Cuenta la historia que durante un concierto de U2 en Glasgow, el cantante Bono le pidió al público que hiciera silencio absoluto. Entonces comenzó a aplaudir lentamente, se paró frente al micrófono y dijo: “Cada vez que aplaudo, un niño muere en África”. Desde el público alguien le gritó: “¡Entonces deja de hacerlo, carajo!”. La solución, por supuesto, no era ni es tan simple.

En otra parte del mundo, el hambre que quemaba los estómagos de miles de haitianos empezó a quemar también sus calles en el 2008. Masas de gente se movilizaron e incendiaron llantas. Rompieron vidrios. Bloquearon pistas. Algunos quisieron irrumpir en el palacio presidencial. Las protestas se debían al incremento del precio de los alimentos. Aquel año se registraron revueltas en 30 países por ese motivo. Según las Naciones Unidas, el encarecimiento se debió a la especulación en el mercado de los commodities agrícolas, a las sequías, a la liberalización del comercio y a la mayor demanda de biocombustibles. Las trifulcas de fines de la década pasada poco tenían que ver con escasez de alimentos. Se debieron al incremento de precios.

En el entorno mundial, miles mueren por enfermedades relacionadas con la subalimentación y el difícil acceso a la comida. James Vernon, en su libro Hunger: A Modern History, da cifras impactantes. “Como todos los días, el 11 de setiembre, cuando los terroristas asesinaron a 2.973 personas, una cifra doce veces mayor, cerca de 35.000 personas, murieron de hambre alrededor del mundo”, señala. En el 2013, la campaña There is enough food for everyone if alertó al mundo acerca del hecho de que cada 15 segundos un niño moría de hambre. Y si bien esta última cifra fue criticada por las Naciones Unidas, pues consideraba que po- día crear confusión, la campaña incidió en la urgencia del problema.

¿Tenemos la capacidad de producir suficientes alimentos para todo el mundo? Hasta el momento, se nos ha dicho que la única alternativa son los organismos vivos modificados (OVM), –denominados transgénicos–, altamente productivos y resistentes a las plagas, que ya ocupan millones de hectáreas en numerosos países a nivel mundial. En el Perú, a pesar de que existe una prohibición para su cultivo, los transgénicos han vuelto a la agenda pública por varios hechos ocurridos durante los primeros meses del año: científicos considerados pro-OVM han sido de- signados en puestos claves del Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA), se han encontrado cultivos de maíz transgénico en Lambayeque y, más grave aun, se hallaron puntos de venta de este tipo de semillas en diferentes regiones. ¿En realidad solucionan el problema del hambre? ¿Los necesitamos aquí también?

ENDEREZAR LAS REGLAS
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala, en su informe El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2014, que aún el 11,3% de la población mundial (805 millones) padece de subalimentación crónica. De ese total, 791 millones habitan países en vías de desarrollo. El documento resalta que la reducción del hambre pasa por “inversiones públicas y privadas para aumentar la productividad agrícola; un mejor acceso a los insumos, la tierra, los servicios, las tecnologías y los mercados”, entre otros puntos.

¿Pero qué hay detrás de las cifras? Anual- mente, el senado chileno organiza el Congreso del Futuro, en el que diversos especialistas del mundo en cada campo proponen soluciones para los problemas más apremiantes. En la edición realizada el último mes de enero, el doctor en bioquímica nutricional y profesor de la Universidad de Chile, Ricardo Uauy, expuso sobre las causas del hambre mundial y puso en tela de juicio la idea de que faltan alimentos.

Si bien China y la India son los principales responsables del crecimiento poblacional en el mundo, también lo son del progreso en la lucha contra el hambre, pues han reducido la subalimentación, a la vez que han incrementado su producción y su consumo de alimentos. “China lo ha hecho mejor que muchos. Está diciéndonos que invertir temprano en nutrición es un muy buen negocio”, afirma Uauy. Pero si eliminamos dicho país del panorama, la realidad es distinta, pues se observa un incremento del hambre. Si bien a la región latinoamericana le ha ido bas- tante bien –se ha disminuido la escasez de alimentos en casi todos sus países–, el aumento en el África subsahariana y en otras partes de Asia es desalentador, comentó el especialista.

