tarea específica que no se quiere realizar, las demás se conciben como más satisfactorias y sencillas. Finalmente, la persona reduce sus expectativas con el resultado, lo que permite que cualquier consecuencia no esperada sea positiva.


McClatchy, sin embargo, advierte que la procrastinación funciona de esta manera con tareas cotidianas o ya conocidas. La presión y la calidad, recuerda, son inversamente proporcionales, por lo que es importante saber seleccionar qué se puede dejar para último momento y qué no: por ejemplo, un trabajo que se va a realizar por primera vez o labores que requieren una lluvia de ideas, pensamiento estratégico e investigaciones.


Además, vivir únicamente cumpliendo plazos dificulta trazarse objetivos y metas de mayor aliento en la vida. “La energía para perseguir la mejoras tiene que venir del deseo y no del miedo”, señala.