El conservador Cameron se queda en el 10 de Downing Street. (EFE)
Hasta el mismo día de los comicios, la histórica tradición bipartidista británica parecía estar yéndose al traste, con un empate técnico entre conservadores y laboristas, y una fragmentación de varios otros partidos pequeños. Pero las elecciones generales han colocado como rotundo ganador al conservador David Cameron, quien ha obtenido una inesperada mayoría absoluta, algo que ninguna encuesta pudo prever ni de lejos. Así, el líder 'tory' extenderá cinco años más su mandato, ya sin necesidad del apoyo bisagra de los liberales demócratas ni de otros aliados. Aún así, hay temas que siguen latentes: la posible separación de la Unión Europea, los ánimos antiinmigrantes que siguen caldeándose y el deseo independentista escocés, cuyo partido fue el otro gran ganador de la jornada.

Dicen que a la reina Isabel II la metieron en un clóset durante estas elecciones en el Reino Unido. Y es que en el Palacio de Buckingham existía una enorme paranoia de que la monarca y jefa de Estado quebrara la imparcialidad que el cargo le demanda y alterara unos comicios que, de por sí, ya venían bastante revueltos. Hacía años que el tradicional sistema bipartidista británico no estaba tan marcado por la incertidumbre, a tal punto que el empate técnico se mantuvo hasta ayer, el día mismo en que los británicos se volcaron a las urnas. Pero los resultados fueron menos reñidos de lo que las encuestas pronosticaban (de hecho, ya se empiezan a oír las primeras críticas a los fallidos sondeos), y el primer ministo conservador, David Cameron, se ganó la posibilidad de repetir el plato, esta vez con mayoría absoluta en el parlamento.

El sistema electoral en el reino es complejo: votan 650 distritos electorales (constituencies) y cada uno aporta un miembro del parlamento. Al final de los comicios, el partido con mayor cantidad de parlamentarios es el que erige a su líder como primer ministro. Eso es lo que ha ocurrido con Cameron, líder 'tory', que se quedará cinco años más en el cargo gracias a un triunfo tan sorpresivo como rotundo: 329 escaños contra los 232 de los laboristas, que pintaban para una pelea más pareja pero terminaron desinflándose. El líder es estos últimos, Ed Miliband, aceptó rápidamente su derrota y dimitió al cargo. "Es muy difícil y decepcionante", ha dicho.

El otro gran perdedor de estos comicios es el Partido Liberal Demócrata de Nick Clegg. Después de cinco años de formar parte de la coalición con los conservadores, se han quedado con solo 8 escaños, de los 57 que tenían. Un golpe que parece fatal y que los hace inservibles para el partido de gobierno. Ya no serán, pues, la bisagra que necesitaba el gobierno. Ni eso ni nada.

LA SORPRESA ESCOCESA
Al margen del resultado final, una cosa ha quedado clara: estas elecciones estuvieron marcadas por el repunte de algunos partidos pequeños, que parecían canibalizar la histórica supremacía de conservadores y laboristas. Una situación muy "antibritánica", como ha señalado el historiador y periodista inglés Timothy Garton Ash. Ahí estuvieron los populistas y eurófobos de UKIP, los verdes, los galeses del Plaid Cymru, los grupos norirlandes y otros que en total han acaparado más de una veintena de escaños.

Pero el partido que realmente ha jugado un rol decisivo -además de los dos gigantes históricos- fue el Partido Nacional Escocés (SNP), sin duda, el gran protagonista de la jornada al obtener una presencia sin precedentes en el parlamento británico: 56 asientos que significan otro impulso en su viejo sueño separatista, tras la derrota en el referéndum del año pasado. Su ascenso ha venido de la mano de Nicola Sturgeon, de lejos la líder más fuerte y carismática de todos los partidos en carrera, pese a que no aspiraba ocupar el cargo de primera ministra. Lo cierto es que el SNP nunca apuntó a formar ninguna coalición de gobierno -descartaron a los conservadores y fueron descartado por los laboristas- y por eso la gran pregunta es cuánta influencia tendrá dentro del parlamento, desde su postura opositora.

Con los conservadores ingleses arrasando y los escoceses arremetiendo desde abajo, muchos son los que hablan de una "victoria de nacionalismos". Y es verdad. Algo que acrecienta la posibilidad de que ambas agrupaciones refuercen dos de sus más importantes propuestas.

UNA HISTORIA DE ESCISIONES
Entre todos los temas que han marcado la carrera electoral -el reflote de la economía, la reducción del gasto, el futuro de la salud pública-, hay dos particularmente espinosos: el primero es, nuevamente, el caso de Escocia. El ya mencionado fortalecimiento del Partido Nacional Escocés (SNP) genera, quiérase o no, un aumento del reclamo separatista y la agudización del resentimiento inglés. Pero en esta campaña el eje central del SNP no ha tenido que ver tanto con darle la independencia a Escocia, sino con robustecerse dentro del contexto británico. El partido aún está lejos de lo que consiguieron los diputados irlandeses hace un siglo, cuando lograron abandonar el Reino Unido; pero no hay duda de que Sturgeon, su lideresa, se presenta como una carta ambiciosa, cuya popularidad seguirá creciendo. Y que, eventualmente, según la relación que llegue a construir con la cúpula del parlamento de Westminter, podría apostar por una nueva consulta sobre su emancipación (aunque hasta ahora Sturgeon insiste en que no impulsará ninguna otra consulta popular).

El segundo gran tema también tiene que ver con una separación. Pero en este caso, la del Reino Unido respecto a la Unión Europea. Los conservadores son los primeros que han fomentado esa posibilidad -David Cameron se ha comprometió a convocar el referéndum para el 2017-, pero la situación no se les presenta necesariamente fácil: hay una serie de factores económicos en juego (como el hecho de que Londres es sede de 250 bancos extranjeros) y la posibilidad de que la solución sea más diplomática, mediante una negociación para que la UE le devuelva algunos poderes y beneficios. 

¿HABRÁ REFORMA?
Con toda la ruleta de probabilidades y especulaciones que mantuvieron en vilo al país, no son pocos los que han puesto en tela de juicio la efectividad del actual sistema electoral británico. Es cierto que, durante décadas, pareció funcionar a la perfección y se erigió como un modelo democrático (a pesar de su simbólico cariz monárquico); pero actualmente preocupa que más de un centenar de encuestas no pudieran predecir con exactitud -y hasta el último minuto- cómo quedaría configurado el Parlamento.

Este sistema tan poco proporcional se presenta particularmente severo con los partidos minoritarios. Y ahora que estos parecen crecer cada vez más, la necesidad de un cambio podría ser impostergable. Ya hubo un intento de reforma electoral hace muy poco, en el 2011, pero fracasó; el problema es que el actual modelo ya ha dado indicios de que podría poner en jaque un gobierno sólido y estable (aunque esta vez no pasó).
Con todo, lo más probable es que, a 50 años de la muerte de Winston Churchill -"el más grande de los británicos"-, el renovado inquilino del 10 de Downing Street tendrá que buscar una  fórmula para asegurarle al Reino Unido un orden político que garantice su armonía. Algo que no consiguió del todo en los últimos cinco años. ¿Le valdrá esta segunda oportunidad?