“Existen suficientes alimentos para todos”, sentencia Uauy. Afirma que la desnutrición que observamos en dichas regiones se debe a la desigualdad y cuestiona la desconexión entre las necesidades humanas y lo que las empresas y algunos Estados consideran comercialmente rentable. Esto ha llevado, por ejemplo, a subsidiar la producción de maíz y soya –en su mayoría de variedad transgénica–, que principalmente se destina a la alimentación de ganado o a la producción de biocombustibles. Lo que ha hecho que el precio de los alimentos se acople al de los combustibles. “Se está colonizando el mundo con una agricultura que produce patrones de consumo que no llevan a la salud”, declara.

Uauy asevera que el hambre mundial no se debe a una crisis de producción, sino de precios. Desde esta perspectiva, los OVM no son necesarios para solucionar el problema del hambre en el mundo, tal como se nos ha he- cho creer. Para Uauy, la solución pasa por que los subsidios de países como Estados Unidos se corrijan para, por ejemplo, incentivar la im- portación de alimentos nutritivos, tal como se ha hecho en Finlandia. Además, es preciso que se modere el impacto ambiental y social de lo que comemos, lo que significa consumir menos carne y leche. Y también evitar el desperdicio de alimentos. En febrero, la organización Waste and Resources Action Program señaló que cerca de la tercera parte de la producción mundial de alimentos acaba en la basura.

Así las cosas, todo indicaría que comida no falta ni faltará en el mundo, que el tema es uno de subsidios e incentivos mal estructurados, por lo menos para atacar este problema de la humanidad. Si eso es así, la justificación básica para promover los OVM (o alimentos transgénicos) quedaría desfasada. Pero no todos piensan igual.

El informe Agricultural Biotechnology: An Opportunity to Feed a World of Ten Billion, publicado en diciembre por Nina Fedoroff, investigadora de la Universidad de Pennsylvania, y Drew Kershen, de la Universidad de Oklahoma, señala que, si bien hoy se producen suficientes alimentos, al 2050, cuando la población mundial llegue a los 9.600 millones, esto no bastará. Agrega que el planeta está al borde de su capacidad de producción y que hay que enfocarse en el incremento de productividad, aspecto que los OVM aseguran. Los doctores Marcel Gutiérrez-Correa, director del Laboratorio de Micología y Biotecnología de la Universidad Agraria La Molina (UNALM), y Ernesto Bustamante, doctor en Bioquímica y Biología Celular y Molecular, y exjefe del Instituto Nacional de Salud (INS), coinciden en la importancia de esta virtud de los transgénicos.

La demanda de alimentos crecerá, según proclama el informe Feeding the Planet in a Warming World, elaborado por The Information Technology & Innovation Foundation (ITIF) y The London School of Economics (LSE). Así, la producción tendría que incrementarse al menos en 70% y duplicarse en los países en desarrollo hacia el 2050 para cubrirla. Además, la demanda por calorías aumentará en 100%, mientras que la de proteína lo hará en 110%. El informe alerta también que el cambio climático complicaría, de dos formas, el entorno para la agricultura: afectando las condiciones para el crecimiento de los cultivos e incrementando la frecuencia o la severidad de eventos climáticos como tormentas, sequías o inundaciones.

El informe del ITIF y del LSE propone que, para enfrentar el desafío de la seguridad ali- mentaria, es necesario que los Gobiernos de todo el mundo flexibilicen las regulaciones para los OVM. Sin embargo, esto cuenta con una gran masa de detractores, que consideran este tipo de cultivos altamente riesgosos.

¿Los OVM aportan a la seguridad alimentaria? Por un lado, el economista David Zilberman declaró (citado en el artículo "Are engineered foods evil?" que se publicó en la revista Scientific American de setiembre del 2013) que estos cultivos han incrementado el rendimiento de la soya, el maíz y el algodón entre 20% y 30% y que han reducido el precio de los alimentos. Esto es discutible. En el artículo "Why we will need genetically modified foods" publicado en la edición de enero/febrero del 2014 de MIT Technology Review se afirma que no queda claro si es que los OVM han incrementado la producción de alimentos o reducido los precios a los consumidores, pues, en el caso del maíz transgénico, por ejemplo, solo el 4% de la producción de Estados Unidos se destina a la elabora- ción de jarabe de maíz, y el 1,8% a la de cereales y otros alimentos. Hasta el momento, el cultivo de OVM se muestra como una promesa vacía en la lucha contra el hambre.

