Las recientes movilizaciones juveniles en el Perú incluyeron a empresarios y a tecnócratas entre sus objetos de protesta. Parecen indicar que sí es posible construir la figura de un enemigo común que aglutine a los indignados, a la manera del populismo. Foto: Musuk Nolte

Escribe: Eduardo Dargent

Complicada pregunta la que me plantea PODER. ¿Podemos tener un Podemos en el Perú? ¿Cabe en nuestro país un movimiento político con valores de izquierda, radical en sus postulados, capaz de recoger el voto de ciudadanos cansados con los políticos “de siempre” y los grandes intereses? Podemos recoge un voto urbano, joven, que le roba votos a socialistas y populares, con rollo de izquierda pero trascendiendo a la izquierda tradicional, que está atrapada en sus viejos discursos y repertorios. Según reciente encuesta de Metroscopia, el 45% de los que declaran intención de votar por Podemos lo hace por su rechazo a los dos partidos tradicionales, el 35%, por representar sus valores, y el 20% por ambas razones. Tras las recientes protestas contra la Ley Pulpín, más de un autor hizo el paralelo: ese electorado joven, indignado, cansado de la política y crítico del empresariado, estaría esperando a un Pablo Iglesias peruano. ¿Podemos?

Comencemos por las razones para responder afirmativamente. En el Perú hemos visto en las candidaturas de Ollanta Humala el 2006 y el 2011 la fuerza del rechazo al “sistema”: abruptas subidas de voto de quien en ese momento representaba una crítica fuerte al establishment económico. Contra los optimistas que pensaban que el modelo gozaba de amplia legitimidad e imaginaban un país de emprendedores derechosos, el voto en esas elecciones mostró que de la frustración y del rechazo a los políticos mejor posicionados podía surgir algo crítico. Algo así puede repetirse. Y ojo, no tiene que ser un movimiento arrollador. Podemos todavía se mueve alrededor del 25% en la intención de voto, la resistencia que enfrenta es alta y su mayor reto pasa por trascender su novedad. En el Perú, dada la debilidad del resto de grupos y la fragmentación, un grupo que recoja 12% o 15% del electorado se convierte en un peso pesado político de inmediato.

Este tipo de fenómeno no es exclusivo del Perú. Históricamente, el populismo en América Latina ha aglutinado detrás de la figura de un líder carismático a grupos diversos de la sociedad, movilizándolos contra un enemigo común. Ernesto Laclau halla la piedra de toque del populismo en la posibilidad de construir este enemigo y así unir a los diferentes. El populismo suele encontrar a su bestia negra en las clases altas y en quienes gobiernan para ellas. En un reciente artículo en The Guardian, Dan Hancox, precisamente, vincula el éxito de Podemos con la capacidad de establecer ese enemigo común del que hablaba Laclau. En el caso de España, “la casta”: partidos tradicionales corruptos, funcionales a los intereses de los poderosos que sumieron a España en la crisis.

Las recientes movilizaciones juveniles en Lima y en otras ciudades del Perú han incluido a empresarios y a tecnócratas junto con los políticos como el blanco de sus críticas. Al igual que en España, se puede construir un establishment contra el cual movilizarse. Entonces, parece posible que en el Perú “algo” o “alguien” en la izquierda o centro-izquierda capture ese sentimiento de rechazo a los ganadores de la economía y los políticos que, cargados de pasado o de cercanía al empresariado, se perfilan para el 2016.

Y aquí comienzan los peros. Primero, no existe una casta política fácilmente discernible y que pueda politizarse como “el enemigo”. En el Perú actual, con las justas les conocemos las caras a los políticos. Y si bien muchos vemos importantes continuidades en las propuestas económicas de Keiko, Alan o PPK, buena parte de la población encuentra entre estos candidatos diferencias considerables. Para muchos votantes, las derechas del establishment no son iguales. Y algunas todavía entusiasman. La favorita para ganar el 2016 es hoy Keiko Fujimori, no hay que olvidarlo.

Lo cual nos lleva a un segundo punto. Los movimientos críticos contra “los poderosos” no siempre tienen rostro de izquierda progresista. El politólogo Kurt Weyland nos dice que aunque en el pasado el populismo tenía un fuerte componente de crítica a las élites económicas, su carisma se basaba en un discurso popular combativo. Los populistas más recientes han explotado el rechazo a los partidos políticos tradicionales o temas como la inseguridad para construir ese vínculo carismático. Pensemos en la popularidad de Fujimori o de Álvaro Uribe en Colombia. Hay mucho de populista en esos líderes, sin que sean progresistas. El tipo de valores de izquierda progresista de los que se nutre Podemos, como derechos sexuales o temas ambientales, no es mayoritario en nuestro país todavía. El rechazo a los de siempre podría tener rostro de derecha también, o por lo menos fragmentar al electorado indignado. No todos los indignados son de izquierda.

Tercero, tiempos de crecimiento económico y mejora en la condiciones de vida de amplios sectores urbanos tampoco parecen los más adecuados para politizar la crisis de la forma en que se hace en España. Creo que el reciente desencuentro entre los jóvenes más politizados y organizados en la protesta juvenil y los miles que marcharon, más cercanos a un elector medio que no sigue consignas ideológicas, es muestra de ello. El Podemos peruano tendría que ser crítico: en eso radicaría su fuerza. Pero si su objetivo es el mundo urbano, debería reconocer que su potencial votante probablemente será más conservador que los indignados mediáticos en temas de economía y valores.

Cuarto, y más importante, Podemos ha invertido tiempo y recursos en organización. Sí, nuevas formas de organización, pero organización política al fin y al cabo. Un en- tramado que ata a los líderes, que da poder a sus miembros, que apuesta por una base movilizada: la mejor garantía para la continuidad. En el Perú, construir organización es todo un reto. No hay organizaciones con la capacidad de “prestar” un esqueleto sobre el cual construir. Hay desconfianza hacia lo que existe o se ve añejo. Es más, no es solo un tema de recursos o de desprestigio. Me atrevería a decir que hay una desconfianza a organizarse. Renunciar a hacer lo que me dé la gana a cambio de ganar poder colectivo es el sentido común que permite la organización política. Pero ese sentido común es ajeno para muchos en el Perú. De nuevo, la distancia entre los sectores más organizados (todavía con repertorios de sus padres en la izquierda) y los asistentes a las protestas juveniles muestra esta tensión.

Eso lleva a una suerte de problema del huevo y la gallina. Romper ese entrampa- miento requiere de liderazgos capaces de representar esta diversidad. Pero, en un país centrado en elecciones, para atraer militantes es necesario un líder electoralmente relevante que trascienda a la organización. Y ese liderazgo puede venir con un alto costo: el personalismo. Líderes fuertes que tengan capacidad de organizar pueden convertirse en caudillos que respondan a sí mismos. En las condiciones actuales, es también probable que la indignación dé lugar a un movimiento electoral antes que a una organización. Se sigue buscando al líder institucionalista.

Entonces, para responder: sí hay espacio para un movimiento electoral crítico. No sé si para ganar una elección, y probablemente un par de pasos más al centro que el tipo de discurso de Podemos, pero sí para conjugar intereses contra “más de lo mismo” en la política y la economía. El riesgo es que, como suele pasar con los outsiders y sus irrupciones abruptas, ese movimiento sea dependiente de sus líderes, y que su continuidad no esté construida en una sólida base. Un líder que crezca de la indignación podría terminar traicionando esos valores y optando por gobernar como mejor le plazca. Suena a historia conocida.