Pablo Iglesias ante la multitud, en Madrid. (Foto: Jordi Abusada)

En tiempos recientes, pocos fenómenos han sido más llamativos o han tenido tanta trascendencia en la política española (y, de hecho, la europea) como el ascenso de Podemos. El partido político que lidera Pablo Iglesias nació con la promesa de convertir en una posibilidad electoral real el espíritu contestatario y transformador de los indignados y del movimiento 15-M. Desde su nombre Podemos ha buscado siempre enfatizar la esperanza y el idealismo. Ahora, estancado en las encuestas tras un largo periodo de alza, el movimiento confronta la basta realidad de la lucha electoral. A punto de entrar en la que será su prueba de fuego, las elecciones autonómicas, Podemos aparece al borde de la división interna, y su potencial, hasta hace poco indiscutible, está hoy en cuestión. El dilema actual de Iglesias y los suyos: mantenerse fieles a sus ideales mientras maniobran, al estilo de la “vieja política” que quisieron destruir, en busca de ganar escaños y gobiernos.


Las últimas dos semanas no han sido buenas para Podemos. A su significativa caída en las encuestas de intención de voto de cara a las elecciones autonómicas y municipales que se celebrarán en mayo, y un poco más allá a las elecciones generales de noviembre, Podemos debe sumar ahora la explosión del disenso interno, ejemplificada con mayor claridad por la renuncia de su “número tres”, el fundador e ideólogo (y eurodiputado) Juan Carlos Monedero, a sus cargos directivos en el partido.


La salida de Monedero fue todo lo grácil que podía esperarse. En una carta pública titulada “Para mi amigo Pablo Iglesias”, el economista buscó un tono conciliador y prometió continuar poniéndole el hombro al proyecto “sin los frenos de los órganos colegiados; sin las penurias de las organizaciones (también, y eso me lo pierdo, sin sus grandezas); sin el dogal de las urgencias electorales. Sin la ponzoña de los medios ni sus enredos que envilecen. Recupero una voz que sólo me representa a mí mismo”.


Lo de la ponzoña y los enredos de los medios parece referirse al así llamado “caso Monedero”: acusaciones repetidas con insistencia desde la prensa sobre supuestas irregularidades en las declaraciones de impuestos del cofundador de Podemos, particularmente referidas a sus ingresos como asesor de gobiernos izquierdistas en América Latina (Bolivia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua). Monedero regularizó su situación (y se evitó un proceso formal por fraude al fisco) con una declaración complementaria a Hacienda y Podemos se vio obligado a abrir sus propias cuentas en aras de la transparencia, pero la insistencia de sus enemigos y opositores no amainó nunca: desde otras tiendas políticas, el “caso” brindó desde el inicio una oportunidad de pintar a Podemos con los colores de la hipocresía, como un movimiento que se lanza en contra de una España asolada por la corrupción, cuando esconde en su liderazgo a personas con sus propios enredos financieros. Y no pocos declararon a Monedero desde entonces un lastre para el Partido.


Pero más importante que ello quizás sea, por lo que revela y desata, la referencia que hace Monedero en su carta a los “frenos de los órganos colegiados” y el “dogal de las urgencias electorales”, pues ahí, en opinión de muchos, hay un nudo que Podemos no ha podido desatar: las múltiples tensiones entre un proyecto político emergido de la insurgencia, concebido como la semilla de un cambio profundo y radical, y las realidades de una política electoral que parece inclinarse más bien hacia el centro o la centro-izquierda.


PROBLEMAS EN EL FLANCO DERECHO

La primera clarinada de alerta en ese sentido la dieron las elecciones autonómicas de Andalucía, en marzo. Siempre estuvo claro que Andalucía es un bastión tradicional del PSOE, que ganó con un cómodo margen aunque sin lograr la mayoría absoluta que buscaba, pero este debía ser un test drive de Podemos en el campo electoral (una medida de su capacidad para robarle terreno a las izquierdas españolas clásicas y capturar el voto de los independientes), y los resultados acabaron siendo más bien decepcionantes.


Con 15 diputados autonómicos, es cierto, Podemos se convirtió en la segunda fuerza política en Andalucía. Pero sus ganancias se dieron sobre todo a costa del espacio de Izquierda Unida, no del PSOE. Y, lo que es quizá peor, quedó al descubierto un serio problema en su flanco derecho: la tercera fuerza en esa región es ahora Ciudadanos, la agrupación liderada por Albert Rivera que en mucho copia el estilo y el espíritu de protesta de Podemos, pero desde la derecha.


Aunque la dirigencia de Podemos se apresuró a negarlo, lo cierto es que muchos analistas creen que lo sucedido en Andalucía puede ser extrapolado a las elecciones en el resto de las autonomías, y a las generales. El rápido crecimiento de Ciudadanos es una tendencia nacional: a mediados de abril, tras un ascenso de más de 9 puntos en pocas semanas, ya registraba un 16,6% de intención de voto en algunas encuestas. Y se está dando, en buena medida, a costa de Podemos, robándole al partido de Iglesias votantes moderados. El PSOE, entre tanto, se mantiene firme y en ligero ascenso desde la centro-izquierda.