Además, Uauy asegura que la tasa de crecimiento poblacional ha comenzado a descender y que en unos años la cantidad de personas que viven en el planeta se estabilizará. Ello mientras la productividad agrícola en el mundo, y particular- mente en la India y China, continúa en aumento.

MÁS ALLÁ DEL RENDIMIENTO
Durante 16 años el especialista en biogenética Marc Ghislain investigó las papas peruanas. En el Centro Internacional de la Papa (CIP) produjo decenas de informes. También experimentó con variedades transgénicas. Con apoyo del INIA, desarrolló un tipo resistente a la polilla de los Andes, plaga que puede destruir el 60% de los cultivos. A pesar de este beneficio, la variedad fue criticada por gremios de pequeños agricultores, quienes afirmaron que podían ponerse en riesgo los cultivos tradicionales. En el 2012, Ghislain fue trasladado a la sede del CIP en Nairobi, Kenia.

Los doctores Gutiérrez-Correa y Bustamante conocieron de cerca el trabajo de Ghislain. Ambos atribuyen su cambio de sede a la ley de moratoria de transgénicos, aprobada por el Congreso en el 2011 y que rige hasta el 2021. Si bien esta norma no prohíbe la investigación, tampoco la incentiva, opinan. “Quién va a invertir si hay incertidumbre para la aplicación de los hallazgos”, afirma Gutiérrez-Correa. PODER confirmó con el INIA que la investigación de la papa resistente a la polilla está paralizada, junto con la de una papaya tolerante a la mancha anillada, otra plaga devastadora.

En el 2007, a causa de las heladas, cultivos de 600 variedades de papa fueron destruidos en Huancavelica. Según cálculos oficiales, el sector agrícola en dicha región se contrajo un 30,9% en junio de ese año en comparación con el anterior. ¿Se necesita este tipo de cultivos? “Si una papa no funciona, aún tienes más de 3.500 variedades”, asevera Lucila Quintana, presidenta de la Convención Nacional del Agro Peruano (Conveagro), organización que forma parte de la Plataforma Perú Libre de Transgénicos y que se opuso a la designación en puestos claves del INIA de los biólogos Alberto Maurer y Luis De Stefano, conocidos por su postura a favor de los OVM.

La investigación de Ghislain sigue la línea de otras que buscan generar OVM para consumo directo. Hasta el momento, señala MIT Technology Review en el artículo antes referido, la corta lista de OVM de este tipo consiste en variedades resistentes a plagas de maíz dulce (recientemente comercializado por Monsanto), papaya y calabaza. Pero aún no hay variedades transgénicas de arroz, trigo o papa que sean cultivadas masivamente. Esto se debe, añade, a que la oposición a los OVM ha desalentado el desarrollo, además de que las compañías no han encontrado maneras de generar tanto rédito con estos cultivos como el que se obtiene con el maíz o la soya. Pero ha habido intentos. Desde 1985, el Gobierno de Estados Unidos ha dado numerosos permisos y notificaciones para la experimentación genética: 863 para papa, 286 para arroz y 461 para trigo. La publicación detalla una investigación en Irlanda con papas resistentes a plagas y también afirma que Monsanto, la controversial transnacional de semillas, ha retomado sus experimentos con trigo. Pero por ahora no hay variedades comerciales.

La tecnología moderna también permitiría que se diseñen cultivos que consuman menos  agua, ideales para zonas con alto riesgo de sequía o que dependen de las lluvias, como el África subsahariana, cuya situación se agrava- ría con el cambio climático. Una situación si- milar enfrentaría el Perú en los próximos años por la misma causa.

Desde hace varios años viene desarrollándose el arroz dorado, una variedad transgénica enriquecida con vitamina A. Anualmente, el déficit de esta vitamina causa más de un millón de muertes y medio millón de casos de ceguera. Sin embargo, el avance de este cereal tuvo retrasos, de acuerdo con Scientific American, por la oposición de algunas organizaciones, como Greenpeace. Según dio a conocer recientemente Peter Beyer, uno de sus creadores, la experimentación sigue.

