Michelle Bachelet aprovechó su entrevista con Don Francisco para anunciar drásticos cambios.

Ayer, Michelle Bachelet, la asediada presidenta de Chile, anunció en una entrevista televisiva (precisamente, dicho sea de paso, lo que hace apenas un mes dijo que nunca haría) que ha pedido la renuncia de todos sus ministros y que se tomará 72 horas para presentar un nuevo gabinete. La decisión de la mandataria ha sido sorpresiva, y hoy son pocos los que se atreven a hacer pronósticos definitivos sobre el resultado final.

Pero más allá de la incertidumbre, los motivos detrás del anuncio parecen bastante claros: según revela hoy el más reciente sondeo de opinión pública en Chile, en lo que va de su segundo gobierno Bachelet ha llegado a su punto más alto de desaprobación: 56% de los encuestados están en desacuerdo con la manera en que se están manejando las cosas desde La Moneda. La caída es de 13 puntos porcentuales desde diciembre del año pasado. Un hito histórico para una presidenta que siempre ha gozado de altas tasas de popularidad. 

Y de más gravedad aún es otro dato revelado por la encuesta que se publicó hoy. Según reporta El Mercurio, 62% de los chilenos no confía en Bachelet, mientras que 66% la considera "lejana". No en vano el analista Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP, ha dicho en su blog del diario La Tercera que lo que le toca ahora a Bachelet es "retornar a su reducto natural: la gente y la calle".

Claro que los problemas de Bachelet no son únicamente, ni principalmente, comunicativos. Más bien, los problemas de fondo son de otra índole. Los casos de corrupción revelados recientemente en Chile, incluyendo aquellos que tocan directamente a su familia, han contribuido a la aguda caída de su popularidad. Y también lo han hecho las dificultades para poner en marcha el ambicioso plan de reforma con el que Bachelet alcanzó su segundo gobierno, incluyendo la compleja reforma educativa y el reciente anuncio de una reforma constitucional

Reconstituir el gabinete es un recurso tradicionalmente utilizado por los gobiernos chilenos para proyecta una imagen de control, decisión y fuerza política, y para cambiar la dirección de la agenda. Lo utilizó la propia Bachelet en 2008, y antes lo había hecho Ricardo Lagos, en 2004; en esta última ocasión, la propia Bachelet estaba en el gabinete, y tuvo que salir.

Bachelet ha pedido la renuncia de todo el gabinete pero es poco probable que el cambio sea tan radical. Pocos creen, por ejemplo, que el ministro de Hacienda Arnaldo Arenas vaya a perder su puesto al mando de la economía chilena. De hecho, la principal manzana de la discordia parece ser el ministro del Interior, Rodrigo Penalillo. Una figura central en el equipo político de Bachelet, uno de sus más leales partidarios y el operador que más asiduamente se ha enfrentado a los enemigos del oficialismo, Penalillo es también la figura política más desgastada del actual gobierno. Según la misma encuesta que citamos líneas arriba, su aprobación ha caído en 14%, y es casi cierto que perderá su cargo.

La disyuntiva para Bachelet, observa el citado Mauricio Morales en La Tercera, es si aferrarse ahora a los elementos más radicales de su programa y redoblar el combate, o entrar en una lógica más gradualista, moderando posiciones y buscando áreas de negociación. La radicalidad de las reformas propuestas por la presidenta haría augurar lo primero; su pragmatismo, y lo profundo de la crisis actual, lo segundo. ¿Qué ruta tomará?  En unas 48 horas, según la conformación del nuevo gabinete, lo sabremos.