El hecho de que Ciudadanos esté consiguiendo restarle apoyo a Podemos merece, sin duda, comentario aparte. Aunque ellos mismos no se declaran así, a nadie se le escapa que se trata de un partido de derechas; basta ver su plan de gobierno para enterarse. Entre otras cosas, Ciudadanos pone el énfasis en una reforma laboral dirigida a la reducción del costo del trabajo, descarta las promesas redistributivas de Podemos en pro de un programa neoliberal para la recuperación económica, y ofrece una visión centralista del gobierno en un país donde el regionalismo y el debate o negociación de las autonomías es elemento inescapable de la política. No en vano cuenta con el apoyo declarado de los grandes inversores.


Que este grupo está compitiendo electoralmente, al menos en parte, en el mismo espacio que Podemos es un síntoma quizá más profundo de lo que parece. Revela entre otras cosas que lo que anima a muchos votantes españoles, hoy, es un estado de ánimo más que una apuesta ideológica, y que lo suyo es la intención de castigar a los políticos tradicionales y al establishment (ese al que Podemos llama "la casta"), sin importar si lo hacen desde la izquierda o desde la derecha.


Así las cosas, es claro que en términos de política electoral Podemos no tiene otra alternativa que tamizar su radicalismo en el intento de recapturar a aquellos moderados que hoy se mudan hacia Ciudadanos (y a los indecisos, en los que ahora dice confiar), y de restarle preferencias al socialdemócrata PSOE.


¿CISMA EN CIERNES?

La pregunta es, ¿puede hacerlo? De hecho, esta disyuntiva ha sido un parteaguas al interior del movimiento desde muy temprano, y hoy la dimisión de Monedero amenaza con convertirla en un cisma. Se trata de la disyuntiva entre la estrategia “electoralista” promovida por otro de los líderes de Podemos, Iñigo Errejón, y el “retorno a las bases” postulado por Monedero y en cierta medida por Iglesias. El intenso debate sobre la “deriva hacia el centro” y la apuesta por ganar votos a como dé lugar corrió como un hilo de pólvora por la asamblea “Sí se puede” y las elecciones internas del partido, el pasado octubre. Ahí, la cúpula de fundadores logró imponer un esquema organizativo jerárquico y vertical, contra ideas de corte más asambleísta que buscaban recuperar el espíritu del 15-M, y no pocos sintieron esta movida, y otras, como una traición a los principios fundacionales.


Más allá de lo organizativo, donde no ha sido posible transferir el espíritu inicial del movimiento, Podemos tampoco ha sido capaz de articular una propuesta económica sólida para el país. Desde su sorpresiva victoria en las elecciones europeas del 2014 al momento actual, muchas de sus ideas más fuertes se han ido diluyendo a medida que el partido buscaba espacio en el centro. Y esto no ha dejado de generar fricciones intensas en su interior, además de confusión entre la ciudadanía en general.


La presentación el pasado martes de su programa marco para las elecciones autonómicas de mayo, aunque un poco tardía a tres semanas de la votación, parece diseñada para aplacar este vendaval. Por un lado, Podemos ha buscado atenuar algunas de sus ideas más radicales. La más notoria de ellas: la propuesta de una renta básica universal. Ahora, el plan es aproximar las rentas básicas al salario mínimo, "en la medida de las posibilidades". Al mismo tiempo, la propuesta incluye medidas destinadas a lo que el partido llama un "rescate ciudadano", como por ejemplo la garantía de agua y luz en casos de pobreza, o la recuperación del impuesto al patrimonio, que en esencia es una reducción de los mínimos degravables para eliminar deducciones y bonificaciones que favorecen a las familias de mayores ingresos. Con tan poco tiempo para las elecciones, es poco probable que la publicación de esta propuesta "suavizada" tenga un impacto decisorio entre la ciudadanía. Y no es claro que logre disuadir a los críticos internos de la "deriva al centro", o solidificar las bases.


Está claro que los líderes de Podemos hubieran preferido que la disputa interna estalle, si debía estallar, luego de las elecciones. Pero la tensión ya se venía haciendo insostenible. El propio Monedero, quien luego de la asamblea de octubre había reafirmado su alineamiento tras el liderazgo centralizado de Iglesias y la cúpula, se encargó de atizarla: poco antes de su renuncia a todos los cargos directivos que ocupaba, en una entrevista radial, dijo sentirse “totalmente engañado y traicionado”, y apuntó el riesgo de que Podemos termine “pareciéndose a aquello que queremos sustituir”.


Y ese es precisamente el problema más peliagudo que enfrenta hoy el movimiento. El pragmatismo le reclama deslizarse hacia el centro si quiere sobrevivir como apuesta electoral (y tiene, además, muy poco tiempo para hacerlo). Pero en ese trámite, como ha observado recientemente el sociólogo Ignacio Urquizu, no parece quedarle más remedio que desistir de sus convicciones fundamentales, convirtiéndose en una forma más de la “vieja política” que desde su inicio ha querido destruir.


Así, Podemos podría terminar enajenando a sus propias bases, ya fieramente desencantadas de lo tradicional y lo mismo de siempre, sin necesariamente aglomerar tras sus propuestas a nuevos simpatizantes. Pronto, las elecciones autonómicas y municipales demostrarán si el pragmatismo les ha servido de algo a estos insurgentes. Pero la verdad es que el escenario no les pinta bien. Quizá no puedan.