Hay quienes opinan que este tipo de modificaciones podrían desarrollarse con métodos convencionales. Entre ellos está el congresista Jaime Delgado, el director de Diversidad Biológica del Ministerio del Ambiente (Minam), José Álvarez, y la investigadora del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP), Rosario Gómez. Sin embargo, Marcel Gutiérrez-Correa considera que hacerlo es poco eficiente. Afirma que conseguir rasgos específicos con cruzas genéticas toma veinte años y que con transgénicos menos de diez, lo que incluye el tiempo que toma pasar por todos los controles de bioseguridad. Agrega que los experimentos se tienen que hacer en el Perú, por sus particularidades. “Monsanto no va a hacer variedades para nuestros productos. No le interesa un mercado tan chico”, agrega.

El cultivo de OVM requiere amplias extensiones de tierra, además de condiciones específicas. Necesita una agricultura mecanizada de gran escala. Según especialistas entrevistados, la variedad geográfica y climática del Perú hace que no sean aptos para el país. Marcel Gutiérrez-Correa opina lo contrario. “¿Por qué no dejar que el agricultor decida?”, se pregunta.

¿Pero qué es lo más conveniente para el país? ¿Hacia dónde debería encaminarse la agricultura peruana? ¿Qué demanda el mercado mundial y dónde están las oportunidades?

TENDENCIAS GLOBALES
Gastón Acurio se pone los lentes y se inclina hacia su MacBook. “Busquemos en Google las palabras fast food y quinoa. Algo impensable, ¿no es cierto?”. Luego enuncia en voz alta lo que encuentra: nuevas cadenas de comida rápida –ahora renombradas fast casual– que ofrecen quinua en sus combos, restaurantes londinenses con bebidas de quinua en sus desayunos, McDonald’s, en Sydney, ofreciendo quinua, un artículo de The Wall Street Journal que da cuenta de la metamorfosis de los fast food hacia alternativas más saludables que incluyen quinua en sus menús. “Es una tendencia. Se llama health and wellness. El mundo quiere alimentos diversos, ricos, saludables”, concluye.

El informe 2015 Science Trend Report, elaborado por International Life Science Institute, brinda más detalles. “La mejora en la economía estadounidense promoverá el incremento de productos enfocados en salud y bienestar entre el 2013 y el 2018 debido a mayores ingresos”, señala. Cerca del 31% de productos lanzados entre el 2012 y el 2013 en Estados Unidos con- taba con el rótulo “Natural”. Se reforzará la tendencia de productos “libres” (de gluten, de pesticidas, de OVM) y habrá un mayor mercado de productos naturales y orgánicos.

Europa continúa con su demanda de pro- ductos sofisticados y de alto valor. Hace poco demostró que no quiere saber nada con los OVM. En marzo, una directiva del Parlamento Europeo permitió que los países miembros de la Unión Europea (UE) puedan prohibir el cultivo de transgénicos unilateralmente. Antes, en el 2013, Monsanto dijo que retiraría todas las solicitudes pendientes de aprobación para cultivar nuevos ti- pos de OVM en la UE y que se centraría en países en vías de desarrollo. En medio de esto, ¿dónde queda la agricultura peruana? ¿Qué queremos como país que produzcan nuestras tierras?

SEMBRANDO FUTURO
En el Perú, la producción agrícola es principalmente minifundista: los productores pequeños se las arreglan para poner en el mercado el 80% de los alimentos consumidos por las familias peruanas, según el Ministerio de Agricultura. Sin embargo, aún hay hambre. De acuerdo con el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis) 4,5 millones de peruanos viven en distritos con niveles altos o muy altos de inseguridad alimentaria. El sociólogo Fernando Eguren escribió en La Revista Agraria, en noviembre del 2014, que a pesar de existir una Estrategia Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricio- nal, aún no se aprueba un plan de implementación. Además, que el año pasado se archivó la Ley de Seguridad Alimentaria y Nutricional. No hay una política estatal clara.

Eduardo Zegarra, investigador del Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade), afirma que los problemas de acceso a alimentos no se deben a escasez por falta de producción, sino a los altos precios y al bajo poder adquisitivo de las familias. La solución a esto podría estar en el mismo campo: fortaleciendo la agricultura y llegando a los mercados de alto valor antes mencionados.

Marcel Gutiérrez-Correa calcula que, mientras dure la moratoria, los agricultores de algodón dejarán de ganar S/. 3.700 millones y S/. 3.500 millones los del maíz amarillo duro, el tercer cultivo más importante del país. Por su parte, el biólogo Ernesto Bustamante asegura, además, que con los OVM dejaríamos de importar millones de soles en maíz, pues podría producirse aquí y beneficiar a los agricultores locales.

Rosario Gómez, del CIUP, opina que esto último es un despropósito. “En esas tierras podrían producirse cultivos que generen mayores ingresos apuntando a mercados de alto valor”, dice. “¿Por qué enfocarse solo en la eficiencia y en la productividad y no en la calidad?”, se pregunta Luis Ginocchio, coordinador del Proyecto de Cadenas Agroalimentarias Inclusivas de la Sociedad Peruana de Gastronomía (Apega). Recomienda que se incentive la agricultura tradicional y que desde el Estado se planteen polí- ticas públicas para que pueda hacerse viable sin recurrir a los OVM. Además de crear las condiciones para la comercialización de nuevos pro- ductos emblemáticos hacia nuevos mercados.

Jaime Delgado considera que debería fomentarse la agricultura orgánica. Señala que el Perú cuenta con 20 mil productores. Pero ¿es lo más rentable para el agricultor? Lucila Quintana, de Conveagro, sostiene que, luego de cumplir varios requerimientos para obtener certificaciones, el precio en el mercado es en promedio 20% mayor que lo producido por la vía tradicional en cuanto al café orgánico (el precio del cacao puede llegar a ser cinco veces mayor). Pero ello no debería desalentar la producción. “Promover la agricultura orgánica debería ser una gran decisión política del país, no una iniciativa particular. Creo que con ello, en 10 o 15 años, el Perú puede ser un actor relevante en el contexto internacional”, afirma Zegarra, del Grade.

En la sierra hay mayor diversidad de cultivos y a la vez más pobreza. ¿Cómo potenciar la agricultura? Rosario Gómez, del CIUP, recomienda incrementar la conectividad a través de caminos rurales y asegurar la provisión de agua, procurando la protección de los servicios ecosistémicos, además de otorgar financiamiento. Eduardo Zegarra coincide en esto último. Afir- ma que el banco agropecuario solo le presta al 3% de los agricultores del Perú y que debería cubrir por lo menos al 25%. “Esa tendría que ser una meta elemental si queremos contar con una agricultura que aumente oferta y calidad”.

¿Y LA GASTRONOMÍA?
El mundo se está enamorando de la cocina pe- ruana. Sin embargo, Gastón Acurio no se atreve a decir que la gastronomía salvará a la agricultura del país. “Es solo una de las herramientas para lograrlo”, opina. En esa línea, Eduardo Zegarra, del Grade, considera factible convertir al Perú en un productor de cultivos de nicho atados a la industria gastronómica.

“La gastronomía moderna, para crecer, necesita homogeneizarse. No es viable una con in- sumos demasiado diversos. Hay que combinar algunos productos fundamentales, con los cuales se armará la base de la gastronomía, y estos, en mi opinión, deberían estar conectados con la agricultura familiar”, señala Zegarra.

Acurio está parcialmente de acuerdo con esto. Indica que la promoción de los productos, atada al cultivo, tiene que ser progresiva. Al pro- mocionar muchos productos, el mensaje se debilita. El cebiche está cada vez más posicionado en el mundo. El cacao, el café y la quinua, también. Y ya es hora de pensar en el siguiente pro- ducto estrella. “Es una estrategia de márketing y de oportunidad que consiste en entender en qué momento tenemos que sacar la siguiente parte de nuestro arsenal”, precisa. Por ejemplo, de las 3.500 variedades de papa, se deben escoger cuatro tipos, las preferidas, para ir difundiendo anualmente. Luego le llegará el turno al maíz morado, al camu camu, etc. El objetivo debería ser formar una primera despensa de productos que encajen con las tendencias globales.

¿Y los transgénicos? “Tener el tiempo necesario para poder concentrarse en aprovechar las oportunidades que el mercado está ofreciendo, mientras el país se alista para esta tecnología genética, es una ventaja. No estoy en contra de la investigación, pero no creo que en este momento al Perú le convenga que entren semillas transgénicas, que podrían copar campos donde hay oportunidades para el maíz morado, para el choclo, para el maíz gigante del Cusco”, reflexiona Acurio. No toda oposición tiene que ser frontal. También puede ser sutil y pragmática.